¿Por qué se edita el Testamento de Napoleón?

¿Por qué se edita el Testamento de Napoleón?

Publicado por el Apr 5, 2013

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No se trata de una pregunta baladí ni absurda porque esta semana ha llegado a mi mesa la edición, a cargo de la exquisita editorial Fórcola, el Testamento de Napoleón Bonaparte con un prólogo del escritor argentino Blas Matamoro. Como el libro no resulta demasiado largo, la curiosidad inicial se puede ver rápidamente satisfecha. Apenas 140 páginas, de las que el propio testamento ocupa treinta y dos y en el que pormenoriza todo hasta quién heredará sus camisas (seis), sus pañuelos (otros seis), sus sábanas de batista (dos pares), los calzones de cachemir blanco (cuatro)… hasta sus pantunflas (un par). Una lectura que se va en el suspiro de una tarde para quien le guste la Historia de verdad, no la que se escribe en novelas de eterno recorrido y más eterno, por enrevesado, argumento.

marlon brandon

Como señala Blas Matamoro el más que ameno e interesantísimo ensayo-prólogo: “El Emperador se imagina organizando la vida de mucha gente más allá de su muerte, a la manera de un poder fantasmal que continúa ejerciendo su facultad controladora”. En una primera parte, describe cómo se desarrolla la vida en exilio de Santa Elena de quien “no hacía pie en el agua y necesitaba la tierra firme de los campos de batalla”. Un exiliado, un preso, al que no es que se le trate a cuerpo de rey pero que no se priva de una biblioteca de tres mil volúmenes y al que se “proveía diariamente de quince botellas de vinos variados, entre ellos el champán. No se diría que estemos ante un menú de preso” (apostilla Blas Matamoro).

 El Emperador que sufre mil y una dolencias, de las que pudo morir o no, una tesis tan válida, para el autor de este texto, como la del mitificado envenenamiento, pese a que él “quería morir por obra del frío. Es la mejor muerte, decía, porque se muere durmiendo”. El libro está lleno de interesantísimas apreciaciones en torno a su personalidad, su legado y las lecturas que de su obra y gracia dejaron numeros personajes de la época e intelectuales. Para Fouché, “un diablo de hombre“; para Fichte “Napoleón es el gran Yo que señorea sobre todos los demás; Hegel “vio al emperador como el espíritu a caballo siguiendo el curso del mundo quizá abriendo su huella; para Goethe que “consideraba a Napoleón una naturaleza demoníaca, similar a otras como Federico de Prusia, Pedro el Grande y lord Byron, tres renovadores o modernizadores si se quiere”.

Y así podría seguir extractando el retrato que desde mil y una facetas prologa este Testamento de Napoleón que ahora se edita en castellano por primera vez no sabría decir muy bien al hilo de qué justificación, más allá  del propio placer de la curiosidad. De verdad, una doblemente recomendable lectura, por breve y por buena. 

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