El gran ideólogo del nazismo

Publicado por el 25/08/2018

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Dice mucho del “magnífico”nivel intelectual del nazismo que su gran ideólogo fuera Alfred Rosenberg.

Rosenberg procedía de la minoría alemana que vivía en los países bálticos. Desde comienzos de los años 20 se dio a conocer en los ambientes más ultranacionalistas, de los que surgiría posteriormente el nazismo, como un propagandista anticomunista y antisemita. Sus escritos, como los de muchos propagandistas alemanes y austriacos de aquellos años, son una mezcla de racismo y resentimiento étnico, aderezado con algo de cultura general mal asimilada e incompleta. En unos grupos más dados a beber cerveza y a romper cabezas que al pensamiento, esos escritos sirvieron para dar a Rosenberg el título de “intelectual”, algo de lo que el nazismo no andaba sobrado.

Rosenberg no era carismático y adolecía de talentos organizadores. Sin embargo, tenía cierto olfato para ver de dónde venía el viento y para medrar. A finales de la década de los veinte logró posicionarse como el gran experto nazi en política exterior, con el libro “La futura senda de la política exterior alemana”, en el que identificaba a la URSS como el gran enemigo a batir y afirmaba la compatibilidad de los intereses alemanes y británicos. Aun cuando muchas de sus ideas informaron la estrategia nazi, Rosenberg no consiguió el grado de poder que otros jerarcas más hábiles, como Goering o Goebbels consiguieron. Dado a querellarse por futesas y poco práctico, tendía a perder todas las peleas en las que se metía.

Su gran oportunidad llegó en 1941, con ocasión de la invasión de la URSS. El 17 de julio de ese año fue nombrado Ministro para los Territorios Ocupados del Este, con responsabilidad para los territorios que se le estaban conquistando a la URSS. Rosenberg se tomó el nombramiento como el niño que ve la mañana del día de Reyes que le han traído el juguete que anhelaba. Por fin le habían entregado un territorio de medio millón de kilómetros cuadrados y treinta millones de personas para que jugase con él y aplicase sus ideas.

Como era de esperar, Rosenberg puso en marcha una política de explotación masiva e impulsó el exterminio de judíos y comunistas en sus dominios. También, como era de esperar, fue un jefe chapucero e incompetente que gradualmente fue perdiendo competencias en favor de otros líderes nazis más hábiles. Tras su momento de gloria en la segunda mitad de 1941, Rosenberg fue volviendo progresivamente a la irrelevancia. Y allí se encontraba cuando fue capturado por los Aliados y enviado a Nuremberg.

Rosenberg y Goebbels fueron los únicos jerarcas nazis de los que nos han llegado los diarios. Los de Rosenberg cubren de 1934 a 1944 y los publicó Crítica hace unos pocos años.

El Rosenberg que emerge de los Diarios es un tipo egocéntrico y megalomaniaco, que está contentísimo de haberse conocido y está convencido de estar haciendo Historia. Sospecho que muchos de los desastres históricos que ha sufrido la Humanidad no se habrían producido si sus autores se hubiesen parado un momento a reflexionar que en un universo de 14.000 millones de años y millones de galaxias, lo que un pobre ser humano haga durante los setenta u ochenta años que se le han dado de vida, resulta bastante irrelevante en el orden de las cosas.

Su entrada del 14 de mayo de 1934, la primera del diario, ya indica por dónde van a ir los tiros: “En los últimos quince años no he escrito nunca un diario. Entretanto, han sucedido hechos de relevancia histórica que han caído en el olvido. Hoy nos encontramos inmersos en una nueva evolución que será decisiva para el futuro y en la que me siento especialmente involucrado en dos cuestiones: la lucha por Inglaterra y la imposición de nuestra concepción del mundo frente a todos nuestros enemigos”. He ahí a un tío que se siente importantísimo, irremplazable y amo del universo (el teclado más sabio hizo que en esta frase escribiera “ano del universo”; he estado tentado de mantener la errata). “Estoy pensando en reunir todos mis escritos y publicarlos. Al fin y al cabo se han convertido en parte de la historia alemana y, ahora que ha vencido Hitler, también de la historia del mundo, porque son la base permanente de cientos de miles de frases repetidas en los discursos que han desmoronado el marxismo y la democracia.” (23 de agosto de 1936).

