¡Paren los barcos!

¡Paren los barcos!

Publicado por el jul 30, 2013

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¡Que no pase nadie! Da igual que sean refugiados, que les amparen el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y media docena de tratados internacionales.

¡Paren los barcos! Da igual si quienes los tripulan son refugiados perseguidos en sus países de origen. ¡Que no entren! Bueno, que no entren en barco. Si entran en avión da igual. Pero en barco no. Y si entran, mandémoslos a Papúa Nueva Guinea, una isla infecta y donde campan a sus anchas la violencia, la corrupción y la malaria.

Esta idea puede parecer salvaje, populista o, como mínimo, contraria a lo que dictan los tratados internacionales. Sin embargo, triunfa en Australia. Y no solo eso. El primer ministro, el laborista Kevin Rudd, está construyendo su precampaña electoral entera basándose en mandar exiliados a Papúa Nueva Guinea… y tiene éxito!

Según los últimos datos, al 61% de los votantes les parece bien mandar a los exiliados que piden asilo en Australia a Papúa. Los más entusiasmados con la idea son los votantes laboristas y un 75% aprueba la iniciativa.

La cuestión de los refugiados ha trastocado el panorama político en el país. La popularidad de Rudd se ha disparado hasta el punto que su rival liberal, Tony Abbott, comienza a temblar. Si hace unas semanas se jactaba de poder conseguir una victoria aplastante en las próximas elecciones generales, hoy Rudd le pisa los talones. Un 49% de australianos votaría a Rudd, mientras que un 51% preferiría a Abbott según los últimos datos; una ventaja de dos puntos que se reduce por momentos.

Pero más allá de la política, la negativa de Australia a acoger a los refugiados es grave. En 1992 el país aprobó una ley que ordenaba la detención de los exiliados en centros de internamiento. Para disuadir a quienes arriesgaban su vida para cruzar el océano desde Indonesia hasta Australia, el Gobierno puso en marcha lo que se conoce como la “Solución del Pacífico”.

La Solución del Pacífico consistía básicamente en enviar a los refugiados a las islas de Christmas, Manus, Papúa y Nauru. La cosa funcionó entre 2001 y 2007 aunque más tarde, en 2012, la primera ministra laborista Julia Gillard volvió a retomar la idea y Rudd, su sucesor, apostó por radicalizarla.

Hoy, ningún exiliado que llegue a las costas de Australia y pida asilo político puede quedarse en el país y es enviado automáticamente a Papúa Nueva Guinea, donde el Gobierno australiano paga cuantiosas sumas a las autoridades locales y a un puñado de empresas australianas para que mantengan las instalaciones infectas donde se alojan los exiliados.

A todo esto y para evitar confusiones, los exiliados no son inmigrantes ilegales. No tienen el mismo estatus internacional y no les protegen los mismos tratados. La mayoría de los que llegan a Australia son afganos de la etnia hazara, iraquíes, iraníes, chinos y vietnamitas. También los hay que llegan de Sri Lanka y Myanmar. Y si bien es cierto que llegan a Australia en busca de mejores condiciones de vida, no es menos verdad que muchos dejan atrás países sumidos en el caos, la violencia y la pobreza.

Australia es un país rico y desarrollado rodeado de vecinos pobres. La cuestión de los exiliados es peliaguda y seguramente la solución no pasa por abrir las fronteras a todo el que quiera entrar. Pero sin duda, lo más adecuado tampoco es saltarse los convenios internacionales, poner en marcha un discurso racista que califica a los exiliados de “los de los barcos” así en general y emprender una política populista destinada a disparar el ya de por si rampante racismo en la sociedad australiana.

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Antípodas es una zambullida a un mundo al revés, una historia continua. El retrato animado de una Australia de contrarios absolutos. Más sobre «Australia»

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