La forma del agua

Publicado por el 05/03/2018

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Si “La forma del agua” fuera una novela, diría que se trataba de una narración competente sobre un topicazo. El topicazo es la historia de dos marginados que se enamoran y en la fuerza de su amor encuentran su redención. O sea, la historia del asesino Raskolnikov y la prostituta Sonya en “Crimen y castigo”, la del ex-presidiario Al Pacino y la traumatizada camarera Michelle Pfeiffer en “Frankie y Johnny”, la de dos personas con retraso mental que se aman en la canción “Sólo pienso en ti” de Víctor Manuel, el relato de Bonny and Clyde versión de Arthur Penn, que muestra que el amor lo puede todo, salvo las balas de una ametralladora.

La suerte de Guillermo del Toro es que su medio no es la novela, sino el cine, y dispone de instrumentos que le han permitido hacer una película potable a partir de una historia endeble y tópica.

El primer acierto de Guillermo del Toro ha sido la ambientación en los años 50. Si la hubiese ambientado en la actualidad o en el futuro, la película habría quedado como una obra de ciencia-ficción. Trasladándola al pasado, la película adquiere un tono nostálgico y romántico, que contribuye mucho a la historia.

El otro gran acierto, el principal, ha sido la elección de los actores. Me cuesta singularizar, porque todos me gustaron. Si tuviera que quedarme con uno, me quedaría con Sally Hawkins en su papel de muda enamorada del monstruo marino. Borda el papel y yo diría que lleva sobre sus hombros una buena parte del peso de la película.

La película abunda en esos pequeños detalles, que parecen nimios y hasta innecesarios, pero que distinguen a una gran obra de una obra corriente. Cuanto más crea una realidad autocontenida, mejor es una obra y la realidad está compuesta en su mayor parte por esos pequeños fragmentos que a primera vista pasan desapercibidos y que sólo un gran artista es capaz de ver. Eso sí para que esos fragmentos funcionen es necesario contar con grandes actoes. Morir aparatosamente lo hace cualquiera; mirar de reojo, reprimiendo el deseo, ya es bastante más complicado, incluso en la vida real.

Algunos ejemplos: cuando el coronel Richard Strickland hace el amor con su mujer y le pide que sea muda, una manera muy elegante de mostrar la atracción que siente que siente por Elisa Esposito; la pasión oculta de Giles por el chico de la pastelería; la relación complicada de Robert Hoffstetler con los otros dos espías rusos que le acaban matando…

Reconozco que salí del cine entusiasmado, pensando que había visto un peliculón. Cuando más tarde, rebobiné la película en mi cabeza, fue como cuando a una joya barata se le empieza a ir el baño de purpurina. De pronto me dí cuenta de que me habían dado gato por liebre y que durante dos horas habían conseguido que me lo creyera.

 

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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