El discípulo más aventajado del Maestro (5)

Publicado por el 01/10/2018

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Recuerdo que salió al escenario con paso firme y con una seguridad que parecía querer decir: “Soy inmortal y lo mismo me muero en los próximos cinco minutos, ¿pasa algo?” Se colocó ante el atril, sin papeles, como era su costumbre. “Hoy hablaré de la experiencia que está en la base de toda poesía, porque la poesía nace del contacto con la realidad. Quien crea que la poesía abstracta o la poesía metafísica existen, miente y debería dedicarse al ensayo que es el género pensado para los que filosofan demasiado y acaso tengan miedo a vivir. La experiencia es la semilla de la que nace la poesía. Yo en estos momentos, como sabrán, me estoy documentando para escribir unos cuantos versos sobre la muerte. Los médicos me dicen que me estoy documentando tan bien que para dentro de seis meses lo mismo escribo un poema sobre el asunto que lo voy a bordar. Y bueno, ahora que ya he mencionado el tema de mi propia muerte, que sé que es lo que hace que hoy la sala esté tan llena, por el morbo de si no será ésta mi última conferencia, voy a hablarles de lo que decía Jaime Gil de Biedma sobre la experiencia en la poesía, que es de lo que he venido a hablar.” Esto lo dijo sonriendo con picardía. Tuve que agachar la cabeza para que la gente de alrededor no se diera cuenta de que estaba llorando.

Esa noche el Maestro estuvo inspirado. A ratos fue emotivo y a ratos divertido, fue como contemplar los juegos de prestidigitación de un gran mago, que se va sacando conceptos y poemas de las mangas. Enlazó a Gil de Biedma con François Villon y con Jorge Manrique, para terminar con Omar Jayyam, lo que le dio pie para proponer que nos fuéramos todos a beber y a disfrutar hasta que llegara el alba, porque había que cosechar experiencias para escribir los poemas de mañana y si no nos salían esos poemas, tampoco pasaba nada, porque nos quedaría la experiencia, que es lo único que importa más que la poesía.

Cuando terminó de hablar, ya nadie se acordaba de su enfermedad. Había logrado que nos invadiesen un ánimo orgiástico y unas ganas de vivir desaforadas. Ese día no hubo nada de ceremoniales de entrar tímidamente en una tasca y preguntar si podríamos juntar cuatro mesas. Éramos una horda de bárbaros que irrumpía en las tascas y celebraba un aquelarre en el que conjurábamos los espíritus de Ramón Gómez de la Serna, Rafael Cansinos Assens, Alejandro Sawa y de todos los que han conjugado el ajenjo con los versos.

Sentado en una mesa sólo con cuatro discípulos y con un vaso de güisqui el Maestro por una vez apenas hablaba. Se limitaba a contemplar divertido el jolgorio. “¿No vamos a hacer tertulia hoy?”, le pregunté. “¿No es más divertido esto?”, me respondió. “A veces por hablar, leer y escribir mucho, nos olvidamos de vivir.” Y añadió con una sonrisa tierna: “Cuando yo no esté, échate una buena novia, a la que no le vaya la literatura. Si es analfabeta, mejor.”

Al cabo de un rato, me dijo que se iba a retirar y que quería hacerlo discretamente, aprovechando que con el jaleo nadie se daría cuenta.

– Te acompaño.

– Te lo agradezco, pero me apetece pasear solo por las calles de Madrid.

– Me gustaría dormir contigo.

– ¿Abrazados como la otra noche?

– Sí.

– La otra noche fue mágica porque fue inesperada y porque sabíamos que sería única. Si la repitiéramos, sería como una costumbre. Deja que siga siendo mágica.

Me sonrió, se levantó y desapareció entre la multitud.

Me levanté para pedir otro rosado y entonces vi que en un extremo de la barra estaba Ernesto solo. Tenía una cara de tristeza tan grande que simpaticé con él y me acerqué.

– ¿Qué estás tomando? Te invito a otra.

– Güisqui JB.- La respuesta era obvia. Eso era lo que bebía el Maestro.

Pedí su güisqui y un ron con coca-cola para mí. Era evidente que Ernesto estaba ya un poco bebido y que le iba a dar una llorona.

– ¿Es tan difícil conseguir que la gente te quiera?- me preguntó de repente, después de haberse tomado un trago.

– ¿Qué quieres decir?

– Desde que os conocí en julio, he tratado de acercarme a cada uno de vosotros…

– ¿El encuentro de agosto entonces no fue casual?

No me respondió. Es más, creo que ni se enteró de la pregunta en medio de sus lamentaciones.

– Me habéis rechazado, me habéis hecho el vacío. Debería de estar acostumbrado, porque ha sido siempre la historia de mi vida. El patito feo, el tonto del que todos se burlan, el friki que no tiene corazón y al que se le puede zaherir, porque no le duele.

Recordé nuestra conversación de agosto y ya no le encontré repulsivo, sino patético. Le pasé el brazo por los hombros.

– ¿No tienes amigos?

– Una vez tuve uno, en el colegio. Era chileno. Sus padres se volvieron a Chile y allí se terminó todo.

– ¿No has tenido más amigos?

– No.- Inspiró con fuerza. Una lágrima pugnaba por salir.- Cuando descubrí al Maestro, hubo algo en sus cuentos que me dijo que él sí que podría entenderme. Sólo hacía falta que me conociera. Sabía que el día que nos encontráramos, pasaría algo, no sé el qué y que nos haríamos amigos. Quería parecerme a él. No sólo era un gran escritor. También era alguien que tenía muchos amigos.

– ¿Y si te dijera que tenía muchos admiradores, pero amigos no tantos?

– Imposible. Al Maestro no puede no querérsele. No he conocido a nadie como él.

– ¿A cuánta gente has conocido de verdad?

– No he conocido a nadie como al Maestro,- insistió.

Me quedé con él bebiendo, acodada a la barra. Así me enteré de su infancia de hijo único de madre soltera, de nieto rechazado por unos abuelos conservadores porque había sido concebido en pecado. El niño que en los recreos deambulaba por el patio porque nadie se le ajuntaba. El niño al que embadurnaban los cuadernos con tinta para fastidiarle y le tiraban pelotillas de papel. El niño al que le llamaban friki a sus espaldas y a la cara. En algún momento sentí que aquello era más de lo que podía aguantar. Para entonces él tenía la cabeza abatida y más que a mí le hablaba al vaso y le iba salmodiando todo un rosario de amarguras y dolor. Retiré el brazo de su hombro y me fui.

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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