La vida aburrida del escritor de novelas de aventuras

Publicado por el 13/09/2018

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La historiadora Alicia Castellanos ha descubierto que Emilio Salgari se inspiró en un aventurero gaditano, Carlos Cuarteroni, para escribir muchas de sus novelas de aventuras. La vida de Cuarteroni fue fascinante. Quien esté interesado por ella, puede encontrarla en la edición de “El Mundo” del 3 de agosto pasado en un artículo titulado “Sandokán era de Cádiz”. La propia Castellanos quedó tan prendada con el personaje, que pensó en novelar su vida, pero la muerte se la llevó antes.

Reconozco que la vida de Cuarteroni es apasionante, pero, como escritor, me interesa mucho más la de Salgari. Me parece fascinante la idea de un hombre que fue un galeoto de las letras y que llevó una existencia burguesa de lo más normal, se pasara la vida soñando con paisajes y aventuras que nunca vivió. Todos tenemos sueños que no hemos llegado a realizar. Salgari tuvo toda una vida paralela que nunca fue.

Salgari nació en 1862 en Verona en una familia de pequeños comerciantes. Parece que desde pequeño sentía atracción por los mapas y los viajes. En 1878 ingresó en el Instituto Técnico y Naval de Venecia, con el objetivo de convertirse en capitán de barco. En 1881 abandonó los estudios; parece que una de las razones, si no la principal, fue que se le daban mal las matemáticas. En esa etapa realizó alguna pequeña travesía por el Adriático en un buque escuela. Eso y un viaje de tres meses como pasajero por el Adriático, sería toda su experiencia marinera.

Su fracaso en convertirse en capitán de barco fue una espinita que llevaría clavada toda su vida. A menudo mencionaría las aventuras que había tenido de joven en los Mares del Sur. Póstumamente, en 1928, se publicaron sus “Memorias”. Parece que fueron una fabulación urdida por el profesor de sus hijos, Lorenzo Chiosso, y por su hijo Omar. Aunque es prácticamente seguro que esas “Memorias” no salieron de su pluma, es muy probable que reflejen muchas historias que Salgari había contado a su hijo y al tutor de éste. Lo que es seguro es que muestran lo que Salgari hubiera querido ser.

Chiosso se metió tanto en la piel de Salgari, que hay frases en el prólogo que suenan tan verdaderas como si las hubiese escrito el propio Salgari. “Se dice que algunos célebres escritores de libros de aventuras fueron, por una ironía que acaso no es tan rara como parece, hombres completamente sedentarios. El grandísimo Julio Verne, por ejemplo, según algunos, no había viajado más que alrededor… de su ciudad natal, de la cual era alcalde. Por el contrario, yo he sacado siempre, más que de las bibliotecas, de mi experiencia personal, la sustancia de mis libros.” Resulta irónico el contraste que quiere establecer con Julio Verne, cuando ambos llevaron la misma vida sedentaria.

Menos irónico y más próximo a la verdad es el siguiente párrafo: “Fue la necesidad de desprenderme, por así decirlo, del frenesí de aventuras que todavía me poseía, lo que guio mi pluma: y así encontré, en el desarrollo novelesco de sucesos que verdaderamente sucedieron, una compensación a mi forzosa inmovilidad. No pudiendo ya correr por mares y continentes, lancé sobre el globo terráqueo a mis héroes y mis heroínas; y escribí, escribí, escribí hasta el punto en que el escribir, de remedio liberador se convirtió en una profesión. Peor: en una dolorosa profesión.” Respecto a este párrafo hay que mencionar que, según las falsas memorias, Salgari abandonó su vida de aventuras por haber contraído unas fiebres tropicales que le perjudicaron la salud. La realidad era que se sabía que había empezado a escribir en 1883 en un diario, con lo que no cabía extender mucho más su etapa de vida aventurera.

En 1883, Salgari envió al periódico milanés “La Valigia” un cuento titulado “Los salvajes de la Papuasia”. El cuento peca todavía un poco de ingenuidad en su escritura, pero ya contiene algunos de los rasgos de Salgari: su cuidado por la exactitud geográfica y su gusto por los ambientes exóticos y marineros. El libro se centra en el bergantín holandés Haarlem y su capitán Wan Nordhom. Me pregunto cómo se sentiría escribiendo sobre un capitán de barco, algo que para entonces ya sabía que nunca sería. Aunque, en mi opinión, se nota que el cuento proviene de un novicio, gustó lo suficiente como para que el periódico “L’Arena” le contratase.

A finales de 1883 Salgari comenzó a escribir “Los tigres de Malasia”, donde aparecería por primera vez el personaje de Sandokán y que sería su ciclo novelesco más conocido, aunque tal vez no el mejor. Algunos consideran que su mejor novela fue “El corsario negro”, de 1898, que comienza el ciclo de cinco novelas sobre los piratas del Caribe. Para mí, su mejor novela es “La cimitarra de Buda” porque fue el primer libro que leí, en una colección de la Editorial Bruguera en la que, para que la lectura no se hiciese difícil, cada dos páginas intercalaban una con la historia narrada en forma de cómic. Digamos que era un manga hispano prehistórico.

