Examen de ingenios

Publicado por el 09/08/2018

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Cuando los poderes creativos empiezan a menguar, es el momento de escribir memorias y demás revisitaciones del pasado. Esto es lo que ha hecho José Manuel Caballero Bonald con “Examen de ingenios”, un centenar de breves retratos de escritores y artistas a los que ha conocido a lo largo de su vida.

Es un libro bastante decepcionante. Los retratos a menudo consisten en cuatro pinceladas desvaídas, que lo mismo sirven para Baroja que para Camilo José Cela. “… un octogenario trémulo y afable que intentaba solapar la tristeza con la amabilidad, el desencanto con la templanza (…) Tenía la mirada noble y húmeda y como castigada por la costumbre de mirar a los lejos sin ver más que un terreno baldío”. La descripción es hermosa, pero tiene algo de general. Se podría aplicar a tantos octogenarios… En este caso concreto se aplica a León Felipe.

A veces los retratos incluyen el dato irrelevante que casi huele a chisme de portería. “Oliart tiene una hija lindísima, Isabel, de la que todos estábamos más o menos prendados. Esta Isabel se juntó con Joaquín Sabina y formaban una pareja bastante animada y con ficticia apariencia de estable.”

Muchos de los retratos incluyen anécdotas que Caballero Bonald vivió con los retratados. Son anécdotas apenas esbozadas, como si al autor le hubiera aburrido adentrarse en los detalles y hacérselas vivas al lector. En general son anécdotas anodinas, que dan ganas de preguntar al autor: ¿y eso es todo? ¿seguro que no hay nada más? Un ejemplo:

“… En cierta ocasión nos enzarzamos en una disputa sin motivo aparente y con visos de irreconciliable, atribuible tal vez a que aquél fue un día aciago. Esa misma mañana había muerto Ignacio Aldecoa y, a primera hora de la tarde, [Antonio] Gala y yo nos personamos en su casa- en el paseo de la Florida- y estuvimos acompañando un buen rato a Josefina, su viuda, cuya silente compostura tampoco podía contrarrestar la aflicción. Sea como fuere, salimos del velatorio con el ánimo muy menoscabado o muy predispuesto para las intemperancias gratuitas”.

La anécdota está contada con tan poca gracia que me sobra saber que fueron a primera hora, que el finado vivía en el paseo de la Florida y que la viuda tenía una silente compostura. En realidad me sobra toda la anécdota.

De lo poco interesante del libro son algunos de los juicios literarios de Caballero Bonald sobre los personajes. “… la aparición de Don de la ebriedad fue sin duda un hecho de repentina singularidad: el don de la poesía aplicado a la idea platónica de la ebrietas, de la iluminación, ese trayecto hacia la claridad que había programado el propio Claudio Rodríguez y que se asocia en todo momento a una fértil indagación en los enigmas de que se nutre normalmente la realidad. Todos sus restantes libros de madurez dependen un poco del que escribió siendo casi un adolescente.” Éste y otros juicios literarios de Caballero Bonald me gustan realmente. Pero estoy haciendo trampa porque al lado de juicios tan claros y esclarecedores como el que acabo de sacar a colación, hay otros, -la mayoría-, de un barroquismo que da mas náuseas que información.

Paradiso ha merecido toda clase de asedios críticos a cuenta de su condición de antinovela, de su irracionalismo palmario, de sus retóricas controversias con la realidad. Todo eso quizá pueda ser cierto, no estoy seguro, pero lo que de veras importa en este caso es la excepcional voluntad creadora de Lezama, su promulgación de un «sistema poético» que trasciende los cánones barrocos al uso y asume un tratamiento artístico de la realidad absolutamente seductor, regido por una especie de verbalización proyectada en un entramado minotógico. Por ahí, por esa selva virgen del texto, puede uno internarse sabiendo que lo aguardan frecuentes extravíos, pero también copiosos deslumbramientos. Las pérdidas posibles se compensan con los repentinos hallazgos.” Puede que esta forma de hacer crítica sea brillante y luminosa y sea yo que no me doy cuenta, pero me quedo con la crítica cinematográfica que solía hacer el Pirri, un actor que provenía de un barrio marginal y que salía en un viejo programa de Fernando García Tola, y cuyos juicios solían ser “mola/no mola”.

Por si lo anterior no bastase para crear un texto vagamente irritante, a Caballero Bonald le encanta rematar los retratos con alguna frase lapidaria y llena de significado. Sobre Jesús Aguirre: “… Al final optó por frecuentar los atractivos turbios de la noche, con lo que se fue desmantelando lo que le quedaba de vida. Ignoro si los síntomas externos de sus triunfos le supusieron algo más que un fracaso interiorizado. Mejor nos quedamos con la duda.” Sobre Manuel Agujetas: “…Aquella esforzada pelea gestual y verbal por mantener el cante a una máxima temperatura de fragua, simbolizaba un hecho artístico complejo y tortuoso. Pero allí, en la forma de cantar de aquel hombre primario y extravagante, estaba implícita toda la difícil belleza del flamenco. También sería una temeridad defender lo contrario.”

En fin, se trata de una de esas obras que por piedad sus albaceas testamentarios deberían borrar de la antología definitiva que algún día se haga de su obra.

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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