Échales la culpa a las hormonas desatadas

Publicado por el 16/04/2018

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El art 377A del Código Penal singapureño reza: “Cualquier hombre que, en público o privado, cometa o incite la comisión, o procure o intente procurar la comisión por cualquier hombre de algún acto severamente indecente con otro hombre, será castigado con una pena de cárcel que puede extenderse hasta dos años”. Dos observaciones son de rigor. La primera es que se pena la homosexualidad, pero no el lesbianismo. ¿Curioso? No más que el hecho de que en Singapur existan públicamente discotecas y bares de ambiente homosexual, sin que nadie se meta con ellos.

Es en este contexto donde transcurre la novela “Échale la culpa a las hormonas desatadas” (realmente me gusta más cómo suena el título original en inglés “Blame it on the raging hormones”) del singapureño Nathan Goh. La novela es el diario que va colgando en internet Nicky, un homosexual singapureño de 20 años, con muchas inseguridades, y que está buscando al Único (también me gusta más cómo suena en inglés: The One), ese alma gemela como la que nos plantaremos y seremos felices por los siglos de los siglos. Es una novela ligera, con un valor literario muy relativo. Sin embargo, lo que me ha llamado la atención es la agudeza del autor a la hora de hablar del amor. Más allá de la frivolidad aparente de la novela, el amor aparece declinado en todas sus variedades:

+ Los remordimientos autocompasivos cuando te dejan: “Si tan sólo fuera lo suficientemente atractivo, si tan sólo fuera musculoso y estuviera en forma, no me habría dejado (…) No lo entiendo. Intenté lo mejor que pude ocuparme de él y mostrarle cariño. Ahí estaba cada vez que me necesitaba.” Lección número uno: puede que te dejase porque era un maldito egoísta, que te descartó cuando ya no le servías o puede que no estuvieses a la altura. ¿Importa ya? Eso fue en el pasado. Sigue viviendo.

+ La variente A ama a B, quien sigue enganchado a su ex y esperando que vuelva: “[Dexter] ha estado viendo a este chico, Eric, por unos cuantos meses ya, pero no están saliendo porque Eric todavía se está recuperando de su ex y siempre está pensando en recuperarlo.” Lección número dos: si te lías con alguien que no ha superado una ruptura, te estás metiendo en un trío: tú, tu pareja y el espectro de su ex. Si no te van las emociones fuertes, ya estás advertido.

+ Si me ha puesto los cuernos, la culpa es mía: “…en secreto miré los mensajes de su móvil, mientras se duchaba. Debo decir que no me sorprendió cuando descubrí que estaba lleno de llamadas para tener sexo y de flirteos. Pero me dije que debía de ser culpa mía, que estaba cogiendo peso y perdiendo atractivo…” Pues no, si te ha puesto cuernos, es porque es un salido y te ha sido infiel. A menos que hubieseis acordado una relación de pareja abierta, yo iría borrando su número en el listín del móvil.

+ Si me ha puesto los cuernos, la culpa es mía y tengo que esforzarme por recuperarlo: “… Me callé [no le dijo nada sobre sus infidelidades], trabajé duro para mejorar para él y le traté realmente bien, esperando que volvería a amarme.” Uno puede ser simplemente patético o bien puede estar luchando por la medalla de oro en los Juegos Olímpicos del patetismo. Este caso, evidentemente, pertenece a la segunda categoría.

+ Cuando el patrón se repite, se repite, se repite: “Realmente no puedo creerme que ese estúpido, Eric, realmente volvió con su ex de nuevo […] Eric vuelve con su ex que le rechaza una y otra vez y Eric, a cambio, rechaza a Dexter una y otra vez.” Es más fácil romper una barra de acero de un manotazo, que un patrón. Si te ves pillado en una situación así, reza para que tu ex se vaya a 10.000 kilómetros de distancia, a ver si así rompes el patrón de una vez por todas. Y si no se va, vete tú.

+ Cuando casi te habías olvidado de tu ex y vuelve a ponerse en contacto contigo: “No sé qué hacer… Me mandó un texto a las 2 de la mañana, dijo que estaba pensando en mí y que quería que fuese a su casa. Es la primera vez que me ha contactado desde que me dejó…” Rápidamente la mente de Nicky se pone a funcionar y se centra en tres posibilidades: 1) ¿Significará que quiere volverlo a intentar?; 2) ¿Querrá disculparse por cómo se portó al final y poner fin a la relación de una manera digna?; 3) ¿Se habrá dado cuenta finalmente de que soy El Único y querrá rogarme que vuelva? Afortunadamente para él, a estas alturas de la novela, Nicky ya ha aprendido algunas cosas y pone las intenciones de su ex entre paréntesis. Y tiene razón, un ex te llama generalmente o porque se dejó en tu casa la cafetera y la quiere recuperar o porque las cosas le van mal, está de bajón y quiere que le des mimitos, los justos para volver a ponerse en pie y comenzar a buscar otra pareja porque, pardillo, ¿de verdad pensabas que iba a volver contigo?

Entre palos, aventuras sexuales y búsquedas, al final Nicky descubre dos grandes verdades. La primera, que ya quisiera haberla conocido de joven y que lo he lamentado cada vez que no la he respetado es: “¿Por qué convertir a alguien en una prioridad cuando sólo te trata como a una opción?”, que yo suelo formular así: “No conviertas en tu Plan A a nadie para quién seas solamente su Plan B.”

Y al final, Nicky descubre otra gran verdad: “No pienso que exista El Único, pienso que El Único es aquél quien eliges estar y no alguien que te está destinado”.

 

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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