Un siglo distópico (2)

Publicado por el 20/12/2018

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Evgueni Zamiatin escribió “Nosotros” en 1921. El Estado totalitario que imagina Zamiatin es una suerte de colmena diseñada por ingenieros donde la palabra “yo” ha sido reemplazada por “nosotros” y todo está regido por la razón y las matemáticas. Me hace pensar más en el sueño de un ingeniero de Silicon Valley que en Stalin. Como en “1984”, la individualidad ha desaparecido, pero en “Nosotros” se da una vuelta de tuerca más: las personas no tienen nombres, sino números; no existe la vida privada; viven en edificios de cristal, a la vista de todos. En “1984” el único que podía verte era el Gran Hermano a través de las ubicuas pantallas de televisión que había en todos los cuartos; todos visten igual; ni tan siquiera el sexo es dejado a la iniciativa individual, sino que es gestionado por el Departamento de Cuestiones Sexuales. Es una sociedad aún más opresiva que la de “1984”, porque aquí al individuo le cuesta darse cuenta de su opresión. Comparemos lo que dice al comienzo de la novela su protagonista, D-503, con lo que dice Winston Smith al comienzo de “1984”:

“Yo, el número D-503, el constructor del Integral, soy tan sólo uno de los muchos matemáticos del Estado único. Mi pluma, habituada a los números, no es capaz de crear una melodía de asonancias y ritmos. Solamente puedo reproducir lo que veo, lo que pienso y, decirlo más exactamente, lo que pensamos NOSOTROS, ésta es la palabra acertada, la palabra adecuada, y por esta razón quiero que mis anotaciones lleven por título NOSOTROS.

Estas palabras son parte de la magnitud derivada de nuestras vidas, de la existencia matemáticamente perfecta del Estado único. Siendo así, ¿no han de trocarse por sí solas en un poema? Sí han de trocarse en un poema. Lo creo y lo sé. Escribo estas líneas y las mejillas me arden. Experimento con toda claridad un sentimiento acaso análogo al que debe de invadir a una mujer cuando se da cuenta, por primera vez, del latido cardíaco de un nuevo y aún pequeñísimo ser en su vientre. Esta obra – que forma parte de mí, y sin embargo yo no soy ella – durante muchos meses habré de nutrirla con la sangre de mis venas, hasta que pueda darla a luz entre dolores y brindarla luego al Estado único. Pero estoy dispuesto, como cualquiera de nosotros, o casi cada uno de nosotros.

(…)

Luego me pregunté casi involuntariamente: «¿Por qué es hermoso todo esto? ¿Por qué es bella la danza?» La respuesta fue: «Es un movimiento regulado, no libre, porque su sentido más profundo es la sumisión estética perfecta, la idealizada falta de libertad. Si es cierto que nuestros antepasados, en los instantes de mayor entusiasmo, se abandonaban a la danza (en los misterios religiosos, en los desfiles militares), este hecho puede significar tan sólo: el instinto de no ser libre es innato en el hombre, y nosotros, en nuestra existencia actual, lo hacemos conscientemente…»”

Comparemos esos párrafos con el momento al comienzo de “1984” en el que Winston Smith empieza a llevar un diario:

“… Lo que estaba a punto de hacer era abrir un diario. No era ilegal (nada era ilegal desde el momento que ya no había leyes), pero si le descubrían estaba razonablemente seguro de que le castigarían con la muerte o al menos que 25 años en un campo de trabajos forzados…”

¿Para quién,- se le ocurrió repentinamente preguntarse-, estaba escribiendo este diario? Para el futuro, para los que no habían nacido (…) Por primera vez la magnitud de lo que había emprendido se le apareció. ¿Cómo puedes comunicarte con el futuro? Era imposible por su propia naturaleza. O el futuro se parecería al presente, en cuyo caso no le escucharía, o sería diferente, en cuyo caso sus palabras no significarían nada.”

Puestos a elegir, me quedo con Winston Smith que al menos conserva una chispa de identidad. Le están oprimiendo y lo sabe. D-503, en cambio, ha abandonado su individualidad y es feliz en la opresión en la que vive. Es como el pez en el agua, que no es consciente del agua en la que está nadando.

Parece establecido que Orwell leyó “Nosotros” y que ésta le influyó a la hora de escribir “1984”. No sé si por esta influencia que los mundos de Smith y de D-503 quedan completamente trastornados el día que descubren el amor. Zamiatin como psicólogo es superior a Orwell y describe perfectamente cómo el enamoramiento le mueve el piso a D-503. Éste pasa de pensar que “…Claro que no debe existir ningún afecto sin un motivo, sólo un aprecio fundamentado en la razón…” a sentir la amenaza de lo irracional, que es otra manera de decir la amenaza del amor como algo que trastoca la vida: “Cierto día, Pliapa [su profesor de matemáticas en el colegio] nos contó algo acerca de los números irracionales y aún recuerdo que golpeé en la mesa, exclamando:

– No quiero la raíz de -1. ¡Quitádmela de encima, sacadme la raíz de -1!

Esta savia irracional crecía en mi interior como si se tratase de un cuerpo extraño, ajeno a mi naturaleza, era un producto terrible que me consumía, me devoraba. No se podía definir esta raíz ni tampoco combatir su nocividad, porque estaba más allá de lo racional.”

Hasta llegar a… “Se me acercó, casi se pegó a mí y nuestros hombros se tocaron; estábamos solos. Un extraño fluido pasaba desde ella a mi cuerpo y yo sabía inconscientemente que la cosa había de ser de esta manera. Lo sabía por cada una de mis fibras, por cada latido dulcemente doloroso de mi corazón. Me abandoné con un indecible placer a este sentimiento”

Pero tranquilos, que no cunda el pánico, que la novela termina bien, al menos desde la óptica del Estado único. El Estado descubre dónde se aloja la fantasía, un gusano que carcome según sus ingenieros, y da con la manera de suprimirla irradiándola. Así los hombres serán perfectos, serán como máquinas y el camino a la felicidad quedará expedito. D-503 se somete a la operación y vuelve a ser un número integrado y feliz.

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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