Manus o silencio en la isla

Publicado por el feb 21, 2014

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Nadie hablaría de Manus si esta semana no hubiera muerto un hombre y más de un centenar no hubieran resultado heridos. Si está leyendo cómodamente sentado en latitudes menos australes, es posible que le dé por pensar que esta semana son más importantes Siria, Ucrania o Venezuela. Pero no olvide que en las antípodas del mundo la actualidad late a su propio ritmo.

Sitúese en Manus y deje a un lado todo lo demás. En el imaginario australiano, este islote al norte de Papúa Nueva Guinea, es un agujero negro, un punto indefinido que solo se define de tragedia en tragedia.

En Manus se encuentra uno de los centros de detención que Australia tiene repartidos por el Pacífico para alojar –o encerrar, según como se mire- a los refugiados políticos que tienen la osadía de asaltar la costa australiana en el barco.

Y que conste que estamos hablando de refugiados políticos protegidos por la convención internacional para la protección de refugiados de ACNUR, no de inmigrantes a secas. Cristianos que huyen de la violencia sectaria en Afganistán, Pakistán e Iraq, sirios que se han quedado sin hogar y un largo etcétera.

Huyen de estos lugares horribles no para acabar en tiendas de campaña improvisadas en la remota isla de Manus, sino para oler un poquito lo que por estas latitudes se conoce como Australian way of life y que viene siendo algo así como pasear sin chanclas por la playa y ver languidecer el sol tras un surfero que remonta olas sin esfuerzo.

A cambio, acaban en Manus, la isla sin ley. Bueno, o donde reina la ley de Papúa Nueva Guinea, que viene a ser lo mismo, excepto por el hecho de que la homosexualidad está penada y, claro, si eres un homosexual que huye de Afganistán para que no te den matarife los talibanes, no puede ser muy agradable acabar en un lugar donde reinan condiciones similares.

Si a ello se le suman las condiciones insalubres y precarias, el maltrato de los guardias o de otros refugiados, el resultado no es muy estimulante –y seguramente esto es lo que pretende el gobierno australiano.

Sin embargo, aunque se hable de la isla, de Manus lo único que llega es silencio. A veces, por los resquicios del vacío se cuelan vocecillas tímidas, como la de un guardia de seguridad anónimo que aseguró que no se atrevería a tener a sus perros en las mismas condiciones en que viven los refugiados.

A principios de esta semana se colaron noticias algo más jugosas: los exiliados-prisioneros se hartaron y organizaron una revuelta contra los guardianes. Una persona murió y cien resultaron heridas. En medio del caos, las identidades de 10.000 refugiados en centros de detención se hicieron públicas en internet, nadie sabe muy bien cómo.

The Guardian publicó a bombo y platillo que uno de sus redactores había recibido un mensaje de texto de un refugiado en Manus: “Estamos en peligro. Por favor, que alguien nos ayude”. Después, nada. Silencio.

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Antípodas es una zambullida a un mundo al revés, una historia continua. El retrato animado de una Australia de contrarios absolutos. Más sobre «Australia»

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