Y el jugador del Atlético que perdió en Barajas un reloj de 17.000 euros es…

Y el jugador del Atlético que perdió en Barajas un reloj de 17.000 euros es…

Publicado por el 29 de julio de 2016

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Prodigiosa zurda, desborde fabuloso, velocidad endiablada… pegado a la línea de cal, posiblemente la única línea recta que ha trazado en su carrera. Un tipo peculiar que aparenta comerse el mundo y al final acaba por pedir al mundo que no haga lo propio con él. Despistado por naturaleza, sonrisa pícara, cabecita loca… nunca se ha movido por el que dirán. O sí, pero siempre lo ha disimulado. Capaz de lo mejor y de lo peor, los tópicos, en este caso, están más que justificados. Aunque no necesita presentación, señoras y señores, con todos ustedes… José Antonio Reyes.

reyes-real-madrid3Aterrizó en la ribera del Manzanares en julio de 2007, apenas once meses después de haberlo hecho en Concha Espina tras romper un preacuerdo con el propio Atlético; apenas un mes después de sellar ‘in extremis’ la famosa liga de las remontadas de Capello. Una temeridad para cualquiera menos para él. Acostumbrado a vivir en el alambre, nunca pareció importarle que en su profesión, la misma que le ha reportado cantidades ingentes de dinero, no está de más respetar ciertos códigos. Códigos no escritos que marcan una carrera y que bien por desconocimiento, bien por malas compañías, han convertido a Reyes en el perfecto ejemplo de lo que pudo ser y no fue.

En el Atlético nunca lo tuvo fácil. En un partido de Intertoto ante el Gloria Bistrita —horas antes de hacerse oficial su fichaje— el Frente Atlético le brindó su particular bienvenida al grito de «Reyes muérete». Tres días más tarde los abucheos tendrían su cuota de protagonismo en su presentación. Cuestionado por ello, no dudó en sacarse un enrevesado as de la manga: «he firmado por el club que quería. Desde los trece años que se interesó por mí era una espina que tenía clavada. Sabía que algún día tenía que vestir esta camiseta». Viniendo de donde venía, y de la forma en que había venido, la historia cobraba tintes surrealistas.

Su primera etapa como rojiblanco fue de mal en peor. A la ya de por sí complicada relación con la afición colchonera, se unieron las numerosas desavenencias con Javier Aguirre, su técnico por aquel entonces. El final estaba escrito: cesión a la desesperada con el único consuelo de recuperar la inversión en una improbable futura venta. Destino Benfica, pocos o ninguno creían en su recuperación. Pero Reyes, recuerden, es capaz de lo mejor y de lo peor. Los tópicos, ya saben…

De la mano de Quique Sánchez Flores logró recuperar la ilusión por el fútbol en tierras lusas. Una primera piedra que, meses más tarde, formaría parte de la base con la que ambos edificaron el primer gran Atlético del siglo XX. Los pitos tornaban en aplausos. Tres años después de aquellos macabros cánticos, el utrerano aparecía con la camiseta del propio Frente Atlético para celebrar en Neptuno la ansiada Europa League. Así es Reyes. Reyes, en estado puro.

Todo iba sobre ruedas hasta que empezó la cuesta abajo. Tocaba cruz y la agonía esta vez duró un año y seis meses, tiempo suficiente para acabar saliendo por la puerta de atrás rumbo al Sevilla. Seis meses antes había hecho lo propio Quique, su principal valedor y, probablemente, la única persona que todavía hoy no le ha perdido la fe. Este año estará a sus órdenes en el Español, un reencuentro que hace solo unos días el técnico madrileño justificaba así: «en Lisboa encontré a un chico distinto, con una forma de entender la vida diferente a la gran mayoría. Al principio es verdad que me costó un poco llevarlo a mi terreno. Pero lo hicimos… le dabas un balón y se crecía. Se divertía y era capaz de hacer cosas realmente impresionantes. Luego nos volvimos a ver en el Atlético y todo fue increíble. Yo ya sabía que Reyes iba a ser el verdadero Reyes para mí».

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