El imperio contraataca (2)

Publicado por el 19/07/2018

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Para Kumar, lo más notable del imperio ruso es que de ruso tenía únicamente el nombre. El Gran Cisma a mediados del siglo XVII entre los reformistas liderados por el patriarca Nikon y los denominados “viejos creyentes” marcaría el retroceso de la identidad rusa del Imperio. Las reformas iban en el sentido de imitar los modelos de la iglesia bizantina y se relacionaban con los crecientes vientos imperiales que agitaban al Imperio. Como ocurría con otros imperios, el ruso empezaba a verse más en términos de misión imperial universal, que en términos particularistas rusos. Los “viejos creyentes” en el fondo querían retroceder el reloj de la Historia y que el estado recuperase las tradiciones específicamente rusas.

Pedro I el Grande fue, después de Ivan IV el Terrible, el gran constructor del Imperio ruso. Pedro I el Grande buscó acercar a Rusia a Occidente e introdujo un cierto menosprecio de las tradiciones rusas. Aunque el proceso venía de antes, con Pedro I la administración del Imperio se volvió más universal; no sólo no era necesario ser de origen ruso para subir en la Administración, sino que los extranjeros occidentales eran bienvenidos a condición de que aportaran saberes técnicos. Algunos ejemplos: entre finales del siglo XVIII y finales del XIX entre el 18% y el 33% del alto funcionariado era alemán, siendo su presencia especialmente destacada en el Ministerio de Asuntos Exteriores; entre 1812 y 1917 sólo hubo 12 años en los que el Embajador ruso en Londres no fuera un báltico; el héroe de las guerras napoleónicas Bragation era georgiano y el conquistador de Asia Central, von Kaufman, era un alemán de las provincias bálticas; el gran general del siglo XVIII Alexander Suvorov era de ascendencia sueca. Los zares rusos tendían a buscar en Alemania a sus cónyuges. Los idiomas de la corte y de la aristocracia eran el alemán y, sobre todo, el francés.

La tendencia a dejar de lado lo ruso continuaría durante el imperio soviético. Las distintas constituciones soviéticas presentaron a la URSS como una federación de nacionalidades, en la que la rusa era una más. La URSS permitió e incluso fomentó el desarrollo de las nacionalidades en la creencia de que de esta manera se contrarrestaba la cultura burguesa y que se les ayudaba a avanzar hacia la etapa final en la que se habría construido una cultura proletaria en el fondo, aunque nacional en cuanto a la forma.

Irónicamente, aunque la rusa era la principal nacionalidad del Imperio soviético, a nivel nacional era la más desatendida. No existía un Partido Comunista Ruso, cuando el resto de las repúblicas sí que tenían sus partidos comunistas. Tampoco había un Ministerio ruso de AAEE, ni una Academia de ciencias rusa, ni una televisión rusa… Los rusos podían ser el núcleo vertebrador de la URSS, pero el ciudadano ruso de a pie podía decir con acierto que la nacionalidad rusa era la que menos privilegios tenía. En un proceso que ha ocurrido en otros imperios, cuando la etnia mayoritaria reivindica que el Imperio represente realmente su cultura, el Imperio, una construcción universalista, explota. Cuando en 1991 la República Federativa Socialista Rusa exigió convertirse en un Estado-nación al uso, la URSS desapareció.

Con respecto al Imperio británico, Kumar utiliza con profusión una frase de Sir John Seely en 1883: “da la sensación de que hemos conquistado y poblado medio mundo en un arranque de despiste.” Bill Nasson lo corrobora, afirmando que el Imperio británico es “una creación peculiar por mutilada, que parece haber sido creada por accidente a partir de franjas dispares del planeta” y añade que “carece cualquier patrón coherente típico de la construcción coordinada de un imperio”.

Creo que esa excepcionalidad que le atribuye Kumar habría que matizarla un tanto. El Imperio británico se extendió a menudo de manera anárquica, llevado generalmente por los intereses de los comerciantes locales. Por ejemplo, fueron los comerciantes de Rangún los que más empujaron para que hubiera una tercera guerra anglo-birmana y el Imperio se anexionara lo que quedaba del reino birmano. Pero algo parecido ocurrió en el imperio español, donde a menudo la Corona se limitó a sancionar las iniciativas que ya habían adoptado los conquistadores sobre el terreno.

Incluso si es cierto que a veces el Imperio britanico se vio envuelto en áreas geográficas en las que inicialmente no había pensado inmiscuirse, sí que es posible encontrar una gran estrategia que orientó en buena medida su expansión. Esa gran estrategia pasaba por garantizar la seguridad y las comunicaciones entre la India, que era la joya de la Corona, y Gran Bretaña. Así las dos guerras anglo-afghanas hay que verlas en el contexto de la necesidad de proteger la frontera noroccidental de la India y de evitar la intrusión de los rusos. La compra de las acciones del Canal de Suez y la subsiguiente conquista de Egipto se explican por el deseo de controlar el Canal de Suez, que ofrecía la conexión más directa con la India. La apropiación de la colonia holandesa de Ciudad del Cabo en el marco de las guerras napoleónicas, también puede verse como un deseo de asegurarse de un punto clave en la travesía entre Gran Bretaña y la India antes de la construcción del Canal de Suez. Finalmente, la adquisición de los mandatos de Iraq, Jordania y Palestina le ofreció otra vía de comunicación con la India, en esta ocasión aérea. Con el estado de la aviación en los años 20, ahora era posible ir de la India a Londres saltando de base aérea británica a base aérea británica.

