El fichaje de Gameiro: historia de una traición

El fichaje de Gameiro: historia de una traición

Publicado por el 1 de agosto de 2016

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Cuando en pleno carrusel de preguntas posterior a su presentación, Kevin Gameiro fue cuestionado por el interés del Barcelona, el ariete francés respondió sin un ápice de titubeo: «en mi cabeza estaba todo claro, el proyecto del Atlético me gustó desde el inicio. Aquí puedo hacer grandes cosas». Tajante discurso, contexto facilón, vacua importancia. ¿Qué más da? Ahí estaba él, atusado con una impoluta camisa blanca —así no, Kevin—, sentado delante de una manada de periodistas ávidos de algún tipo de declaración que anime un verano —verano es eso que acaba el día después de cerrarse el mercado de fichajes— demasiado soso y ramplón.

Pero ayer poco había que rascar. Ninguno de los dos Diegos —Costa y Simeone— inquietó al exsevillista. Sentido de pertenencia y cumplimiento de la palabra fueron, paradójicamente, los dos mejores avales de un jugador que hace cinco veranos no tuvo ni una cosa ni la otra. En Valencia aún escuece la espantada del galo tras dos precontratos, un reconocimiento médico y muchos meses de viajes y reuniones. Una llamada de última hora del Paris Saint Germain (PSG) y otra más llamativa del por entonces seleccionador francés, Laurent Blanc, aconsejándole —¿chantajeándole?— que no abandonara la liga de su país, resultaron determinantes para poner Paterna patas arriba.

A pesar de que el fútbol ande escaso de memoria, conviene recordar que mientras el Valencia aún no había sufrido el cataclismo movido por su acuciante deuda, el PSG ni siquiera jugaba la Champions League. Tras dos temporadas en el Parque de los Príncipes, sepultado por la dura competencia venidera y con un balance de 23 goles en 77 partidos, Gameiro puso rumbo a Sevilla a cambio de 7,5 millones de euros, casi 5 menos de lo invertido por el club parisino.

Aquella traición le obligó a recuperar el crédito perdido en una profesión donde el tiempo es lo único que no abunda. Con 29 años en la mochila, seguro que Kevin, consciente de la intromisión a última hora del Barcelona, habrá tenido ocasión de volver la vista cinco años atrás. De ser cierto que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, el flamante fichaje del Atlético hubiera encontrado acomodo en el cálido banquillo del Camp Nou —¿o no Turan?—. Quizás esta vez el refranero falló. Quizás Gameiro, según saltaba al fastuoso césped del Vicente Calderón, comprendió que el tren, por imposible que parezca, solo pasa una vez.

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