Su gran oportunidad de hacer Historia y no de escribirla, le llegó con el nombramiento de Ministro para los Territorios Ocupados. Con su habitual modestia, el 20 de julio de 1941 escribe al respecto: “Se me había encomendado una tarea gigantesca, quizá la mayor que el Reich puede asignar, seguridad para los siglos venideros, hacer independiente a Europa de ultramar”. Lo de la independencia de Europa se refería a que con la explotación de los recursos que se robarían a los rusos, ya no haría falta robar recursos en las colonias ultramarinas. El 28 de diciembre de 1941 resume lo que han sido sus trabajos en los meses precedentes y lo que se advierte es un hombre que pasa de la gran estrategia a la microgestión en un suspiro. Más tarde, en una entrada de julio de 1942, empiezan a aparecer los problemas de competencias con Himmler y Ribbentrop. Rosenberg quería ejercer un poder absoluto en los territorios del este, mientras que otros líderes nazis se esforzaban por convertir al Ministerio del Este en una cáscara vacía.

En las referencias que hace a sus querellas con otros prohombres del nazismo, especialmente con Goebbels, se advierte que pocas veces conseguía llevarse el gato al agua. Gente como Goebbels que no aspiraba tanto a entrar en la Historia como a acumular poder y a follarse a todas las actrices que pudiera, le daba sopas con honda. Por cierto que una de las carácterísticas del régimen nazi que hablaba tanto de la unidad del pueblo, es que sus líderes estaban todos enfrentados unos con otros, cada uno intentando acumular las mayores parcelas de poder posible.

Las numerosas referencias en sus Diarios a su archienemigo Goebbels son risibles. Parece una riña de niños de colegio, “ya no te ajunto, hala”. Así, el 13 de julio de 1934 constata con satisfacción: “Como no podría ser de otra forma, el «discurso» de Goebbels acerca de los acontecimientos del 30 de junio [se refiere a la noche de los cuchillos largos, en la que Hitler aniquiló a la SA] ha causado una impresión catastrófica en todo el mundo.” Y añade: “Y es imposible hacer política exterior si solo se dispone de la propia vanidad”. Vaya quien fue a decirlo. Por cierto que otro que tampoco iba escaso de vanidad era el Ministro de AAEE a partir de 1938, Joachim Ribbentrop.

Ribbentrop es otro al que dirige dardos envenenados, pero un poco menos. Ribbentrop compartía con Rosenberg la misma vanidad y la misma falta de habilidad en las luchas internas del Partido. Los dos solían terminar en el bando perdedor. El 21 de mayo de 1939 escribe sobre él: “Es un tipo realmente idiota y con la arrogancia habitual.”

A Rosenberg le gustaba verse como un gran pensador, cuyas ideas estaban forjando el mundo del futuro. En varias ocasiones se refiere con orgullo a su obra “El mito del siglo XX” un refrito de teorías racistas que pueden resumirse en una frase: todo lo bueno viene de los arios y todo lo malo de los semitas. Hay partes del libro que directamente podrían pasar a una antología del humor como la que dice que Jesucristo era un ario cuyas enseñanzas fueron corrompidas por San Pablo. La Reforma luterana fue un sano intento de volver al espíritu ario original del cristianismo. El uso que hace Rosenberg del concepto “ario” me recuerda al de los fabricantes que ponen en sus productos ecológico: en cuanto le colocas esa etiqueta, todo cuela.

Ahora que hace décadas que nadie ha leído “El mito del siglo XX”, los siguientes comentarios del diario uno no sabe si dan más pena que risa: “Hay algo profundamente satisfactorio en el hecho de que personas de todos los países conozcan mi trabajo. Hace unos meses, en una velada de la APA, se dirigió a mí otro surafricano. Había aprendido alemán en seis meses y leía una y otra vez “El mito”. «Creo- me dijo- que dentro de mil años su obra seguirá viva. Para mí y para muchos se ha convertido en la nueva Biblia»” (10 de agosto de 1936). ¡Qué mala es la vanidad y qué estupideces nos lleva a decir! El 3 de diciembre de 1944, en la última entrada del diario, cuando al Reich le quedaba medio año de vida, aún tiene el humor de preocuparse por las traducciones de El mito a otros idiomas.

