Un 20 de julio falleció Antonio Gades: recuerdo de un artista ético

Un 20 de julio falleció Antonio Gades: recuerdo de un artista ético

Publicado por el 20 20Europe/Madrid 07 20Europe/Madrid 2018

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Antonio Esteve Ródenas, más conocido como Antonio Gades, nació en Elda (Alicante) el 16 de noviembre de 1936 y falleció en Madrid el 20 de julio de 2004. «Yo no tuve la suerte de que corriera por mis venas sangre vocacional por la danza, sino más bien anemia por hambre (…) Lo que quería en verdad era estudiar, pero esa riqueza para muchos jóvenes nos estaba vetada. Con once años me puse a trabajar pero tengo el orgullo de decir que de todos los sitios me echaron. No creo que fuese por hacer mal mi trabajo, sino por no obedecer órdenes que yo creía injustas, y el tiempo se ha encargado de darme la razón. Después del fracaso laboral me dediqué a buscar entre las cosas que nos habían dejado para elegir, y probé si no de todo, de casi todo, -ciclista, futbolista, trapecista, vendedor de turrón en la Plaza Mayor por navidades, repartidor de fruta, y hasta de boxeador-, pero la primera guantada que me dieron dije que la próxima se la diera a su madre y tiré los guantes», según extractos del volumen Antonio Gades (Iberautor Promociones Culturales, Madrid, 2005), que incluye el discurso leído con motivo de la concesión en 2002 del Premio de las Artes Escénicas Corral de Comedias de Almagro.

Comenzó a estudiar relativamente tarde, en 1954, con la maestra Palitos en Madrid pero fue Pilar López la persona decisiva para el inicio de su carrera al contratarlo para su compañía: «Caí en el baile por casualidad y tuve la mayor suerte que se pueda tener, encontré al mejor maestro, Pilar López, que me convirtió en su discípulo y a ella debo lo mejor de mi aprendizaje. Ella me enseñó la ética de la danza antes que la estética».

Un ejemplo de esa mezcla de ética y estética es el siguiente: «Me gustaba recordar un epitafio que se puede leer en la tumba de una bailarina de Gades (la Cádiz fenicia) en el Foro romano. Reza: “Que la tierra sea tan leve sobre ti como tú lo fuiste sobre ella”. Hoy se percute demasiado y el zapateado no es percusión, es la prolongación de un sentimiento, a la tierra no se la puede pisotear, si pisoteamos la tierra, no da nada, ni sonidos ni trigo».

Antonio Gades fue primer bailarín de la formación de Pilar López hasta 1961, y en este tiempo se aventura en la coreografía con Ensueños. «Eran épocas muy duras para esta profesión. Nunca olvidaré cómo de Marsella a Yokohama, con Pilar López, tardamos 34 días en el viaje de ida, 15 de trabajo y 33 de regreso. Con Pilar aprendí el comportamiento de un profesional de la danza, dentro y fuera del escenario También aprendí de Vicente Escudero, otro payo no andaluz, grande de la danza, y de la vida, gigante vallisoletano que abrió caminos de expresión actualizando el sentido íntimo del baile flamenco, del folklore y del baile español en general. Con sus ejemplos hice mi ideario profesional que se concretaría en la máxima: disciplina y libertad. Y aprendí que, en la vida, todos somos necesarios pero nadie es imprescindible».

En 1962 fue invitado al Festival de Spoleto por decisión de Beppe Menagatti, el marido de Carla Fracci. Allí coreografió Teatrino di Cristobal, con Joyce Graeme, e interpretó la Pavana para una infanta difunta de Ravel. Además trabajó con Giancarlo Menotti en Carmen y con Anton Dolin en Bolero, para la Ópera de Roma. En 1963 crea su propia compañía en Madrid, y la mantiene hasta 1975 recorriendo todo el mundo con obras como El amor brujo (1962) o Bodas de Sangre (1974).

«En mi primera compañía, en el año 1963, éramos seis compañeros, y en la última que formé, treinta y seis. Estoy orgulloso de haber tenido quizás la única compañía sin subvención de ninguna clase, la subvención siempre ha partido de nuestro propio esfuerzo, viviendo intensamente y con dignidad. Sé que la libertad cuesta cara, que no es gratuita. Pero esa libertad nos ha permitido, bailar lo que queríamos, con quien queríamos, y donde queríamos. Y también he estado siempre convencido de que no deben ser los artistas los que deban preocuparse de aquello que hace un ministerio de cultura, sino que debe ser competencia del político diferenciar quién hace cultura y quién no. Son ellos los que deben estar atentos a las realidades artísticas para tomar medidas».

