Los físicos son los nuevos filósofos

Publicado por el 14/06/2018

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La filosofía nació cuando a algunos pensadores no les bastó con los mitos sobre la creación del universo y trataron de responder a la pregunta de “¿de dónde venimos?” haciendo uso de la razón. Desde que Anaxímenes de Mileto defendió hace 2.400 años que el origen de todo era el aire, ha llovido mucho y ya nadie espera que la respuesta sobre el origen de todo venga de los filósofos. Ahora miramos a los físicos.

“El tejido del cosmos. Espacio, tiempo y la textura de la realidad” de Brian Greene es un libro que aborda las grandes cuestiones del espacio, el tiempo, su origen y la naturaleza de la realidad y que suscita el tipo de preguntas que antes suscitaban los buenos libros de filosofía. La propia introducción del libro parece más escrita por un filósofo que por un físico: “… ¿qué es la realidad? Nosotros los seres humanos sólo tenemos acceso a las experiencias interiores de percepción y pensamiento, así que ¿cómo podemos estar seguros de que verdaderamente reflejan un mundo externo?”

Greene comienza con la cuestión de la mecánica cuántica y los intentos de hallar una síntesis entre la mecánica cuántica, que explica muy bien los procesos que se dan en el mundo de lo extraordinariamente pequeño con las ecuaciones de la relatividad, que funcionan perfectamente a nivel macroscópico. La mecánica cuántica nos ha descubierto un universo extrañísimo donde un gato puede estar vivo y muerto a la vez y dos partículas que han tenido un mismo origen permanecen vinculadas a pesar de la distancia. Sí, la mecánica cuántica es el sueño de cualquier autor new age de libros de autoayuda.

Greene recuerda que nosotros somos compuestos de trillones de partículas, con lo que los efectos cuánticos se cancelan y queda el promedio. En el mundo de todos los días lo que funciona es la física newtoniana de todos los días. Si estás en un árbol y se rompe la rama, te partes la cabeza y no te encuentras en una situación en la que a la vez tienes la cabeza partida e intacta. Y si te montas en una nave espacial para viajar a Próxima Centauri, la física newtoniana deja paso a la teoría de la relatividad. Así que cada teoría en su área y la fuerza gravitatoria en la de todas (mi madre habría dicho “y Dios en la de todos”, pero los libros de cosmología no suelen traer muchas referencias a Dios).

Un tema al que Greene le dedica bastante tiempo es al de la flecha del tiempo. Una peculiaridad de las ecuaciones matemáticas es que les resulta indiferente la dirección que siga la flecha del tiempo. Pero en nuestra vida diaria lo que vemos es que la flecha del tiempo siempre sigue el mismo recorrido: del pasado al futuro, de un escenario de baja entropía a otro de alta entropía.

Greene presenta una posible imagen del tiempo bastante inusual. Imaginémonos todo el tiempo como una gigantesca barra de pan. Cada rebanada sería una porción de tiempo. Un astronauta que viajase a una velocidad próxima a la de la luz, estaría cortando la barra de pan oblicuamente con respecto a mí, que me he quedado en la tierra. Así, mientras que yo estoy cortando las rebanadas del 14 de junio de 2018 y del 15 de junio de 2018, él, que, pongamos que salió de la tierra el 1 de enero de 2000, en ese momento estará tal vez cortando las rebanadas del 7 de abril de 2005 y del 8 de abril de 2005.

Esta visión del tiempo tiene algunas implicaciones curiosas. Una es que en lugar de concebir el tiempo como un río que fluye, deberíamos compararlo con una película que está siendo proyectada. Cada fotograma es una rebanada del tiempo. Cada fotograma es independiente del anterior y es la velocidad a la que son proyectados la que nos crea una sensación de movimiento ininterrumpido. Esto va acompañado de la idea de que ni el tiempo ni el espacio son infinitamente divisibles. Posiblemente haya un límite más allá del cuál ni tiempo ni espacio se puedan fraccionar. En el caso del tiempo sería el denominado tiempo de Planck, equivalente a 10 elevado a menos 43 segundos.

Otra cuestión que suscita esta visión del tiempo es si los acontecimientos son inalterables, si las rebanadas ya están cortadas y listas para servir, tanto las de este momento preciso como las correspondientes al 3.000.916 después de Cristo. Veamos, para el astronauta que se desplaza a la velocidad próxima a la de la luz, hoy es el 7 de abril de 2005 y para mí es el 14 de junio de 2018. Su presente (7 de abril de 2005) y mi presente (14 de junio de 2018), que es su futuro, coexisten. Si el momento del tiempo en el que vivimos depende de la velocidad a la que nos estemos desplazando por el universo, eso parecería indicar que la barra de pan ha existido todo el tiempo y que el futuro es tan real como el pasado, igual que en el rollo de película el minuto 36 es tan real y existente como el 20 que estamos viendo en este instante. Esto implicaría que el futuro ya existe, con independencia de lo que hagamos hoy y que el libre albedrío sería la sensación subjetiva interna de que podemos modificar los acontecimientos para que nos lleven al futuro que queremos.

Al final del libro Greene se hace varias preguntas que la física tiene aún que responder y hay una sobre la que me quiero detener: ¿son el espacio y el tiempo conceptos fundamentales? Para muchos pensadores el tiempo y, sobre todo, el espacio son conceptos absolutos e incuestionables, el telón de fondo imprescindible sobre el que todo lo demás acontece. Pero, ¿y si no fuera así?

Una gota de agua, si se analiza, es un conjunto de átomos de hidrógeno y oxígeno, los cuales a su vez son el producto de partículas todavía más pequeñas. La gota de agua es real en nuestro mundo newtoniano, pero el hecho de que sea analizable en componentes más pequeños indica que no podríamos basar en ella una explicación del universo y que una explicación de la naturaleza del universo no requiere de la existencia de gotas del agua. Tal vez ocurra lo mismo con el espacio y con el tiempo.

La estructura microscópica del espacio-tiempo está rizada de ondulaciones cuánticas. Lo que percibimos en la vida diaria es el promedio de las mismas. Es lo mismo que con los píxeles de una fotografía: percibimos la fotografía, no los píxeles que la componen. Asimismo, el hecho de que a partir de una escala (el espacio de Planck y el tiempo de Planck) el espacio y el tiempo ya no sean divisibles, indicaría que existe una partícula fundamental aún no descubierta, que es la que genera el espacio-tiempo.

Me he enrollado con la cuestión del tiempo que a Greene le interesa especialmente y a mí también, pero el libro aborda muchísimos más temas que serían demasiado largos de abordar en esta breve reseña. Por ejemplo: la teoría inflacionaria, el campo de Higgs, la posibilidad de que haya 7 dimensiones espaciales más que estén enrolladas en el mundo de lo ultramicroscópico, la hipotesis de que el universo seria un holograma gigantesco, la teoría de cuerdas, la posibilidad de que estemos viviendo en una suerte de membrana y de que el universo sea cíclico… En fin, un libro apasionante, pero no del tipo que te llevarías a la playa.

 

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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