La novela de una nación

Publicado por el 26/05/2018

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No me gustan las novelas con mensaje, porque al final el mensaje se come a la novela. Así puede imaginarse que no me gustó nada “Viajero. Una novela filipina” del filipino F. Sionil José. En esta novela Sionil pretende reflexionar sobre el ser filipino y la Historia de su país. El resultado es una novela de cartón piedra donde más que personajes tenemos a símbolos de la filipinidad. Aunque literariamente sea mediocre, admiro la valentía de lo que Sionil ha tratado de hacer en esta novela. Es más, si la leo con ojos de historiador y sociólogo, hasta me gusta.

De alguna manera la novela se inscribe en la preocupación que Sionil ha sentido siempre por la Historia, la memoria y la identidad. “La Historia es importante. Los escritores son importantes en el sentido de que nos dan el conocimiento de nuestra Historia- el periodismo es Historia acelerada y la literatura Historia vivida. Los escritores refuerzan la memoria- no hay nación si no hay memoria.”

La novela arranca con un prefacio en el que un coronel de inteligencia afirma que nunca tuvieron la intención de matar al protagonista, Salvador dela Raza (el nombre además de ser una cursilada es toda una declaración de intenciones), que murió cuando su casa se incendió accidentalmente, en el transcurso de una operación para capturarle. Cuando el fuego se hubo extinguido, entre sus restos encontraron una caja de seguridad en cuyo interior estaban las memorias de Salvador, que llevaban por título “Viajero”.

El libro se estructura en capítulos alternados, de los que unos son el relato que Salvador hace de su vida y los otros son testimonios de filipinos de distintas épocas, que, con sus palabras, van presentando lo que ha significado ser filipino a través de la Historia. El primer testimonio es el de un datu, un líder tribal, anterior a la llegada de los españoles; el último el de un ex-guerrillero antijaponés, convertido tras la II Guerra Mundial en guerrillero comunista. Entre medias, nos hablan, entre otros, Enrique, el intérprete y esclavo malayo que acompañó a Magallanes en su gesta, uno de los primeros filipinos que se fue a trabajar a EEUU, y Artemio Ricarte, que se negó a aceptar la derrota en la guerra filipino-norteamericana y acabó muriendo en la Filipinas ocupada por los japoneses. Todo un retablo de imágenes que reflejan la Historia de Filipinas.

El problema con la parte del libro que trata de la vida de Salvador es que Salvador no deja de ser un símbolo y resulta muy difícil identificarse con los símbolos. Podría decirse que Salvador es tan símbolo que no viene de ninguna parte: sus primeros recuerdos son los de una matanza perpetrada por los japoneses a la que sobrevivió. Salvador es apadrinado por un capitán afro-americano que se lo lleva a EEUU. Dado que todo en la novela es simbólico, me pregunto si el hecho de que sea educado en EEUU no quiere aludir a la importancia formativa que tuvieron los cuarenta años del dominio norteamericano. También me parece interesante que Salvador, alguien que se va a mover siempre en los márgenes y que nunca va a pertenecer realmente a ningún sitio, sea rescatado y apadrinado por un afro-americano, alguien que en su propia sociedad está marginado. La novela precisamente se centra en las masas, en las no-élites, en los marginados.

La infancia y la adolescencia de Salvador son un continuo cuestionarse por su identidad y el sentir progresivamente que más allá de los avatares su verdadero ser es filipino. Al igual que Rizal casi cien años antes, Salvador se embarca en un viaje a Europa y a España para hacer un doctorado sobre el nacionalismo revolucionario en Filipinas y en México. Sus estudios y sus relaciones en España le harán reflexionar sobre lo que aportó España a Filipinas y puedo decir que su juicio no es demasiado positivo. Pero tampoco los mestizos que sucedieron a los españoles en el control de Filipinas salen mucho mejor parados.

“¿Cómo se formó esta personalidad española enana y enrevesada? ¿de dónde vino su impulso autoritario? (…) Las élites de una nación colonizada normalmente heredan los vicios- no las virtudes- del colonizador, y este tópico era ahora patentemente evidente en las élites de las ex-colonias españolas, también en Filipinas, donde el poder estaba en su mayor parte en manos de los mestizos, que a su vez discriminaban y miraban por encima del hombro a la población nativa. Pero los indios, Buddy [Salvador] estaba convencido, eran víctimas voluntarias mucho después de que el conquistador se hubiera ido, y el legado de crueldad e intolerancia todavía prevalecía…”

Terminada su tesis, Salvador marcha a Japón. Cómo no puedo dejar de pensar que todo en la novela es símbolo de algo, pienso si el viaje no tiene que ver con seguir la ruta de algunos nacionalistas filipinos que pensaron que Japon debía ser su modelo a la hora de construir la nueva patria. El país que Artemio Ricarte escogió para exiliarse, en la esperanza de que algún día le ayudara a construir una Filipinas realmente independiente. Japón, además, de eso, es otro lugar en el que estudiar la diáspora filipina.

De allí regresa a EEUU y se encuentra con el opositor exiliado Benigno Aquino, lo que evidentemente da pie a algunas reflexiones adicionales sobre Filipinas. Me parecen muy interesantes algunas reflexiones que Sionil pone en boca de Aquino: “Ahora sé porqué esa revolución fracasó [se refiere al movimiento liderado por Emilio Aguinaldo]. Pero incluso si los americanos no hubieran venido… como tú, dudo mucho, también, que hubiera triunfado, infiltrada como estaba por los ilustrados ricos (…) Nuestras instituciones son muy débiles. Una rebelión contra Marcos será lo suficientemente fácil- pero la destrucción de la oligarquía después de Marcos… eso será mucho más difícil.”

Tras el asesinato de Aquino, Salvador regresa a Filipinas con una lista de nombres y direcciones que le dio Aquino, decidido a implicarse. De alguna manera Sionil establece un paralelismo entre la decisión de Salvador de regresar a Filipinas y la que tomó en su día Rizal. Comparándole con otros héroes filipinos, a Salvador le fascina que Rizal volvió sin expectativas algunas de poder, a diferencia de Aquino, y con la convicción de que la lucha por la independencia de Filipinas tenía que hacerse en las islas, no en España. En contraste, otro ilustrado, Marcelo H. Del Pilar, se quedó en España, donde irónicamente murió de tuberculosis pocos meses antes de que Rizal fuese fusilado por las autoridades españolas. Sionil encuentra el sacrificio de Rizal mucho más elevado.

A medida que Salvador se mueve por Filipinas, cada vez conecta más con las masas populares y opta por trasladarse al campo. Yo diría que, sin darse cuenta, Sionil aquí retoma el viejo tema literario de la alabanza de la aldea, de que la vida en el campo es más pura y natural que la vida en la ciudad. Es ahí en medio del pueblo filipino, que acabará encontrando la muerte. Uno podría pensar que hasta en su muerte hay un remedo de la vida de Rizal. Rizal regresó a Filipinas para ser exiliado en la población rural de Dapitan.

Tal vez literariamente tenga muchos flecos, pero es la novela que debería leer quien quiera que quiera comprender cómo son los filipinos.

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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