La novela policíaca después de Hammett y Chandler

Publicado por el 01/03/2018

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Hasta que llegaron Dashiell Hammett y Raymond Chandler, la novela policiaca era más o menos un puzzle en el que el autor daba una serie de pistas sobre un crimen con la esperanza de que el lector lo resolviera por sí mismo antes de la última página. O más bien que no lo resolviera. He leído novelas policiacas de Agatha Christie y siempre me ha dado la impresión de que juega sucio con el lector. Me parece que siempre escamotea una pieza clave de información o que abruma al lector con pistas que le llevan en la dirección equivocada. Me la imagino frotándose las manos en su escritorio, mientras se dice: “¡La cara que se les pondrá a los lectores cuando descubran en la última página que el asesino es Richard, que parecía tan bueno y tan enamorado de la difunta!” El escritor a lo Agata Christie juega a ser Dios: las cosas suceden como suceden porque a mí me apetece y al que no le guste, que se compre un comic de Mortadelo y Filemón.

Hammett y Chandler trasladaron el foco de la novela policiaca del crimen al investigador y al ambiente. De pronto, el investigador era tan importante, si no más, que el crimen que investigaba. Por otra parte, Hammett y Chandler democratizaron la novela policiaca. Ya no era un asunto de nobles ingleses asesinándose en mansiones victorianas. Ahora el crimen estaba al alcance de todas las clases sociales y, por ello, la descripción de los ambientes cobraba un nuevo interés.

70 años después del inicio de la novela policiaca moderna, casi lo que sobran son investigadores interesantes. He hecho un pequeño elenco de los más interesantes:

+ El inspector de la policía de Bangkok, Sonchai Jitpleecheep, creado por John Burdett. Burdett ha sabido exprimir todo lo que Bangkok puede dar de sí, que es mucho, para la novela negra. Sonchai es un personaje fascinante: practicante avanzado de budismo, hijo de una ex-prostituta con olfato comercial, criado entre Tailandia y Europa. Desde luego no es el policía típico que te encuentras dirigiendo el tráfico en Bangkok.

+ Precious Ramotswe, creada por Alexander McCall Smith, recuerda algo a la Jessica Fletcher que encarnaba Angela Lansbury. Precious es una mujer llena de sentido común y perspicacia. Es obstinada, valiente y perseverante. Lo más original no es tanto la investigadora en sí, como el ambiente: la ciudad de Gaborone, la capital de Botswana.

+ El Inspector Chen, inventado por el escritor Qiu Xiaolong, es un hombre sensible, al que apasiona la poesía china clásica. Con este personaje, Qiu ofrece al lector un regalo doble: una intriga policiaca muy bien elaborada y ambientada en la China contemporánea y reflexiones muy sabrosas sobre la poesía clásica china.

+ La escritora británica Lindsay Davis tuvo el buen ojo de aunar dos géneros novelísticos en boga: la novela policiaca y la novela histórica, con su serie de novelas protagonizadas por Marco Didio Falco y ambientadas en la Roma de los Flavios.

+ Cuando Douglas Adams se cansó de escribir a propósito de un autoestopista que da vueltas por la galaxia, comenzó la serie de Dirk Gently, el primer detective cuántico de la Historia de la novela policiaca.

+ El detective más famoso de la literatura policiaca española es Pepe Carvalho, creado por Manuel Vázquez Montalbán. Desengañado, sentimental, culto, gastrónomo refinado, pertenece a esa generación que luchó por la democracia para luego verse decepcionada por los resultados. Televisión española le dedicó una serie en la que no se le ocurrió nada mejor que hacer que lo interpretase Eusebio Poncela. Creo que hasta Loles León habría sido una Carvalho más adecuada.

+ Y por último, quiero terminar con el abuelo de los detectives españoles, el inspector Plinio, que creó Francisco García Pavón, en los años sesenta del siglo XX, cuando los españoles se creían que lo de la novela policiaca era algo de los extranjeros. Plinio es el jefe de la Policía Municipal de Tomelloso. Es el típico policía lleno de sentido común y de intuición.

 

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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