Historia mínima y acelerada de Cataluña

Publicado por el 15/10/2018

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Jordi Canal ha condensado en 289 páginas de un libro de bolsillo que casi cabría en una caja de cerillas la Historia de Cataluña. Está todo tan condensado que como te saltes una línea, como poco te pierdes una década de Historia catalana. No sobra ni una coma, pero a veces me hubiera gustado un poco más de desarrollo. Casi hasta he echado de menos los párrafos inútiles que en otros libros de Historia me irritan tanto.

Me gustan algunas frases de la introducción en las que indica cuál es su planteamiento. “Toda historia nacionalista- o absolutista, o fascista, o federalista- era, simple y llanamente, una historia falsa. Esas historias de Cataluña resultaban [se refiere a obras sobre la historia de Cataluña con una impronta nacionalista, que se empezaron a escribir a partir de 1870], en el fondo, afirmaba [se refiere a Agustí Calvet, más conocido como Gaziel] apologías melancólicas y delirantes, obras edificantes y estimulantes. Indispensable era, en resumen, una nueva historia que dejase de contar lo que debió ser y no fue, para intentar explicar, de una vez por todas, lo que fue.” En otras palabras, la Historia es lo que pasó, nos guste o no

Canal describe el período formativo de Cataluña que podemos situar entre finales del siglo VIII y el año 1000. La vinculación con el imperio carolingio y los contactos culturales y lingüísticos con la Occitania, le dieron un carácter diferente al del resto de la Península. En cambio, en lo que se parecería al resto de los reinos cristianos peninsulares es en que la confrontación casi permanente con el Islam se convirtió en un hecho definitorio de su identidad en estos siglos. El gentilicio catalán parece que se empleó por primera vez en torno al 1120. Lo interesante de este hecho es que significa que ya para entonces alguien sintió que en el noreste peninsular existía una entidad diferenciada a la que había que identificar con algún nombre.

Inevitablemente Canal tiene que abordar la cuestión de la vinculación entre Aragón y Cataluña. Después de llevar toda la vida oyendo hablar de la Corona de Aragón, con la Renaixença a Antonio de Bofarull se le ocurrió hablar de Confederación catalano-aragonesa y desde hace algunas décadas hay algunos círculos que promueven el uso de ese término anacrónico.

Tal como la entendemos hoy en día, una confederación es una asociación de Estados, cada uno de los cuales conserva su soberanía. En la Europa medieval lo más parecido sería una unión de coronas, que ocurría cuando vía matrimonio o herencias territorios dispares llegaban a estar sometidos a un solo monarca. Por lo general, dichos reinos conservaban un elevado grado de autogobierno, aunque no estoy seguro de que sea válido decir que conservaban su soberanía. Aunque el monarca debía respetar las tradiciones de los distintos territorios si no quería problemas, su grado de poder era algo mayor de lo que suele ser el poder del gobierno confederal en las confederaciones.

La Corona de Aragón nace en 1137 cuando el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV se casó con Petronila, hija de Ramiro II el Monje, rey de Aragón. El propio Canal describe la situación resultante: “… en esta unión dinástica cada una de las partes mantenía tierras, instituciones, leyes y costumbres. Dos territorios y dos pueblos, en fin de cuentas, reunidos en tanto que estructura plural y agregativa, bajo una misma corona.” Esta construcción política será conocida ampliamente en la Edad Media como “Reino o Corona de Aragón”. El primer monarca auténticamente aragonés será el hijo de este matrimonio, Alfonso II el Casto (1164-1196). Resulta significativo que para su nombre de reinado optase por la onomástica aragonesa. Esto acaso indique cuál de los territorios sobre los que gobernaba era el que consideraba principal.

