El adversario

Publicado por el 07/12/2017

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Emmanuel Carrère es uno de los escritores que se ha dado cuenta de que existe un público creciente que ya no quiere que le cuenten historias inventadas, sino que prefiere que le cuenten historias reales. En este mundo postmoderno que vivimos, la realidad hace tiempo que supera la ficción.

En “El adversario”, Carrère recupera la misma historia que ya utilizó Edouard Cortés en “La vida de nadie”. Se trata de la historia de Jean-Claude Romand, un hombre gris que durante 18 años vivió una vida ficticia de investigador exitoso de la Organización Mundial de la Salud y que, cuando vio que la mentira no se podía sostener por más tiempo, optó por asesinar a toda su familia y por suicidarse. Consumó lo primero y falló en lo segundo. Es una de esas historias donde la realidad ha superado a la ficción. Las únicas historias de fabulaciones que se me ocurren, “Juegos de la Edad Tardía” de Luis Landero y “Nuestro hombre en La Habana” de Graham Green, no le llegan al tobillo.

Carrère opta por contarla desde fuera. Como un observador distante que quiere descubrir “lo que pasaba por su cabeza durante esas jornadas que se suponía que pasaba en la oficina”. El inicio de la novela ya marca el tono: “La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Fuimos después a almorzar a casa de mis padres y Romand a la de los suyos; les mató después del almuerzo.” El resto de la novela irá de Carrère tratando de reconstruir la historia de Jean-Claude Romand. Lo malo es que la historia realmente fascinante, la de Romand, quedará todo el rato como velada por la visión de Carrère. Es un poco como cuando Canal Plus echaba películas porno codificadas. Algunos amigos inasequibles al desaliento intentaban ver alguna teta a traves de las distorsiones. Sí, puede que vieran algún trozo de carne, pero lo realmente interesante quedaba oculto por las barras.

El propio Carrère reconoce que había pensado en darle otro tratamiento a la historia: “He empezado una novela que trataba de un hombre que cada mañana daba un beso a su mujer y a sus hijos mientras fingía que se iba al trabajo y que se marchaba a pasear sin meta por los bosques nevados. Al cabo de unas cuantas decenas de páginas, me he encontrado bloqueado. He abandonado.”

Es una pena que no intentase seguir por esa vía. La vida real no sirve para hacer literatura con ella si no se procesa. La vida real, incluso cuando se trata de una historia tan fascinante y tan atroz como la de Jean-Claude Romand, no es lo suficientemente artística. Carrère tiene entre las manos un pedazo de historia y con su empeño en contarla como un cronista, en no pasarla por el tamiz de la fantasía, nos deja con una sucesión de hechos que cualquier periodista de la sección de sucesos medianejo hubiera podido escribir. Esto es, la fuerza de “El adversario” no procede tanto del genio literario de Carrère, sino de la contundencia que tiene en sí misma la historia.

Lo que me deja insatisfecho es que Carrère no llega a responder a ninguna de las preguntas que parecen inevitables: ¿qué lleva a una persona a inventarse una vida y a vivirla durante 18 años? ¿cómo se hace para vivir ese día a día, sin pensar que llegará un momento en que sea imposible seguir manteniendo el teatrillo o, peor todavía, sabiendo que vendrá el día en que todo se desmorone?

A modo de explicación a la primera pregunta, Carrère menciona unas palabras de Romand durante el proceso: “Siempre estaba sonriente y creo que mis padres nunca han sospechado mi tristeza… No tenía nada más que ocultar, pero ocultaba eso: esta angustia, esta tristeza… Sin duda habrían estado dispuestos a escucharme, Florence [su mujer] también habría estado dispuesta, pero no he sabido hablar… y cuando uno se ve cogido en este engranaje de no querer decepcionar, la primera mentira lleva a otra y es toda una vida…” A ver, todos hemos dicho alguna mentirijilla para salir del paso y no decepcionar a alguien, pero de ahí a inventarse una vida de 18 años…

Y de ahí pasamos a la mentira de la que surgirán todas las demás, la mentira que engendrará una vida ficticia que durará 18 años. En septiembre de 1975 tenía que presentarse a un examen clave para pasar al curso siguiente. Se encontraba deprimido por un desengaño amoroso y no se presentó. Cuando sus padres le llamaron esa tarde para preguntarle cómo le había ido el mensaje, respondió que bien. Aún esa mentira inicial hubiera podido rectificarse. Tres semanas después salieron los resultados de los exámenes. Le habría bastado con decir que había suspendido. Pero no lo hizo. Dijo que había aprobado y que pasaba a tercero de medicina. La vida ficticia estaba en marcha.

Carrère se pregunta por qué optó por la vía de la mentira, por una vía que casi desde el primer momento se revelaba como más tortuosa y accidentada que la verdad y que acabaría llevándole a matar a toda su familia 18 años después. El propio Romand en el juicio, cuando se le haga esa pregunta, responderá: “Me he hecho esa pregunta todos los días durante veinte años. No tengo respuesta.”

