Un verano de quince días

Publicado por el Dec 15, 2011

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La NBA vive estos días envuelta en una vorágine infinita de rumores y traspasos. El acuerdo para levantar el cierre patronal ha dado paso a un mercado de fichajes mucho más corto de lo habitual, lo que ha incrementado las urgencias de muchos equipos, ávidos por encontrar cuanto antes las piezas adecuadas para sus nuevos proyectos.

El espectro de la NBA a día de hoy es un cruce de intereses elevado a la enésima potencia. Agentes libres que aguardan agazapados al mejor postor, estrellas rutilantes que se han cansado de bracear contra corriente y buscan un destino más halagüeño, jugadores de segunda línea en busca de acomodo, veteranos con el bolsillo lleno a los que aún les queda hambre… y así un sinfín de prototipos más. Una mezcla de egos que hace complicado entender los movimientos de piezas.

En este galimatías, como ocurre en otros muchos deportes, son los agentes los que cobran mayor importancia. No hace mucho, en una de esas cenas en las que compartes mantel con gente que sabe de verdad de baloncesto, me confesaban la importancia que tiene para un jugador contar con un gran agente. La historia de Gilbert Arenas es un buen ejemplo. Sus años de jugador en el instituto le llevaron a ser considerado una de las mejores promesas, pero fue cayendo en las previsiones hasta desaparecer de los primeros puestos. Su agente de entonces, Dan Fegan, se movió para que su jugador cayera hasta la segunda ronda (fue elegido en el puesto 31). Un contrato discreto que se multiplicó casi por diez (65 millones de dólares) cuando se convirtió en agente libre.

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La de Arenas es solo una de las miles de historias fabricadas por los agentes. Hombres de negocios, auténticas mafias en muchos casos, que manejan a su antojo los hilos de la competición. Cabezas visibles durante estos días, viven luego a la sombra, cultivando las relaciones públicas, para cuando tengan que volver a actuar.

Este año, en la NBA, la lucha por colocar a los “clientes” se ha encarnizado más que nunca. Apenas hay tiempo y urge encontrar trabajo. En medio de las grandes operaciones, las de los Paul, Howard o Deron Williams, salen a relucir otras menos mediáticas, pero igual de cuantiosas.

Entre los “robos” más destacados, está el de Kwarme Brown, uno de los grandes fracasos del basket americano (elegido con el número 1 el año del draft de Pau Gasol) que ha firmado un contrato por 7 millones de dólares con los Warriors, a pesar de que en sus diez años en la NBA no ha pasado de 6.8 puntos de media y 5.6 rebotes. Luego, llama la atención que otros, como J.J. Barea, clave en el anillo de los Mavericks el año pasado, no haya pasado de los 5 millones por temporada en el contrato firmado con los Timberwolves. Diferencias económicas que no se ven reflejadas en la cancha. Engaños deportivos que no se entienden y que son los que provocan, en muchas ocasiones, la quiebra de las franquicias.

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