El ser humano es un ser simbólico. Símbolos y designaciones nos resultan importantes. Canal cita unas reflexiones de Vicens Vives que definen muy bien la psicología que hay detrás de los esfuerzos por denominar a esta construcción política medieval con un apelativo inventado en el siglo XIX que no le corresponde: “Desde mediados del siglo XIX nos ha molestado que los condes de Barcelona fuesen conocidos en todas partes bajo el nombre de reyes de Aragón, que nuestros bisabuelos guerreros y mercaderes transcendieran a las páginas de la historia extranjera bautizados como ‘aragoneses’, que al hablar de nuestra expansion mediterránea se empleara el calificativo de aragonesa. Hemos acudido a los más refinados procedimientos para evitar semejante confusionismo: hemos hablado de Confederación catalanoaragonesa, de reyes de Cataluña-Aragón, de condes-reyes, de monarcas con una, dos o tres enumeraciones. A mi juicio este infantilismo no solo nos ha perjudicado, molestando innecesariamente a los aragoneses, sino que ha creado un peligroso confusionismo en nuestro espíritu público, ya que hemos puesto en la picota una de las más fecundas soluciones de nuestro intervencionismo en el complejo mundo hispánico.”

En la Historia moderna de Cataluña hay dos fechas clave, que son 1640 y 1714. Resulta interesante que el independentismo se haya centrado tanto en la segunda de las fechas y mucho menos en la primera. Tal vez sea que no es oro todo lo que reluce en la experiencia de 1640.

La rebelión de 1640 fue provocada básicamente por el intento del Conde-Duque de Olivares de hacer que Cataluña contribuyese más al esfuerzo bélico de la Monarquía. Es preciso señalar que este intento de aumentar las contribuciones se extendió a todos los otros territorios que componían la Monarquía hispánica. Lo que empezó siendo una rebelión en contra de una presión fiscal acrecentada, acabó convirtiéndose en una ruptura jurídica con la Monarquía hispánica. Cataluña pidió ayuda a Francia frente a la España de Felipe IV y el 16 de enero de 1641 la república catalana fue proclamada. Con el tiempo, los catalanes se dieron cuenta de que habían metido la zorra en el gallinero. Luis XIII no estaba para pamemas independentistas. Lo que quería era pura y simplemente la anexión de Cataluña. Los franceses hicieron añorar el dominio español, más respetuoso con las constituciones, fueros y tradiciones del Principado. En 1652 Barcelona fue recuperada por los Habsburgos. A la postre, Cataluña permanecería en el seno de la Monarquía hispánica, pero privada de sus territorios ultrapirenaicos.

1714 tiene también en el libro de Canal una interpretación bastante distinta. Inicialmente Felipe V fue bien aceptado en Cataluña. En octubre de 1701 Felipe V presidió las cortes de Cataluña e hizo una serie de concesiones muy favorables a la burguesía comerciante del territorio. Una prueba de que Cataluña no era necesariamente anti-borbónica fue la derrota del intento de capturar Barcelona para el bando austracista por parte de la milicia gremial en mayo de 1704. En octubre de 1705 la confluencia entre ingleses y algunos grupos catalanes disidentes, puso en manos de los austracistas Barcelona.

Canal explica la apuesta por el bando austracista de 1705 por la confluencia de la francofobia, la preferencia del clero por los Habsburgos y la influencia de la burguesía mercantil que decidió jugársela a la carta del candidato austriaco, igual que hubiera podido jugársela por Felipe V. En otras partes de la Península hubo gente que hizo cálculos parecidos.

Cuando en 1713 el Archiduque Carlos se convirtió en Emperador de Austria, su causa dejó de interesar a ingleses y holandeses. En 1713 se firmó la paz de Utrecht que puso fin al conflicto internacional en torno a la sucesión a la Corona de España y nadie se acordó de decirles a los barceloneses que la guerra había terminado y que se las apañasen como pudiesen.

La resistencia de Barcelona fue numantina. Felipe V no podía perdonar que Cataluña hubiese cambiado de bando. A pesar de la gran disparidad de fuerzas, la ciudad aguantó 14 meses. Por cierto que, en contra de lo que se podría pensar, Casanova no murió en la batalla final, en la que fue herido, ni fue ejecutado a la caída de Barcelona. Privado de sus cargos, recibió el perdón real en 1719 y pudo ejercer de abogado hasta 1737 en que se retiró. Murió en 1743 a la respetable edad de 83 años.

Con Felipe V llegó una nueva manera de concebir y organizar la Monarquía. El pactismo de los Austrias quedó arrumbado y en su lugar se impuso el modelo francés, centralizador, absolutista y homogeneizador. Los Decretos de Nueva Planta pusieron fin a los fueros de los territorios de la Corona de Aragón, pero, como señala Canal, “no se trató ni del fin de la nación catalana ni de la supresión de un sistema democrático.” Sí que cabe decir que Felipe V se ensañó con los territorios de la Corona de Aragón, que le habían sido hostiles, porque los fueros de Navarra y el País Vasco, que le habían apoyado, no se tocaron.

