Una colección de armas tomar

Publicado por el Apr 15, 2011

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Una mínima parte de los fondos de la colección Daskalopoulos recala ahora en el Museo Guggenheim, de Bilbao, en un intenso alarde escenográfico.

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La prueba mas evidente de que el mercado del arte ha sido en las últimas décadas un panal de rica miel hasta la llegada de la funesta crisis es la proliferación de colecciones de arte contemporáneo que, dicho muy a la española, quitan el hipo o el “sentío”. Y una muestra también evidente de que la crisis llegó y que han sido necesarios rescates varios tiene que ver con que muchas de la colecciones fraguadas al calor de la bonanza económica ahora llenan las salas de museos y fundaciones, cubren un hueco y dan esplendor a las programaciones casi como un eco del pasado, a la espera de mejores tiempos. La colección Daskalopoulos, que ahora se exhibe bajo el título de “El intervalo luminoso” en el Guggenheim de Bilbao, al que, por otro lado, le hacen falta pocos rescates pues sigue su línea habitual, deja sin habla por lo que en sí misma contiene, de igual modo que la colección Sandretto Re Rebaudengo, que se expone en la salas de la Fundación Santander desde hace unos meses y que ya reseñé en estas páginas. Aunque nada tenga que ver la una con la otra, y hasta sus dueños y mentores puede que se ofendan por situarlas en paralelo, no se puede negar que ambas reflejan lo mejor que ha dado de sí el arte de las últimas décadas tan en relación con los dictados del mercado, con sus modas y sus modos hipermillonarios.

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Una mínima parte de los fondos de la colección Daskalopoulos recala ahora en el Museo Guggenheim, de Bilbao, en un intenso alarde escenográfico 
Y como una colección privada es una colección privada, hija de un coleccionista y sus asesores, con sus gustos y dineros, no comparto que cuando se exhiben en un espacio público siempre acaban recubiertas bajo el manto de un discurso curatorial, intelectual, forzado por un rimbombante título genérico a la caza y captura de un hilo conductor que apenas existe porque, generalmente, el coleccionista raro es que ponga otro hilo conductor a dictados que más tienen que ver con la inversión o con el mecenazgo de nueva usanza: poseer a los mejores artistas del momento con sus mejores obras. Y esto es lo que consigue el señor Daskalopoulos. Si a la mínima parte de su colección que ahora se expone en el Guggenheim la quieren llamar “Intervalo luminoso”, extractado este argumento de las palabras del escritor griego Kazantzakis («Venimos de un abismo tenebroso; vamos a parar a un abismo tenebroso: al espacio luminoso intermedio llamamos vida»), es lo de menos, porque no pone, ni quita, tal vez aderece de espiritualidad, lo que vale una millonada. Yo la podría haber llamado «lo mejor de lo mejor» o «a un collar de perlas no hace falta enhebrarlo». Y este argumento me vale para la colección Daskalopoulos y para otras que han venido, y las que vendrán.
La del Guggenheim es la más extensa, unas sesenta obras de treinta artistas, aún siendo una mínima parte de las cerca de cuatrocientas de los ciento setenta creadores que componen el conjunto. No sé cómo será el resto de la colección que atesora el señor Daskalopoulos, cuyo mayor sueño es poder construir un museo en Atenas donde todo el mundo pueda disfrutarla, pero lo que presenta en el lujo escenográfico de Bilbao resulta fascinante por una sencilla razón: además de reunir artistas cotizadísimos, estos tienen el rasgo común de que sus obras no resultan fácilmente digeribles, que sobre casi todos pesa un halo de retorcimiento estético, de densidad indigerible.
No sería estrictamente correcto decir aquello de que le alabo el gusto al señor Daskalopoulos, porque no hay pieza fácil o sencillamente gustosa, pero le alabo un riesgo en sus apuestas. El cataclismo que encierra cada una de las piezas aquí presenta no necesita mucho más discurso que su propia presencia y, casi me atrevería a decir que buscar vínculos, aunque los haya, y trufarlos de más aderezos, por muy legítimos e intensos que sean, puede desvirtuar toda la pontencialidad de la imagen y su trasfondo.

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Tomemos el ejemplo más claro, más rotundo, con la obra de Thomas Hirschhorn “Hombre cavernícola”. El poder destructor y constructor del artista suizo no tiene referente más que en sí mismo y en las escenografías plagadas de detritus que compone.  Pasearse por la parafernalia de cartón y celofán que ocupa una de las inmensas salas del museo es una bajada directa a los infiernos de la mente y sus vericuetos psicópatas.
Pero podríamos seguir con todas las demás piezas seleccionadas que recorren este camino de ida y sin vuelta, aunque esta de Hirschhorn para mí sea la cumbre de la escenificación aquí consumada: “Palms”, del siempre inconforme John Bock, que se imbuye de su confuso y reconcentrado espíritu y parece que también del de David Lynch (¡ahí es nada!); Kendell Geers y su “Acrópolis ahora”, como metáfora espinosa y cortante; Mona Hatoum con Perturbación de corriente, entre laberinto y encajonado campo de concentración; William Kentridge, cuyas animaciones de dibujos en blanco y negro son un prodigio de poesía e intencionalidad; Annette Messager que construye una “Dependencia/Independencia” de objetos y palabras cruzadas, entre lírica y opresiva; de la keniata Wangechi Mutu y su “Exhumando la glotonería, réquiem de un amante”, que te lleva, a bocajarro, al corazón de la escena de un crimen, de una matanza, a otro corazón de la tinieblas con una fuerza escenográfica distinta de la de Thomas Hirschhorn, pero no distante. 

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