Otro importantísimo acicate para la construcción imperial era la búsqueda de mercados y proveedores. Pero para conseguir esto, el Imperio británico recurrió a una mezcla de imperio formal e informal. El primero era más costoso y, por ello, cuando el criterio esencial era el económico, podía resultar preferible el imperio informal. La economía argentina estaba en buena medida infeudada a la británica, pero no hacía falta ir más allá políticamente. Con un cierto grado de control económico bastaba. El mercado chino era muy atractivo, pero no hacía falta embarcarse en la ardua tarea de conquistar una provincia china. El puerto de Hong Kong y los tratados desiguales les bastaban a los comerciantes británicos.

En lo que sí se le puede dar la razón a Kumar es en que administrativamente el Imperio era parecido a un ornitorrinco. Comprendía colonias de poblamiento blanco con un gran régimen de autogobierno, como Canadá o Australia, protectorados como el de Egipto, que eso es lo que era en todo, menos en el nombre, bases militares como Gibraltar, y hasta un condominio en Nuevas Hébridas. Realmente los portugueses, españoles, holandeses y franceses sí que procuraron que sus imperios fueran algo más homogéneos administrativamente hablando.

Otra cuestión sobre la que Kumar rompé clichés es la de la fecha de inicio del declive del Imperio británico. Hay quienes la colocan en la muerte de la reina Victoria en 1897 o en la guerra de los boers (1899-1902). Una inmensa mayoría, yo incluido, cree que la fecha clave es 1918, el final de la I Guerra Mundial.

Kumar comienza contando cómo en las primeras décadas del siglo XX una serie de imperialistas llevaron a cabo campañas didácticas para promover entre la población el conocimiento del imperio y los valores que defendía. Hasta entonces, según Kumar, el grueso de la población inglesa había vivido de espaldas al imperio. Lejos de ser unos años de declive, la popularidad del Imperio entre la población fue mayor que nunca. Además la población británica se hizo consciente de que había sido el Imperio el que había salvado a Gran Bretaña en la I Guerra Mundial. Había sido una guerra imperial, en la que todos los territorios del Imperio habían aunado sus fuerzas. Además la guerra había ampliado el Imperio, con la incorporación de nuevos territorios en África, Oriente Medio y Oceanía.

Tras la I Guerra Mundial hubo una mayor integración económica y comercial del Imperio. En la segunda mitad de la década de los 30, el 41,3% de las exportaciones británicas fueron al Imperio y otro tanto de sus importaciones provino del Imperio. En la década de los 30, dos quintas partes de las inversiones británicas se dirigían al Imperio. Las cuatro quintas partes de los emigrantes británicos se trasladaban a alguno de los territorios británicos.

La Conferencia Imperial de 1926 y el Informe Balfour que se presentó en ella son un ejemplo de la confianza de los decisores políticos británicos de que la interdependencia cultural, económica y estratégica frenarían el paso a cualesquiera nacionalismos que pudieran intentar romper el Imperio.

En esta visión idílica, Kumar minimiza el creciente malestar indio y la fuerza en progreso del Partido del Congreso. Tampoco hay ninguna mención a la matanza de Amritsar de 1919, que cambió la perspectiva de muchos indios con respecto al Imperio. De alguna manera Kumar se contradice, al mencionar las reformas de 1919 y 1935 para permitir una mayor participación de los indios en el gobierno de la India. Las reformas no se debieron únicamente a la generosidad británica. Más bien lo que las motivó fue la necesidad de dar satisfacción a un nacionalismo indio cada vez más frustrado. Puede que en el resto del Imperio la década de los 30 fuera maravillosa y no mostrase señales de declive, pero la India era otra cuestión. Además, a nadie se le escapaba que si la India se iba, el Imperio perdería una pieza estratégica clave e irreemplazable.

Kumar afirma que la II Guerra Mundial fue el apogeo del Imperio. Todo el Imperio se aunó para combatir a las potencias del Eje. El propio Churchill afirmó con rotundidad que uno de los principales objetivos de la contienda era la preservación del Imperio. Y sin embargo, en 1947 la India y Pakistán se hicieron independientes y al año siguiente Birmania siguió sus pasos. En los siguientes veinticinco años el resto del Imperio se disolvería. En mi opinión, con su empeño en retrasar la fecha del declive del Imperio, Kumar no consigue explicar satisfactoriamente su rápida disolución tras la II Guerra Mundial.

Finalmente, está la descripción del Imperio francés. Aquí no me he encontrado nada que me sorprendiera. Será que los franceses son bastante predecibles.

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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