Una cascada de diarrea

Una cascada de diarrea

Publicado por el sep 24, 2013

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Querido lector, hagamos una prueba: piense en el nombre del más célebre pintor australiano. ¿Nada? No se preocupe, es normal.

La muy exclusiva Real Academia de las Artes de Londres se ha propuesto acabar con la ignorancia general alrededor del arte australiano y ha organizado una exposición monográfica con piezas de artistas aborígenes, creaciones de inspiración contemporánea e inevitables imágenes de paisajes desérticos y canguros.

La reacción de la crítica del viejo continente ha sido unánime. Los expertos se han puesto de acuerdo, han alzado las cejas y, mirando por encima del hombro a sus salvajes ex compatriotas antipódicos, han dedicado a este arte epítetos tan halagadores como “ordinario”, “inadecuado” o “provinciano”.

El crítico del Sunday Times Waldemar Januszczak aseguró que la exposición entera es “una baratija para turistas” y añadió que su sensación al contemplar la pieza de John Olsen que encabeza este artículo es la de “estar de pie bajo una cascada de diarrea”.

Januszczak (bonito apellido, por cierto) añadió que el arte australiano es “una cortina de humo” y “porno para pobres”. No se quedó tranquilo hasta asegurar que el pintor Fred Williams “salpica el delicado vacío del desierto con gruesas boñigas de vaca minimalistas”.

En Australia las críticas han sentado mal, pero la polémica tiene matices interesantes más allá de la disputa obvia.

Cascadas de diarrea aparte, es cierto que el arte antipódico es descafeinado y tirando a vulgar. Durante sus menos de 250 años de historia, todo el arte que este país ha conseguido dar al mundo se resume en un puñado de paisajes tibios y mediocres con pinceladas ocasionales de aborígenes exóticos u ornitorrincos con cara de pena.

El arte de los aborígenes, que habitan Australia desde hace unos 50.000 años, se ha convertido en algo tan repetitivo, simple y falto de creatividad que no puedo evitar estar de acuerdo con Brian Sewell, del Evening Standard.

“Estos ejemplos de arte contemporáneo aborigen son versiones manidas y obvias de una herencia solo medio recordada, destrozada por el alcohol europea, la religión y la servidumbre”.

Dicho esto, el verdadero arte australiano no está en las salas asépticas de la Real Academia en Londres, sino en las calles de Sídney, Brisbane o Melbourne.

Solo en Sídney estos días hay o habrá un festival de arte callejero con caracoles gigantes, un festival de jóvenes escritores, una bienal de arte, un festival de arte creativo y otro de jóvenes artistas.

Olviden los imitadores baratos de arte aborigen, o los paisajistas de segunda fila. Si andan por las antípodas, salgan a la calle y miren a su alrededor. Si no, no pierdan de vista lo que ocurre al otro lado del mundo. El arte australiano del pasado será una “cascada de diarrea”, pero probablemente el del futuro sea muy diferente.

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