Una embajada birmana en la Europa del siglo XIX

Publicado por el 24/05/2018

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En la década de los 70 del siglo XIX, la situación del reino birmano era desesperada. En el transcurso de dos guerras (1824-1826 y 1852) el imperio británico le había arrebatado todas sus provincias costeras y le había convertido en un estado enclaustrado cuyo comercio tenía que pasar necesariamente por territorio británico. La conquista británica del sur ricícola había hecho que el reino apenas fuera autosuficiente en la producción de arroz. Los ingresos del Estado habían disminuído y con ellos su capacidad de financiar unas fuerzas de seguridad modernas que le permitieran controlar adecuadamente su territorio. Había amplias zonas del país que el Rey apenas controlaba, bien por la presencia de bandidos, bien por la presencia de minorías étnicas levantiscas que defendían su independencia a muerte.

El Rey Mindon (1852-1878) era consciente de que su reino necesitaba modernizarse y adoptar las tecnologías occidentales. Asimismo era consciente de que había que llevarse bien con los británicos sí o sí. Dos derrotas aplastantes en treinta años habían demostrado que la atrasada Birmania no era rival para ellos.

Desde la segunda guerra anglo-birmana el status de Birmania era un poco equívoco. Sus relaciones con el Imperio británico las conducía a través del Virrey inglés en la India. En Londres el departamento encargado de las relaciones con Birmania era la Oficina de la India, no el Ministerio de Asuntos Exteriores. Todo esto implicaba que Londres veía a Birmania como a un principado indio más, con una capacidad limitada para conducir por sí mismo sus propias relaciones exteriores.

En 1872 el Rey Mindon mandó una embajada a Europa. El objetivo era doble. Primero se trataba de estudiar la tecnología occidental y de traerse alguna maquinaria fabril a Birmania. Segundo, y más importante, se trata de demostrar al mundo que Birmania era un país independiente y capaz de mantener relaciones internacionales en pie de igualdad con el resto de los Estados.

Asian Portraits ha publicado el diario de la embajada, que va del 2 de marzo de 1872 al 2 de mayo de 1873.

El diario es bastante plúmbeo. Se trata de un documento oficial, donde no hay lugar para las reflexiones o las observaciones curiosas. El diarista se limita a referir objetivamente todo aquello que pudiera interesar a su señorito en Bangkok, sin dejar espacio a cualquier opinión personal. Para leerlo hay que ser muy friki y estar muy interesado por la Historia de Birmania. Creo que sólo mi amigo Florentino Rodao y yo cumplimos con estos dos rasgos.

El esquema de las entradas del diario es bastante repetitivo: qué miembros de la misión fueron adónde y a quién y qué vieron. Un ejemplo, tomado al azar. Así comienza la entrada correspondiente al 15 de agosto de 1872: “El jueves,día undécimo de la luna creciente, a las 10.00 a.m., el Alcalde de Birmingham, llamado Sadler, visitó a los enviados en sus alojamientos y esperó para enseñarles varias cosas que deberían ver. A la 1.00 de la tarde, los enviados, el Mayor Macmahon, Jones, el Alcalde de Birmingham y los empleados y los sirvientes y Maung Mye salieron para ver lo más destacado en carruajes…” Y esto es todo lo excitante que el diario llega a ser.

Tal vez lo más interesante sea observar qué era lo que importaba a los enviados birmanos. En primer lugar, les fascinaba la tecnología occidental. En sus trayectos en tren a menudo cuentan el número de túneles atravesados y dan las longitudes de los más largos. Entre agosto y septiembre de 1872 recorrieron Escocia y el diario se convierte en una narración pormenorizada de todas y cada una de las fábricas que visitaron y de los procesos que se realizaban en ellas. Como ocurrió con otras naciones que en aquellas décadas veían su independencia peligrar (por ejemplo Egipto, que los enviados atravesaron en su viaje de ida), los birmanos parecían pensar que adaptando la tecnología occidental, podrían modernizar el país, entrar en la liga de los países civilizados y preservar la independencia de Birmania. Ni ellos ni quienes pensaban lo mismo en otras latitudes, se daban cuenta de que el proceso de modernización es algo mucho más complejo, que implica desde reformas institucionales hasta cambios de mentalidad. Comprar maquinitas al extranjero no le convierte a uno en civilizado.

Lo segundo que les importaba sobremanera era la cuestión de los rangos y los ceremoniales. A menudo el diario detalla las condecoraciones que les dieron, en qué sitio de honor les sentaron en la mesa, qué protocolo siguieron con ellos. Este interés no se debía al ego o a ínfulas de grandeza, sino al afán por demostrar que habían recibido el tratamiento debido a representantes de un Estado independiente. Tanto afán muestra que las cosas no estaban tan claras. De hecho, durante la visita en el Reino Unido, la Oficina de la India procuraría asumir el control sobre la agenda de los enviados, suplantando al Foreign Office, que hubiera sido lo lógico en el caso de un país plenamente independiente.

La embajada no tuvo continuidad. En los cinco años de vida que le quedaban, el Rey Mindon no envió más misiones al Reino Unido. Su sucesor, Thibaw, débil, carente de exposición al extranjero y habiendo heredado un reino debilitado, no seguiría la vía de la modernización y la amistad con el Imperio británico. En 1885 Birmania dejó de ser independiente.

 

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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