Cómo se le ocurrió a Schrödinger lo del gato ése (y 2)

Publicado por el 26/10/2018

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Que la noche fue fructífera y divertida puede inferirse por cómo apareció Schrödinger en Paddington Station a las nueve de la mañana del día siguiente. Llevaba el pelo alborotado, ojeras azuladas que generaban un curioso efecto cromático en combinación con sus ojos enrojecidos; un calcetin rojo en un pie y en el otro uno verde oscuro, el jersey puesto del revés y un abrigo gris que le venía grande, pero que a Dirac le habría sentado como un guante. Tanto como que era el abrigo de Dirac.

Llegó a la estación con paso dubitativo, como si andar le doliese, aunque lo más probable es que la fuente del dolor fuera una palpitación molesta en las sienes, acaso causada por la ingesta inmoderada de té escocés. Le pareció que hacía demasiada luz para ser octubre, el mundo se había convertido en un fulgor con el sólo objeto de aumentar su dolor de cabeza.

Cinco minutos antes de que saliese el tren recordó que no había comprado nada para Annemarie. Deprisa y corriendo en el quiosco de la estación compró unos chocolates Cadbury por cinco libras. “¡Qué mierda de regalo! Esto me traerá problemas,” pensó, pero la urgencia de mantener el equilibrio, apaciguar el dolor de cabeza y contener las náuseas que empezaban a asaltarle fueron más fuertes que cualquier preocupación que hubiera podido tener sobre el reencuentro con Annemarie dentro de dos horas.

Para cuando llegó a Oxford, ya casi era persona y al bajar del tren sí que volvió a venirle a la cabeza la idea de que llevaba una birria de regalo y que iba a tener problemas, y esta vez la idea se empeñó en quedarse en su cabeza, en el lugar que cinco minutos antes había ocupado el recuerdo de las larguísimas piernas de la cabaretera de la noche anterior. A diferencia de otras veces, regresó a casa caminando, tanto para retrasar el reencuentro con Annemarie como para prolongar un poco más el estado de beatitud que le causaba el recuerdo de las susodichas piernas. Pero a la segunda manzana hubo de reconocer que la imagen de una Annemarie irritada había borrado por completo cualesquiera trazas de las piernas de la cabaretera que pudieran permanecer en su cabeza, así que aceleró el paso para que el mal trago pasara cuanto antes.

Annemarie estaba en la cocina haciendo la lista de la compra para la semana. Tenía el ceño fruncido, con la misma expresión de rabia contenida que se le ponía al cabo austriaco en los discursos al decir de quienes habían asistido a alguno de ellos. Schrödinger se acercó quedamente, carraspeó y colocó la caja de los chocolates junto a la mano izquierda de Annemarie.

– ¿Y esto?

– Un recuerdo de Londres. Me he acordado mucho de ti.- Era cierto. En varios momentos de la noche había pensado en ella, mientras se decía “como se entere…”.

– El chocolate engorda y saca granos.- Annemarie seguía sin levantar la cabeza de la lista. Su tono de voz había aumentado en una octava. Otra octava más y ya no estaría hablando, sino gritando.- ¿Qué tal te lo has pasado con Dirac?- Lo preguntó volviendo a su tono de voz normal, lo que volvió la pregunta todavía más peligrosa.

– Bien.- Respuesta escueta para tantear el terreno y ver dónde estallaría la primera mina.

– ¿Habéis resuelto muchas ecuaciones?- Aunque intentase mantener un tono inocente, la ironía era demasiado palpable.

– Bueno, los físicos no siempre estamos resolviendo ecuaciones.

– No,- ahora Annemarie sí que levantó la mirada, la clavó en él y descargó el golpe.- A veces estáis en el Trocadero flirteando con las cabareteras.

Sólo en ese momento, Schrödinger se hizo consciente de lo grave de la situación: Annemarie estaba muy enfadada y lo sabía casi todo sobre la noche anterior. Inútil preguntar quién se lo habría contado, ni cómo la noticia le había llegado tan rápida.

– Dirac estaba deprimido porque se le había atragantado una ecuación. Me lo llevé a Trocadero para ver si se animaba.

– Debiste de animarle mucho, porque a las tres de la madrugada salisteis los dos tambaleándoos en compañía de una cabaretera de largas piernas.- Había que reconocer que quienquiera que hubiera sido su informante, no se le había escapado ningún detalle.

– Entre la tristeza y que había bebido un poco, Dirac estaba un poco inmanejable. La señorita se ofreció a ayudarme a llevarle a su hotel.

– No sabía que a Dirac le gustase hospedarse en hoteles que alquilan las habitaciones por horas.

– Es un poco agarrado. No quiere pagar por minutos de estancia no utilizados.- Afortunadamente Dirac era lo suficientemente raro como para que la explicación sonase plausible.

– Y para ahorrar todavía más dinero os metisteis los tres en la habitación para hacer un manejo de tres, ¿verdad?- Annemarie era tan perspicaz como mala con los idiomas. Después de tantos años diciéndole que a ver si hacían un “menage à trois”, aún no se había quedado con la expresión.

– La señorita era psicóloga y Dirac estaba muy desmoralizado. Se trataba de hacer una pequeña sesión terapéutica.

– ¿Y yo me lo voy a creer?

– Tú piensas que estábamos haciendo un “menage à trois”. Yo te digo que estábamos haciendo una sesión terapéutica. La culpa de esta discusión la tiene tu misterioso informante, que no llamó a la puerta. Si lo hubiera hecho, la función de onda habría colapsado y entonces se habría hecho notorio cuál de las dos posibilidades era la real. Y te aseguro que habría sido la terapéutica.

A Annemarie le ponía nerviosa cuando Schrödinger sacaba razonamientos físicos. La física y las matemáticas se le daban igual de mal que los idiomas. Era como oír la misa en latín. Sabes que lo que están diciendo es importantísimo, pero no comprendes nada. Desde que a su marido le dieron el Premio Nóbel y el dinero que llevaba aparejado, Annemarie se callaba cada vez que su marido contraatacaba con argumentos físicos. Le parecía que decir algo en esos momentos, sería como interrumpir al sacerdote durante la elevación de la eucaristía para decirle que se ha equivocado de caso de declinación.

– Bueno, pongamos en en la habitación estábais los tres de terapia. Me imagino que en el cabaret no estaríais también de terapia, ¿verdad?

– Un cabaret es un sitio donde uno va a beber y a divertirse y a flirtear con bellas señoritas. ¿Estamos de acuerdo?

– Sí…- replicó Annemarie no muy convencida, sin saber a qué prado la quería llevar su marido.

– Dirac es taciturno, sólo piensa en cuestiones físicas, sólo le atraen las mujeres capaces de calcular de memoria la raíz cúbica de 1.234, bueno, de hecho, sólo le interesan los seres humanos capaces de calcular la raíz cúbica de 1.234. En fin, que para él no hay diferencia entre una cabaretera de largas piernas y un deshollinador de Manchester. Y encima de todo eso, ayer estaba tristón.

– ¿Qué quieres decir con todo eso?

– Si te paras a pensarlo, podría decirse que ayer yo estaba simultáneamente divirtiéndome y aburriéndome en aquel cabaret.

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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