El tetralema, Nagarjuna, el balcón y la chica

Publicado por el 01/01/2019

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En los debates con los heterodoxos, tarde o temprano había alguien que mencionaba el tetralema. Solía ser el sofista más obstinado y solemne y comenzaba atusándose el bigote, para luego ladrar, más que decir: “O bien la cosa existe, o bien la cosa no existe, o bien la cosa existe y no existe a la vez, o bien ni la cosa existe ni no existe. ¿Qué respondes a eso, Nagarjuna?”

*     *      *

Todo se decidiría en esos cinco minutos, pero Alfredo no lo sabía cuando quedó con Laura y ella llegó con el rimmel corrido de haber llorado y las manos tan temblorosas que ni consiguió abrir por sí misma la cajetilla de tabaco. Entraron en un café cercano, porque aún faltaba mucho tiempo para el teatro.

Se sentaron en una mesa al fondo, cerca de una mujer con aspecto de viuda que hacía un sudoku y tomaba una copa de anís a sorbitos. Pidieron sus consumiciones y Laura casi se echó a llorar cuando el camarero le dijo que no tenían té de gengibre. Alfredo le dio unas palmaditas en la mano y le dijo que el té verde también estaba bien.

En cuanto se fue el camarero, todo el torrente de frustraciones, ira, tristeza, miedos e infelicidad se desbordó y Alfredo, abrumado, no supo hacer otra cosa que seguir dándole palmaditas en la mano y decirle que venga, que era una mala racha, que ya vendrían tiempos mejores. Laura hizo como si le creyese y se secó las lágrimas.

Como aún tenían tiempo, Alfredo le sugirió que le acompañase a hacer la compra y luego a dejarla en casa. Laura había alcanzado ese momento en su depresión en el que la propuesta de Alfredo le pareció tan buena como si le hubiese propuesto inmolarse a lo bonzo. Cuando se encontraba así, prefería que otros tomasen las decisiones por ella.

El supermercado era pequeño y lo de “super” parece que se lo hubieran añadido al nombre para levantar la moral de los dependientes y que sintieran que trabajaban en algo más importante que una tienda de barrio. Entre que el local era reducido y que Alfredo era de costumbres fijas y siempre compraba lo mismo o casi, prefiriendo siempre los artículos que estuviesen en la balda de en medio, que era demasiado vago para ponerse de puntillas y demasiado poco flexible para acuclillarse y explorar las baldas de abajo. En honor a Laura, compró dos chocolatinas, pero por más que insistió, no consiguió que ella se las tomase. Para que le dejase tranquila, accedió a echarlas en el bolso y a darle seguridades de que más tarde, en un futuro remoto e incierto que no se preocupó de delimitar, se las comería.

Alfredo llamaba a su casa “apartamento”, posiblemente para levantarse la moral, pero el nombre de estudio le habría cuadrado más. Su estudio que aspiraba a apartamento estaba a dos manzanas del mercado que soñaba con ser un supermercado. Allá fueron con las bolsas llenas de algo que a falta de mejor nombre denominaremos comida y que si quisiéramos ser más exactos definiríamos como una combinación de edulcorantes, aromatizantes, conservantes y grasas y azúcares de dudosa procedencia.

Mientras Alfredo metía la compra en la nevera, Laura se sentó en el balcón. Desde allí se veía el tejado de una fábrica abandonada y un solar contiguo, en el que unos cuantos árboles jugaban a darle la apariencia de parque descuidado. A Laura le gustaba sentarse ahí cuando iba a casa de Alfredo. Le daba paz, aunque sólo fuera por comparación, porque ella vivía en un primero y desde su ventana enrejada lo más que llegaba a ver era la casa de la vecina loca, que iba todo el día en bata y con rulos en el pelo.

Alfredo era parsimonioso en todo lo que hacía, comenzando por la manera que tenía de meter ordenadamente la comida en la nevera. La carne a un lado, junto a ella los embutidos y donde éstos se acababan, empezaban los quesos. Los postres y los dulces bien en el congelador o bien en la balda inferior. Los precocinados iban en la parte de más debajo de la nevera. En cuanto a la fruta y la verdura, no tenía que cavilar: nunca entraban en su nevera.

Fue cuando ya sólo le quedaban por colocar las salchichas y el chorizo, que comenzó a sentir una extraña inquietud. Los metió de cualquier manera, las salchichas promiscuamente encima de unos filetes rusos congelados y el chorizo encima de una pizza hawaiana también congelada. Cerró la nevera y de dos zancadas se plantó en el balcón.

Llegó justo a tiempo de ver cómo Laura, sentada en la barandilla, se dejaba caer de espaldas al vacío.

*     *      *

Nada se decidió en esos cinco minutos.

Cuando Alfredo abrió la puerta del balcón, vio a Laura en la oscuridad, iluminada únicamente por la luz de la calle. Su pelo rizado, que él sabía que era de un castaño tan claro, que a veces parecía que tuviera reflejos de oro. Su nariz recta y fina. Sus labios sensuales. Lo que más le gustaba, era lo que no podía ver en su perfil: su mirada. Laura tenía mirada de poema, como si todo lo estuviese viendo por primera vez, como si fuese Eva poniendo nombre a las cosas en el séptimo día de la creación.

Fue observándola, que comprendió que la amaba y que si en todos esos meses no había dado un paso, había sido por miedo a involucrarse en ese mundo tan apocalíptico en el que ella vivía. Pero lo importaban no era su mundo, sino que la amaba y que ahora era consciente de ello y que sabía que si no hacía algo, la perdería, porque Laura tenía algo de hoja de otoño que se lleva el viento de un lado a otro. Si no hacía algo, un golpe de viento parecido al que la había traído a su vida, se la llevaría muy lejos.

