Escribir poesía a la manera del artesano torpe

Publicado por el 20/05/2018

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No me considero poeta. Todo lo más un artesano torpe que a veces pergeña algún poema. Cuando leo las reflexiones que Gil de Biedma se hacía sobre la poesía, me doy cuenta de lo lejos que estoy de él. Soy como un niño que hace castillos de arena en la playa, mientras su padre construye una catedral.

En un recital que dio en Oviedo, Gil de Biedma comentó que “uno escribe porque tiene que quitarse ese poema de encima, porque le da la lata, porque le molesta a la hora de comer y a la hora de lavarse los dientes y tiene que quitárselo de encima para poder seguir viviendo de una manera normal”. Finalmente algo en lo que me puedo parecer un poco al maestro. También a veces me ocurre que se me engancha una imagen y me digo “qué buena imagen para ponerla en un poema”. Lo malo es que me quedo durante semanas con la imagen, sin que el poema venga a acompañarla. Como no soy poeta, sino artesano de versos, el efecto que me produce no es tan extremado como el de Gil de Biedma. A mí me produce un poco de ardor de estómago, que me incomoda dos o tres veces al día. Por lo demás, sigo viviendo de una manera normal.

La última imagen poética que se me ocurrió fue la de desprenderse de un antiguo amor como uno se quita unos zapatos viejos. Tal vez no sea gran cosa, pero era una imagen que me gustaba mucho y una imagen que sólo podía servir para una poesía, no para un cuento. La imagen me persiguió durante muchas semanas. A veces me daba un toque en el hombro para recordarme que estaba allí y que aún no le había escrito un poema que le hiciese justicia. Y yo respondía irritado: “Pesada, que ya sé que estás ahí. Dame tiempo.”

Un buen día, paseando y jugueteando con la imagen, finalmente me vino el resto del poema. Se ve que el tiempo para los artesanos torpes tiene el efecto de un laxante: dale unos minutos y acabará por salir todo lo que llevabas dentro.

“Cuando el amor se acaba

Aprender a olvidar

Es como quitarse

Un vestido que apretaba,

Ponerse el traje de los domingos

Y salir a la calle

A correr por la vida nueva.

 

Desprenderse de ese amor

Es como descartarse

De una mala mano

Y echar un órdago

Por el solo placer de echarlo.

 

Me quité el abrigo

De un amor que ya olía a podrido

Y en mangas de camisa

Salí a la calle

A ver los cerezos que florecían.

 

Me saqué los zapatos viejos

Que habían pisado

Todos los charcos

Del amor fingido

Y paseé descalzo por la playa.

 

Finalmente me quedé desnudo

Esperando vestirme

Una muda nueva.”

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