La culpa de los Idus de marzo la tuvo el gato de Schrödinger

Publicado por el 25/02/2018

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Julio César pasó una mala noche después del banquete en casa de Metelo Escipión. Tuvo un sueño agitado en el que se vió del tamaño de una hormiga, perseguido por unas bolas de colores. Cuando despertó, exclamó: “Neutrinos” y se quedó un momento sentado en la cama, sorprendido. Repitió “neutrinos”, con voz queda, confiando en que le viniese a la cabeza el rostro de un caudillo celta degollado, o el de algún cliente pesado, o el de algún abogado leguleyo de los que pululan por el foro. Pero no, la palabra “neutrinos” no evocaba ningún recuerdo y sin embargo no se le iba de la cabeza.

Se sentó a la mesa del desayuno con gesto serio. Se preguntó coqueto si tendría ojeras. Menos mal que no tenía ninguna cita galante hasta después de los Idus de marzo. Le gustaba mostrar siempre su mejor cara, tanto en la guerra como en el amor. Sobre todo en el amor.

– ¿Qué quieres desayunar?- le preguntó su esposa Calpurnia desde la puerta.

– Tortas con neutrinos- respondió casi sin pensar.

– ¿Perdon?- A Calpurnia no solían gustarle sus ocurrencias. Lo de “Alea jacta est”, le había parecido una grosería que no hubiera desmerecido en labios de un ludópata y lo de “Veni, vidi, vinci” sonaba a arrogancia de un capitán de barco fenicio. Por la cara se veía que lo de las “tortas con neutrinos”, le había sonado a ironía o a “mala follá”, expresión que le había enseñado su criada que venía de la Baetica y que nunca llegó a entender del todo, pero que usaba porque sabía que a César, que tampoco la entendía bien, le irritaba.

– Es un chiste galo. Una broma de cuartel- se apresuró a explicar incómodo.

– Te recuerdo que esto ni es la Galia, ni es un cuartel- replicó muy digna Calpurnia, que se giró para encaminarse a la cocina a dar las instrucciones a los sirvientes.

Salió de casa a media mañana para ir a visitar a su hijo adoptivo Bruto. Era un compromiso que ya había adquirido y del que no se podía deshacer. De otra manera, se habría quedado en su habitación a oscuras y habría dejado que pasase rápido ese día que se anunciaba tan infausto.

De pronto, saliendo de un callejón se cruzó en su camino un gato lustroso y negro. El gato caminaba despacio, con dignidad. Al llegar a la mitad de la calle, se detuvo, giró la cabeza y le miró. Tenía los ojos azules y por algún motivo hizo que se acordase de los meses que Vercingétorix estuvo preso en Roma. En aquellos días, César solía bajar a menudo a la celda del caudillo celta. Le embargaba el temor de que pudiese suicidarse antes del día fijado para la la celebración del triunfo. Mientras abrían la puerta de la celda, a César le invadía la extraña idea de que Vercingétorix en ese momento estaba vivo y muerto a la vez y que el mero hecho de abrir la puerta y verle haría que una de las dos alternativas se concretase. Aquella idea le acongojaba tanto que ni tan siquiera cuando estrangularon a Vercingétorix tras el desfile triunfal, se quedó completamente tranquilo. Le dio por pensar que tal vez hubiera otros mundos y que en algunos de ellos Vercingétorix seguiría vivo y él yacería muerto, estrangulado, desventrado o apuñalado… Hay tantas maneras de morir…

A su espalda los líctores conversaban quedamente y en medio de sus susurros oyó claramente el nombre de un caudillo germánico, “Schrödinger”. Se volvió enfadado. “¡Silencio!”, gritó. Su séquito enmudeció y el gato emprendió la huida.

No le gustaban los germanos. Eran más duros que los celtas. A veces tenía pesadillas con ellos. Soñaba que le habían emboscado y que él estaba desnudo y tenía una espada de madera en las manos. Si había un pueblo en cuyas manos no le gustaría caer prisionero, ésos eran los germanos. Por eso le había enfurecido que alguien los mentase.

