Cuando el vacío está lleno de cosas

Publicado por el 19/08/2018

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Una de las escuelas filosóficas más intrincadas es la madhyamaka del budismo mahayana. Cuando una escuela se define como absolutista y convierte el Vacío en el eje de su reflexión, sabes que tienes un problema. Los madhyamikas, por su parte, tampoco ayudan. Una afirmación estándar suya sería, por ejemplo: “Ni de sí misma, ni de otro, ni de ambos [sí misma y otro], ni sin causa: nunca de ninguna manera hay nada que haya surgido” (Nagarjuna en el “Mulamadhyamakakarika”). Dicho de otro modo, su postura habitual al considerar cualquier fenómeno suele ser la de negar que sea, que no sea, que sea y no sea simultáneamente, y que ni no sea ni no no sea a la vez. Entonces, ¿qué nos queda? La gallina.

Eran unos grandes dialécticos a los que divertía reducir al absurdo las posiciones de los contrarios para demostrar que, en última instancia, eran insostenibles porque llevaban a consecuencias absurdas. Eran los camorristas de la filosofía que sembaron de bombas fétidas todo el panorama filosófico de la India de su tiempo. Sin embargo, no se preocuparon por explicitar claramente qué era lo que defendían. Cuando defiendes como la última realidad un Vacío del que no puedes decir nada, no se lo estás dejando muy fácil a los estudiantes de filosofía.

El libro más esclarecedor que he encontrado sobre esta escuela data de hace más de sesenta años y es obra de T.R.V. Murti. Posiblemente haya obras posteriores que lo hayan superado, pero dudo que sean igual de claras.

Murti comienza exponiendo el origen y la Historia de los madhyamikas. El mahayana había introducido tres grandes diferencias con respecto al budismo theravada precedente. La primera era la concepción de un Buda supramundano que era al mismo tiempo la esencia de los seres, su naturaleza real. Se diría que el budismo theravada era demasiado desnudo, abstracto y ateo y que los fieles necesitaban un Absoluto más personal, vamos que el mahayana de alguna manera vino a redescubrir el Dios personal monoteísta. La segunda era la configuración de un nuevo ideal espiritual, el del bodhisattva. Ya no bastaba con liberarse a sí mismo y entrar uno solo en el nirvana y hacerles una higa al resto de los seres, diciéndoles “ahí os quedáis, que os den”. El bodhisattva renuncia a entrar en el nirvana en tanto no hayan entrado en él todos los demás seres. Convierte la salvación de los demás seres en su razón de ser, en su objetivo último. La tercera gran diferencia requiere un punto especial.

El budismo theravada negaba la existencia de un yo. El yo es una ficción, tan sólo la etiqueta que les ponemos a un conjunto de elementos y que creemos que, por haberles puesto esa etiqueta ya tienen existencia real. Mientras que el yo carece de existencia real, los dharmas, los ladrillos constitutivos de la realidad sí que tienen existencia. Los mahayanas replican a esto que va a ser que no, que de qué los dharmas van a tener existencia. Aquí o todos o ninguno y más bien va a ser que ninguno. Lo que hay es el Vacío.

Y es en este contexto que hacia el 150 d.C. Nagarjuna fundó la escuela madhyamaka, a cuya consolidación contribuiría decisivamente su discípulo Aryadeva. Nagarjuna defendía que su posición era la intermedia (de ahí el nombre de la escuela, que viene a significar “los de en medio”) entre quienes afirman que todo existe realmente y quienes niegan la existencia de las cosas.

Hacia el siglo V, la escuela se dividió en dos. Por un lado estaba Buddhapalita, que decía que la esencia del método madhyamaka consistía en la reducción al absurdo de las posiciones de los contrarios. El verdadero madhyamika no se rebaja a defender una postura. Esta es la escuela madhyamaka prasangika. Un poco más tarde, Bhavaviveka dijo que Buddhapalita se había pasado siete pueblos, que cómo uno va a limitarse a reducir al absurdo las posiciones de los demás, que algo habrá que afirmar. Así surgieron los madhyamika svatantrika.

Unos dos siglos después Candrakirti refutó a Bhavaviveka, diciendo que se había pasado de frenada, y reafirmó los principios de la escuela prasangika, que quedó consagrada como la escuela fetén del madhyamaka.

Un problema con esta descripción histórica, que no apunta Murti, es que nos viene a través de eruditos tibetanos que vivieron varios siglos después y que es posible que nos hayan transmitido cómo veían ellos el desarrollo de la escuela madhyamaka, no la realidad. De hecho, dos dudas que pueden formularse sobre esta narración histórica son: 1) ¿Realmente hubo una división tan neta en dos escuelas, la prasangika y la svatantrika?; 2) ¿Fue tan importante Candrakirti?

Son de apreciar los huevos de Murti, cuando trata de esclarecer lo que es ese Vacío que es el eje de la filosofía madhyamaka. La metodología madhyamaka tiene algo de terapia. Busca desembarazar la mente de todo tipo de etiquetas. El Absoluto sólo se alcanza una vez que uno ha renunciado a todas las opiniones. La diferencia con el simple nihilismo es que éste afirma que nada es. El madhyamika ni tan siquiera acepta esa afirmación. No hay nada que afirmar. No es la razón la que llega al Absoluto, sino la intuición no-dual.

La realidad es el Vacío, que es indeterminado, trasciende al pensamiento y es no-dual. Es lo único real, porque es lo único que existe por sí mismo, es lo único que no necesita para existir ser parte de un haz de relaciones ubicado en el espacio-tiempo. No se puede decir nada de él; por ello no es accesible a la razón. Podemos llegar a él cuando quitamos las etiquetas de las apariencias, cuando dejamos los fenómenos al desnudo.

Una manera errónea de entender la filosofía madhyamaka ha sido la de creer que Vacío = no existencia. El error parte tanto del nombre escogido (es muy fácil pensar que con el Vacío los madhyamikas querían decir la nada; si no hubiesen llamado García, otro gallo habría cantado) como de la negativa de los madhyamikas a decir nada o a determinar las cualidades del Vacío. El Vacío existe y está libre de cualesquiera etiquetas que nuestra mente limitada le pueda poner.

Y paro, que ya le he dedicado dos párrafos al Vacío, lo que es demasiado teniendo en cuenta que es inefable.

 

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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