La apoteosis de la vanidad de Rosenberg se produjo el 20 de julio de 1937, en que le concedieron el Premio Nacional, lo que le dio pie a escribir una de las entradas más megalomaníacas de los Diarios: “Se me ha concedido el Premio Nacional (y soy la primera persona viva a la que se asigna esta condecoración). En el partido y en el extranjero han interpretado este hecho como un signo decisivo de estos días (…) Mi elaboración se ha convertido en el programa del Reich; mis «opiniones personales» son ya la base de toda la revolución del Führer (…) Ese Santo Padre que ha manifestado ante los peregrinos alemanes «con preocupación» que es horrible que alguien que ataca todo lo católico haya sido declarado «profeta del Reich» (…) [Hitler] me dijo: “Sólo usted es merecedor del primer premio del Reich. Usted es el hombre…””

Lo de “profeta del Reich” se le debió de subir a la cabeza. El 19 de enero de 1940 escribe con su modestia habitual: “Es un extraño sentimiento saber que progresivamente cientos de miles han vivido una revolución interior gracias a mis obras. Muchos han hallado en ellas paz interior y liberación, un nuevo sentido, pues el antiguo se había perdido.” No está mal, Rosenberg autor exitoso de libros de autoayuda antes de que el género existiese.

Como pensador, los Diarios muestran a un hombre bastante mediocre que, como todos los mediocres, gira todo su pensamiento en torno a tres o cuatro ideas fijas. Una de éstas ideas es el odio al cristianismo. Así se hace eco con satisfacción de que “en una parroquia de cuatro mil feligreses se tuvo que suspender la homilía 31 del año porque no había acudido ni una sola persona. A otras misas suelen ir entre quince y veinte fieles” (29 de mayo de 1934). El 28 de junio de 1934 constata con orgullo: “Evidentemente, la Iglesia está en pie de guerra contra mí.” Y el 19 de agosto de ese mismo año comenta: “Así pues, el «credo» niceno sigue avanzando hacia su ruina. Realmente, ha llegado el momento de acabar de una vez por todas con estas bobadas para que sea posible volver a respirar aire fresco europeo.” Lo que Rosenberg llamaba “aire fresco europeo” era la suerte de neopaganismo germánico que Himmler estaba intentando crear. Hasta los superhéroes de Marvel tienen más realidad que esos héroes germánicos resucitados. Rosenberg estaba convencido de que el nazismo había hecho que Roma se hallase “en medio de su combate más difícil de los últimos dos mil años.”

Su obsesión con el cristianismo era tal que en su entrada del 14 de diciembre de 1941 recoge que ese día y el anterior habló con el Führer preponderantemente sobre “el problema del cristianismo”. Por aquellos días se estaba produciendo la contraofensiva de invierno soviética, que sucedió al fracaso alemán en conquistar Moscú y a estos dos no se les ocurre nada mejor que ponerse a hablar del cristianismo.

Como era de esperar, el antisemitismo está presente en los Diarios, pero menos de lo que habría cabido esperar, sobre todo teniendo en cuenta que fue una constante en su vida y en su trabajo. “Sigo enfureciéndome cada vez que pienso en lo que ese pueblo parásito judío le ha hecho a Alemania” (23 de agosto de 1936).

Hay tantas cosas patéticas y risibles en Rosenberg, que uno no sabría cuál destacar más. Una de las más notables es su mezcla de fascinación, adulación y sometimiento a Hitler. El 14 de mayo de 1934 consigna cayéndosele la baba: “Finalmente el Führer me agradeció mi trabajo estrechándome varias veces la mano”. Evidentemente le encantaba que su señorito le pasara la manita por el lomo, como muestra esta entrada del 2 de agosto de 1934: “… añadió [Hitler]: «La mejor necrológica que se ha escrito sobre él [Hindenburg] es la que usted ha preparado, Rosenberg.” Más de lo mismo el 17 de septiembre de 1936: “… [Hitler] me comentó: «Sus dos discursos han sido realmente excelentes. Espero que el mío le guste.» Y me dio una palmadita en el hombro, sonriendo.” Creo que Hitler le tenía cogida la medida a Rosenberg y se aprovechaba. Sabía que no había más que tocarle un poco el ego para conseguir cualquier resultado: “[Hitler] aseguró que el trabajo contra el bolchevismo mundial debe ser la acción más importante y se declaró sorprendido por la superficialidad con la que se contempla este problema en el extranjero. Somos los únicos que lo hemos entendido. Y, entre nosotros, continuó, la persona que mejor lo conoce y lo domina soy yo. (20 de octubre de 1936)”

Llama la atención la casi total ausencia en los Diarios de alusiones a su vida personal. Tal vez lo único que contase para él fuesen su vanidad y el poder. Comentarios como los del 13 de septiembre de 190, en los que da cuenta de que ha ayudado a su hija con unos deberes de matemáticas terriblemente difíciles, sorprenden por lo raro.

En fin, que Rosenberg quiso escribr unos Diarios que reflejasen los pensamientos y las acciones de un Gran Hombre y, inadvertidamente, casi acabó escribiendo una obra maestra de la literatura humorística.

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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