Carrère va contando las mentiras que va fabricando Romand. Cada mentira necesita de otra mentira posterior que la justifique. Toda su vida se va convirtiendo en una maraña de mentiras entrelazadas. Carrère hace perplejo una observación muy pertinente: “Una mentira, normalmente, sirve para encubrir una verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no encubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había un auténtico Jean-Claude Romand”. Aquí creo que se equivoca. Está describiendo la vida de Romand al cabo de varios años de ficción, cuando la mentira ya había adquirido su propia inercia. Se olvida de que hubo una mentira en el origen de todo, la de que se había presentado a un examen. Fue a partir de esa mentira menor que todo el edificio de ficción se fue construyendo.

Carrère describe la manera hábil en la que Romand había compartimentado su vida, de manera que nadie de su círculo personal pudiese acceder al ficticio círculo profesional. Un sistema complicado y que sin embargo, le funcionó. El propio juez se sorprenderá de que “trabajar durante diez años sin que ni una sola vez tu mujer ni tus amigos te hayan llamado al despacho, es algo que no sucede.” Y sin embargo, en este caso sucedió.

Lo que Carrère no alcanza a describir tan bien, es justo lo que a mí me parece más interesante: ¿cómo se sobrelleva la angustia de saber que estás viviendo una ficción que algún día se desmoronará? “Él sabía que su historia no podía tener un buen final. Nunca confió su secreto ni trató de hacerlo.” Esto es lo más lejos que llega Carrère a la hora de describir su angustia, hasta la parte final de la historia. Aquí sí, cuando el teatrillo empieza a desmoronarse, es cuando el lector siente la angustia del personaje, pero pienso que es efecto de lo tremendo de la historia, más que de la descripción de Carrère. La historia tiene vida propia y casi no necesita de la habilidad de un escritor para angustiar. Por cierto, que cuando ya está empezando a quedarse corto de fondos para mantener la mentira, va y se enamora de una divorciada. Ahora a la tensión de llevar una vida ficticia se suma la inquietud de ser infiel y que te puedan pillar. He conocido a gente que llevaba vidas complicadas, pero Romand los supera a todos.

De pronto la situación se hace tan insostenible, que Romand empieza a mentir a diestro y siniestro. Se diría que siente que su mundo se está deshaciendo y trata de frenar el desmoronamiento a base de mentiras. Para ocultar el dolor que le ha causado la ruptura con su amante, se inventa un accidente de coche, un linfoma y la muerte por cáncer de un supuesto jefe en la OMS al que estaba muy unido. Por otra parte, su amante le ha confiado un dinero para que lo invierta y él se lo está puliendo para mantener su tren de vida. Sabe que la situación se le está yendo de las manos. Su amante insiste en que le devuelva el dinero. Romand se siente atrapado. Desde luego hubiera sido más fácil reconocer 18 años antes que no se había presentado al examen.

Se produce entonces un punto de inflexión. Igual que una mentira ridícula, le había llevado a una vida de ficción, ahora el descubrimiento por parte de su mujer de que le ha mentido en un tema aparentemente banal, que en una reunión de padres se había opuesto al despido de un profesor, cuando en realidad había votado a favor del despido con todos los demás, hace que por primera vez dude de su marido. A esta alma de cántaro que llevaba años tragándose unas bolas gordísimas, el descubrimiento de esta mentira menor hace que se le empiece a caer la venda de los ojos.

Carrère se demora en la narración de cómo Romand asesina a su mujer, a sus hijos y a sus padres, al ver que ya no puede sostener la farsa por más tiempo. Es la parte más truculenta de la novela y para mí la menos interesante. Los humanos llevamos tanto tiempo matándonos entre nosotros que un asesinato más o menos tiene poco interés. Lo de llevar una vida ficticia durante 18 años, tiene más intríngulis.

Es cuando Carrère relata la fase de instrucción, que intenta comprender quién es realmente Jean-Claude Romand y se encuentra con un vacío. “En el curso de las siguientes entrevistas, [los psicólogos que le analizan] le vieron sollozar y producir signos enfáticos de sufrimiento, sin que acertaran a saber si los experimentaba de verdad o no. Tenían la inquietante sensación de hallarse delante de un robot privado de toda capacidad de sentir, pero programado para analizar estímulos exteriores y adaptar a ellos sus reacciones. Acostumbrado a funcionar de acuerdo con el programa «doctor Romand», había necesitado un tiempo de adaptación para establecer un nuevo programa, «Romand el asesino», y aprender a ponerlo en marcha.(…) Después de algunos tanteos,el cambio de programa pareció tener éxito. Al personaje del investigador respetado suplanta el no menos gratificante de gran criminal en el camino de la redención mística.” Otra interpretación de los psiquiatras: Jean-Claude Romand es un narcisista con tendencias depresivas, que lleva toda la vida huyendo de la depresión y para ello se construyó una realidad paralela. La duda final es si Romand sabía realmente quién era él mismo.

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Buku buku significa «libros» en bahasa. Esta bien que haya un idioma que a los libros, que encarnan el conocimiento, los designe con un sonido que recuerda al de un niño de dos años pidiendo que le pongan una bola de helado. Esto ayuda a poner las cosas en perspectiva: tal vez el conocimiento este sobrevalorado y lo que importe sean las bolas de helado. Más sobre «Bukubuku»

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