En 1978 recrea Bodas de sangre para el Ballet Nacional de Cuba, y, en el VI Festival Internacional de Ballet de La Habana, baila Ad Libitum, de Alberto Méndez, con Alicia Alonso. Entre 1979 y 1980 dirige el Ballet Nacional de España. En 1980 dirige el Grupo Independiente de Artistas de la Danza y un año después retoma su propia compañía. En 1983 crea el ballet Carmen después de haber hecho la película homónima. En 1994 crea Fuenteovejuna, a partir de la obra de Lope de Vega.

«De mis tres obras más significativas, por orden cronológico, con Bodas de Sangre (1974) quise rendirle homenaje al poeta teniéndome que ir a Roma para estrenarla. Hice Carmen (1983) porque no me gustaba esa imagen estereotipada y falsa que tiene, siendo una mujer que cuando ama se entrega sin reservas, que lucha contra la propiedad privada de los sentimientos, que no abandona a su clase aunque se encuentre en las más altas esferas, y que prefiere la muerte antes que perder su libertad. Y de Fuenteovejuna (1994) me interesó sobre todo el acto solidario de los perdedores. La solidaridad frente al poder. En estos momentos de globalización del choriceo, y de feroz individualismo, creo que Fuenteovejuna está o debería estar, de rabiosa actualidad. Estudié el folklore como un poeta estudia la gramática, no se lo trinqué al pueblo para prostituirlo. Mi meta en este sentido siempre ha sido contar una historia con el baile y no el hacer panfleto para teatro, aunque tenga un compromiso social claro».

Antonio Gades tenía ideas muy claras acerca del rigor artístico: «Parece existir la tendencia de aprender tres cosas y salir corriendo a montar un ballet propio. Se es bailarín y corógrafo por arte de birlibirloque. En mi época de aprendizaje éramos esponjas, aprendíamos sin pausa, incorporábamos a nuestro estilo toda la sabiduría de nuestros maestros y de la cultura popular. Quieren cambiarlo todo, pero deberían saber que para cambiar cualquier cosa hay que conocerla mejor que para continuarla. Si no conoces la geometría no serás constructivista; sin conocer la realidad, no se puede ser surrealista. No se puede modernizar sin mirar atrás. Si bien no se puede ser esclavo del saber, aunque no ocupe lugar, hay que aprender a manejar los conocimientos, porque el bailarín no baila con los pies sino con el cerebro, y siempre le vendrá bien conocer otras escuelas, otros maestros, otras técnicas; y si quiere ser coreógrafo todos los conocimientos le parecerán pocos».

 

Esa exigencia no sólo la reclamaba en el terreno de la danza: «Sin querer generalizar, los directores de cine parecen estar más pendientes de la cantidad de espectadores que del análisis y resultado cultural de su obra. Las producciones de televisión se ensalzan o se tiran a la basura sin fijarse en el bien o mal que provocan debido a su influencia en la cultura, y solo se rigen por criterios de mayor audiencia. Hoy los pintores sufren porque no venden, antes sufrían porque no lograban plasmar los sentimientos en el lienzo, llegando inclusive al suicidio por ese motivo… Cuando me han dicho que soy un artista contesto que tan solo soy un trabajador de la cultura. Me he considerado siempre un trabajador, no un artista. Quizás el arte sea esa energía que fluye entre nuestro trabajo en el escenario y el espectador, pero nunca me he creído artista ni maestro de nada».

En los años 60 participó en películas como Los Tarantos (1963) y El amor brujo (1967), ambas de Francisco Rovira Beleta, e intervino junto a Imperio Argentina en Con el viento solano (1966), de Mario Camus. Junto a su entonces esposa, Pepa Flores, protagonizó Los días del pasado (1978) de Mario Camus. En los ochenta concibió e interpretó Bodas de sangre (1981), Carmen (1983) y El amor brujo (1986), las tres dirigidas por Carlos Saura.

Entre sus galardones se cuentan el premio Vicente Escudero (1966), el premio Carmen Amaya (1966), el Premio Nacional de Teatro (1972), el Premio Nacional de Danza (1988), el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid (1991) y el Premio Max a la mejor coreografía (1998). También recibió numerosas distinciones internacionales en Nueva York, París, Buenos Aires, Spoleto, etc.

En 2004 creó la Fundación Antonio Gades, que «tiene entre sus finalidades velar por el mantenimiento, el cuidado y la difusión de la danza española en general, y de manera particular, del legado de Antonio Gades. Para lograr sus objetivos la FAG mantiene un archivo que atesora distintos fondos relacionados con la figura de Gades, apoya y supervisa la reconstrucción de sus ballets, edita publicaciones que profundizan en su obra y promueve actividades educativas destinadas a acercar al público en general la danza española y el flamenco. Como depositaria de los derechos de las obras de Antonio Gades, pone a disposición de la nueva compañía su archivo documental y gráfico así como las escenografías y vestuarios, todos ellos aspectos necesarios para la correcta reconstrucción de los ballets».

@Pedro_Villora

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