En la formación de la identidad catalana el momento clave no fue ni 1640, ni 1714, sino el último tercio del siglo XIX, cuando aparece el movimiento de la Renaixença cuando “los nacionalistas (…) se lanzaron al proyecto de construir una nación y de nacionalizar a los catalanes”. Canal identifica varias causas que propiciaron su surgimiento: 1) La crisis finisecular. El caso cubano, además, mostró que la autonomía e incluso la independencia no eran imposibles; 2) Los proyectos de construir un Estado español moderno fueron notoriamente insuficientes y generaron el deseo de establecer una alternativa, convirtiendo en nación una comunidad preexistente; 3) Cataluña estaba insuficientemente españolizada; 4) El desarrollo de movimientos románticos, anticentralistas y regionalistas proporcionaría una cantera de actores posibles para el desarrollo de esta nacionalización de Cataluña; 5) La presencia de tradiciones, signos de identidad y, sobre todo, una lengua, una cultura y una historia propias, que ofrecen los ladrillos para esa construcción nacional.

La explicación de Canal no me satisface del todo. Yo la presentaría un poco alterada. El siglo XIX es para España un siglo de crisis. Habiendo perdido su imperio ultramarino y habiendo quedado reducida a un país de tercera, España no consigue reinventarse ni sumarse al tren que lleva a Europa por la vía de la industrialización y del imperialismo colonial. En este contexto, para Cataluña, siendo la región más avanzada de España, la tentación de abandonar el tren de burra español y montarse en su propio tren resultaba irresistible.

Cataluña poseía además rasgos como un idioma propio, una literatura, unas tradiciones culturales, que podían servir como elementos para la creación de una nueva nación. En este proceso no olvidemos las lecciones de Benedict Anderson en su famoso “Comunidades imaginadas”. Las naciones no son entes naturales, sino construcciones sociales. Esto es, la nación catalana es un invento, igual que lo es la española. Una pequeña distinción entre ambas es que, como señala Canal, el nacionalismo catalán “se hizo contra la nación española”. Esto tampoco es excepcional; es lógico que el nacionalismo regional se dirija contra la entidad mayor en la que está englobado. El nacionalismo croata se hizo contra el Imperio Habsburgo primero y luego contra Serbia. El nacionalismo corso se hizo contra Francia.

Otro momento en el que Canal se detiene especialmente con ojos muy críticos es en la revolución de octubre de 1934. El Presidente de la Generalidad, Lluis Companys, proclamó el 6 de octubre “el estado catalán dentro de la República federal española”. Canal se distancia de la interpretación más habitual de esta acción, que ve en ella un intento secesionista de crear un Estado catalán independiente. Para Canal, se trataba de una maniobra para poner presión sobre el Gobierno de la República y forzar la vía federal.

Me hace gracia la manera en que Canal analiza las motivaciones de Companys para obrar como obró: 1) El populismo, ese viejo recurso a sacar a las masas a la calle para forzar situaciones que de otra manera no podrían forzarse. Aquí Companys fracasó, porque el Estado no aceptó el órdago y la población no se movilizó todo lo esperado; 2) El victimismo, que le permitió al final convertir su fracaso de octubre de 1934 en un acto heroico; 3) Mostrar que él era más nacionalista que nadie y sobre todo más nacionalista que Miquel Badia, con quien competía por los favores sexuales de la militante independentista Carme Ballester. Me gusta. Canal pertenece a mi escuela, la de los que pensamos que las gónadas tienen una importancia en la Historia que pocas veces se aprecia en su justa medida.

Las páginas finales están dedicadas a la fase de la Transición y a los últimos acontecimientos, deteniéndose en 2015, en vísperas de las elecciones autonómicas de septiembre. Si el libro hay que leerlo a la carrera, en estas últimas páginas uno ya se queda sin resuello, ante la plétora de nombres y acontecimientos que están ahí comprimidos.

Me ha gustado el libro, pero habría querido una Historia un poco menos mínima.

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