Alfredo calculó la jugada. Tres pasos hasta la silla. Sentarse a su lado, pasarle la mano por los hombros, mirarla, decirle que la amaba y casi con el mismo aire con el que le había hablado, acercar los labios a los suyos…

Laura se giró y le miró con su mirada mágica de pitonisa.

– ¿Y bien?

– Tenemos que ir saliendo. Si no, vamos a llegar tarde a la función.

*     *      *

Todo se decidió y nada se decidió en esos cinco minutos en los que estuvieron sentados juntos en el balcón.

Un avión pasó muy arriba, dejando una estela de humo que enseguida se convirtió en una nube deshilachada.

– Me gustaría irme tan lejos- dijo Laura con la voz de alguien que quiere irse realmente lejos.

– Y yo preferiría que te quedases- replicó Alfredo, tratando de poner la voz de alguien que decididamente no quiere que su interlocutor, interlocutora en este caso, se vaya. Pero la voz no le salió perfecta; un ligero temblor permitía entrever que algo soterrado y no dicho atravesaba la frase de parte a parte.

– Aquí mi vida es una mierda.

– Piensa en las cosas buenas que tienes.

– No tengo nada bueno.

– Me tienes a mí…- Dejó de mirar al frente. Giró la cabeza hacia Laura. La miró con tanta intensidad que a ella le entró un picor en el lóbulo de la oreja, que la obligó a llevar los dedos hacia allá, cuando su intención inicial había sido permanecer hierática, porque pareciera que el dolor requiere de la inmovilidad para expresarse.- Yo te quiero.

Ahora fue el turno de Laura de girar la cabeza y mirarle con una intensidad que en su caso era mortecina, como todo lo que había hecho y dicho aquella tarde. Alfredo acercó los labios a los de ella, que aceptó el roce sin asco y sin entusiasmo, como si fuera una prueba más de la vida, igual que la paloma que se le había cagado dos horas antes en el vestido.

Alfredo retiró los labios, sin saber cómo tomar la reacción de Laura.

Laura se levantó. Le miró desde arriba, de una manera que hubiera podido ser la de una reina que concede unos segundos extras al hombre al que acaba de sentenciar a muerte.

– ¿Realmente me quieres mucho?

– No sabes cuánto. Estas últimas semanas contigo han sido maravillosas.

– Pobre Alfredo.

Le pasó una mano cariñosa por la mejilla. Agachó la cabeza y le imprimió un beso apasionado en los labios. Fue un beso tan beso, que más bien pareció que un tampón y no unos labios se lo hubieran estampado a Alfredo.

Laura se irguió. Se dio la vuelta. Miró un momento hacia el cielo. Repitió lo de “pobre Alfredo”. Puso los brazos en la barandilla del balcón, se dio impulso y saltó.

*     *      *

Ni se decidió nada, ni dejó de decidirse algo en esos cinco minutos que estuvieron sentados uno junto al otro, viendo a un avión pasar por el cielo muy arriba.

Laura, mordiéndose las uñas, pensó en lo fácil que sería terminar con todos sus problemas levantándose de la silla, dando dos pasos al frente y saltando por la barandilla. Alfredo no tendría ni tiempo de reaccionar. Pero Alfredo no se merecía que su último recuerdo de ella fuera el de un cadáver despanzurrado ocho pisos más abajo, ni los interrogatorios de la policía que vendrían después.

¿A quién estaba engañando? No se cortaba de hacerlo por Alfredo, sino porque le daba miedo, porque temía arrepentirse en medio del vuelo, cuando ya nada tuviese remedio, porque le daba miedo el impacto que cortaría su vuelo y la posibilidad de que no muriese y quedase paralizada o como un vegetal. Sí, ocho pisos son muchos pisos y uno no debería de sobrevivir a un salto así, pero cosas más raras se ven en la vida, como que tu jefe te diga que eres muy buena trabajadora y a continuación te acose sexualmente y no te haya pagado todavía y ya estamos a quince y el casero ya te mira raro, pero no dice nada, porque sabe que trabajas en una empresa maravillosa y que tienes un jefe que te aprecia.

No, seguramente nunca saltaría ni esa noche, ni las siguientes. Tenía suficientes ansiolíticos y prozac en el bolso como para convertirse ella sola en todo un ejército de zombis, que irían arrastrándose por las calles, fingiendo que todavía están vivos.

Alfredo miraba de reojo a Laura. Estaba seria y concentrada, quién sabe pensando qué. Si la hubiese visto sonriente o al menos tranquila, le habría dicho que la amaba. Eran muchos días de guardárselo, pero nunca parecía venir el momento adecuado. Cada vez que se encontraban, ella llegaba con un nuevo problema y la tarde se les iba en calmarla y convencerla de que encontraría una salida.

Acaso hubiera podido prescindir de las palabras y darle un beso emboscado, que hubiese dejado claro que no la ayudaba sólo por amistad o porque fuera muy bueno. Tampoco hubiera hecho falta un beso pasional, algo que hubiera sido como sellarle los labios con un tampón, ni tratar de que su lengua en plan destornillador anunciase a sus gónadas que la amaba. Un roce de labios, que hubiera ido algo más allá de lo fraternal, habría bastado.

Pero Alfredo no se decidía. Había algo en Laura que le imponía.

Miró su reloj. Era hora de que salieran o llegarían tarde a la función.

*     *     *

Nagarjuna concluía el debate diciendo: “Nada existe por sí mismo. No hay balcón. No hay chica.”

 

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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