La verdad es que la vida de Salgari desde 1883, cuando se inicia en la literatura, hasta su muerte, fue una historia aburrida, de mucho trabajo, poco dinero e infinidad de tragedias familiares.

Empecemos por lo rutinario. Salgari fue un galeoto de la literatura. Todo lo que tenía de buen escritor lo tenía de mal negociante. Aunque fue uno de los escritores más exitosos de su tiempo y llegó a vender más de cien mil ejemplares, siempre anduvo a la cuarta pregunta. Los contratos leoninos que firmaba con sus editores permitían que estos se hicieran con sus derechos de autor y le pagaran una miseria. Tanto, que Salgari se vio obligado a escribir novelas con seudónimo para zafarse de sus editores y ganar dinero extra. Para cumplir con sus compromisos (por ejemplo entre 1907 y 1911 escribió diecinueve novelas para la Editorial Bemporad), a menudo escribía entre catorce y dieciséis horas diarias, tomándose café tras café y fumando cigarrillo tras cigarrillo, sin levantarse de la mesa. Y eso sin contar con que al mismo tiempo dirigía un periódico sobre viajes.

Y después de tantos esfuerzos, encima no era reconocido por los círculos literarios establecidos. Él mismo describió así su situación a un amigo en 1909: “La profesión de escritor debería están llena de satisfacciones morales y materiales. En cambio, me veo encadenado a mi mesa durante muchas horas por el día y algunas por la noche, y cuando descanso, estoy en la biblioteca para documentarme. Debo escribir a toda velocidad página tras página y enviarlas inmediatamente a los editores, sin haber tenido tiempo para releer y corregir.”

Y ser robado por sus editores no fue la peor de sus desgracias. Abramos el capítulo de tragedias familiares.

En 1889 su padre se suicidó tirándose por la ventana, al creerse víctima de una enfermedad incurable.

En 1892 se casa con la actriz Ida Peruzzi, cinco años más joven. La cortejó haciéndose el interesante y aludiendo veladamente a un pasado de aventuras truculentas. Ella se lo creyó o fingió que se lo creía, que es lo que hacen las mujeres inteligentes con las fantasmadas de sus maridos. Fue un matrimonio enamorado, que tuvo cuatro hijos (Fátima, Nadir, Romero y Omar) más un aborto de gemelos y que anduvo siempre con el agua al cuello.

A partir de 1903 Ida comenzó a presentar signos de desequilibrio mental. Finalmente en 1910 hubo que internarla. El 25 de abril de 1911, deprimido por la enfermedad de su mujer, agobiado por su situación financiera y agotado por la sobrecarga de trabajo, Salgari se dirigió a una colina en las afueras de Turín, a la que la familia había ido en el pasado de picnic. Se clavó un puñal en el vientre (algunas versiones dicen que hubiera podido ser un kris malayo) y después en el cuello. Murió desangrado.

Salgari dejó escritas tres cartas patéticas antes de morir. Una a sus editores: “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que en compensación de las ganancias que os he proporcionado os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma.” Otra a los editores de los periódicos de Turín: “Derrotado por los disgustos de todo género, reducido a la miseria, no obstante la ingente cantidad de trabajo realizado, con una esposa loca internada en el manicomio, suprimo mi vida. Cuento con cientos de millones de admiradores en toda Europa y hasta en América. Les ruego, señores editores, que abran una suscripción para sacar de la miseria a mi desgraciada familia. Con mi nombre debía esperarme una suerte muy distinta”. La tercera a sus hijos: “Soy un vencido. La locura de vuestra madre me ha partido el corazón y todas mis fuerzas. Yo espero que los millones de admiradores, a los que durante años he distraído e instruido, os saldrán al encuentro. Os dejo sólo 150 liras, más un crédito de 600 liras, que recogeréis de la señora Nusshaumar. Os dejo la dirección. Que me entierren como pobre, ya que estoy arruinado. Manteneos buenos y honestos, y pensad, en cuanto podáis, en ayudar a vuestra madre. Os besa a todos, con el corazón sangrando, vuestro desgraciado padre”.

Hay familias a las que parece perseguir un sino desgraciado, estirpes condenadas con las que los dioses juegan cruelmente. Ésa fue la de Salgari. Su hija Fátima murió a los 21 años de tuberculosis. Nadir murió en un accidente de tráfico, al estrellarse su moto con un tranvía. Romero, en un ataque de celos, asesinó a su mujer y se suicidó a continuación. En 1963, Omar, que había seguido los pasos literarios de su padre con regular fortuna, se suicidó a los 60 años.

 

 

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