Bruto vivía en una villa modesta. A César le enternecían los esfuerzos de Bruto por vivir con la simplicidad y la austeridad de los antiguos romanos. “Le durará lo que tarde en encontrar una amante ávida de lujos”, pensó. Bruto era honesto y serio. Todo lo hacía con intensidad, entregándose a fondo. Estaba más hecho para la carrera militar que para la política. A veces se le veía agitado, presa de un extraño nerviosismo, como si su pecho no bastase para contener un corazón tan noble y tan puro. César le quería mucho. Sospechaba que podía ser hijo suyo.

Ese día encontró a Bruto taciturno. No quería hablar de política, ni de poesía, ni de los últimos chismorreos de la urbe. Entre silencio y silencio, jugaba nerviosamente con un puñal. “Guardalo, que un día vas a herir a alguien”, le reconvino César y eso pareció incomodarlo más. Bruto bajó los ojos y no volvió a mirarle a la cara.

Hacia el final de la conversación, Bruto le dijo: “¿Y si viviésemos en un mundo en el que no pudiésemos saber al mismo tiempo en qué partido milita un hombre y lo que se propone hacer a continuación? ¿Y si cuanto más supiésemos sobre el partido en el que milita, menos supiésemos sobre sus intenciones y viceversa?” César se quedó pensativo y no respondió. Hacía días que pensaba que tal vez el mundo no fuera tan sólido y cierto como había pensado siempre.

El resto del día se le fue en visitas a clientes y en conversaciones a veces políticas, a veces ociosas, que le dejaron una sensación de tiempo perdido. Al final de la tarde, por animarse, pensó en su futura campaña contra los partos y la visión de un campo de batalla sembrado de cadáveres de jinetes partos le reconcilió un poco con el mundo y le permitió acostarse por la noche de mejor humor.

Esa noche tuvo otro sueño extraño. Pompeyo y él estaban en una villa y partían en direcciones opuestas: Pompeyo a Hispania y César a la Galia. Lo raro es que, por haber estado juntos en la villa, era como si siguiesen unidos de una manera inexplicable, de manera que los pensamientos de cada uno le llegaran al otro instantáneamente. Lo irritante es que Pompeyo sólo pensaba en comer, lo que además de aburrirle, le produjo a César una indigestión.

Los ladridos de un perro en el patio, le despertaron poco antes del alba. Eran unos ladridos extraños, que sonaban como “quark quark”, en lugar del habitual “guau”. “Neutrinos”, volvió a decir César y esta vez casi hasta le gustó la palabra. Pero ese buen sabor de boca se le pasó en cuanto vió a Calpurnia. Tenía una de esas mañanas en que se ponía agorera y le abrumaba a consejos. “Yo que tú no iría al Senado hoy. Llovizna y te podrías acatarrar”. Esos miedos de mujer le molestaban a César. Venirle con catarros a él que se había sacado la churra en pleno invierno junto al Rhin y había hecho competiciones con sus legionarios a ver quién meaba más lejos.

Y aún así, salió de casa con prevención. Se acordó de Vercingétorix y del gato del día anterior y le parecieron malos presagios. “¿Hay recuerdos que traigan mala suerte?” le preguntó a uno de sus líctores y éste, sorprendido por la pregunta, respondió demasiado rápido: “No para aquél a quien protegen los dioses”. “¿Y cómo sabemos que los dioses nos protegen?” Ahí el líctor se quedó callado y no encontró en su magín ninguna frase lo suficientemente aduladora o tranquilizadora como para poder decírsela a César.

Las crónicas no dicen si César se dio cuenta en su camino de que en lo alto de un tejado había un gato lustroso y negro de ojos azules. Las crónicas son confusas y no aclaran bien si el gato estaba vivo o muerto en aquellos momentos. Incluso en un palimpsesto tardío se ha encontrado una frase confusa: “Cuando despertó, el gato seguía allí”. Pero esto son disquisiciones. Lo cierto es que eran los idus de marzo y que César entró en el Senado un poco antes de la hora tercia.

Apenas hubo entrado en la gran sala un grupo de senadores fue hacia él, encabezado por Bruto. César les sonrió durante una fracción de segundo. El tiempo de advertir que todos llevaban puñales y que se le estaban abalanzando. Cuando cayeron los primeros golpes y antes de que las oleadas de dolor le inundasen, César halló un extraño consuelo en la idea de que tal vez haya muchos mundos y en la mayor parte de ellos César estaría dirigiendo al senado un discurso vibrante y desde las primeras filas su hijo Bruto estaría aplaudiéndole.

 

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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