«Gracias por todo, pero desearía no haberte conocido»

«Gracias por todo, pero desearía no haberte conocido»

Publicado por el 22 de mayo de 2017

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No tengo ni idea de la música que está sonando por megafonía. Estoy sentado. Llevo un rato sentado. Hace tiempo que acabó el partido, la Liga, los actos de despedida y la p… madre que parió la escena. El tiempo, como si de un recuerdo inherente al dolor se tratara, parece estar suspendido. Alzo la vista y miro a la tribuna. Allí, en ese asiento blanco de la última fila del primer anfiteatro entré con 15 años. No era la primera vez que lo hacía, pero sí fue la primera vez que lo hice para quedarme. Definitivamente. Del blanco de aquella última fila, desde dónde nos dedicábamos a tirar el papel albal del bocadillo grada abajo, al rojo de la curva, cuyo precio dos temporadas después quizás fuera un pelín más barato. No resultaba fácil para un crío soltar cada año de una tacada 300 o 400 euros. Pero tampoco lo era ver al Madrid ganar cada año 0-3; al Barcelona, 0-6; o al (ponga aquí el nombre del equipo que quiera) hacer lo propio cada temporada. Aquellos fueron los años del plomo. Posiblemente, los años más felices de mi vida.

Más tarde, la visión panorámica dejó paso al fondo sur. Al griterío y a la pasión. Adiós a ver los partidos sentado, adiós, en general, a ver los partidos. Pero qué importancia tenía si para eso ya estaba la tele. Aquí se trataba de sentir y al que no le gustase, mejor que se quedara en casa. O eso pensaba. Con el tiempo, la exaltación se modera. Con el tiempo, todo el mundo se hace viejo. Casi una década después de aquel 4-0 al Schalke 04 (capicúa), sigo mirando desde la «grada joven» como el primer día. Embobado, con mi amada red de pescar delante. La misma que nunca pensé querer y ahora anhelaré tener. En fin, será la simpleza esa de la vida, el círculo y los círculos de la vida.

Hace tiempo que grabé a fuego aquello de que «lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años». Y aquí, en el Vicente Calderón, en mi segunda casa, en la única rutina que todavía conservo desde que era adolescente, estoy convencido de haber vivido mucho. Como todos. De golpe, un tipo con chaleco amarillo rompe el viaje. «Por favor, hay que ir saliendo». La educación, al menos, le honra. Un amigo me ayuda a levantarme y comienza la última bajada al vomitorio. Peldaño a peldaño, en silencio, sin creer que ya no hay vuelta atrás. Apenas queda tocar la chapa, a modo de chamán, y perderse galería dentro. La punzada duele más que cualquier beso de Judas recibido. Y créanme, sé de lo que hablo. Fue un placer viejo amigo, aunque debo confesarte algo: «Gracias por todo, pero desearía no haberte conocido».

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