¿Por qué las mujeres asesinan mejor?

¿Por qué las mujeres asesinan mejor?

Publicado por el May 11, 2015

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Ha muerto Ruth Rendell. No han encontrado el cadáver en extrañas circunstancias. Todo ha sido natural: ochenta y cinco años. Principio y fin de una existencia corriente, menos en el éxito editorial. Su fallecimiento me sirve de coartada para sacar del cajón una serie de interrogantes sobre el mundo del crimen y la larguísima secuela de escritores que prefieren matar sobre el papel antes que dar rienda suelta a sus instintos asesinos en el día a día. Aunque de Sherlock Holmes tengo poco, de Margarita Landi, menos. Ni cultivo las adicciones de uno ni fumo en pipa, como la otra. No obstante, a fuerza de cuestionar y no dar por válida la evidencia, se han resuelto de crímenes a castigos. Como lectora circunstancial de este genéro, con legión de seguidores dentro y fuera de las fichas policiales, sé que a estos fanáticos cómplices no hay quien les cuestione ni una prueba. Se las conocen todas, pero yo no. En ese estado de la investigación me encuentro. Primera pregunta. ¿Por qué las féminas que cultivan el género, y se las denomina damas del crimen -unas cuantas, por cierto-, tienen cara de damas pero no de crimen? Miren la foto de Ruth Rendell, la de Sue Grafton, la de Donna Leon, la de P. D. James, la de Anne Perry. Todas parecen venerables abuelas recién pasadas por la peluquería un viernes por la tarde para salir a tomar un café con las amigas. El sábado darán de comer a los nietos. No hay indicios de que vayan a envevenar a alguien endulzando con matarratas el pastel del postre.

Retrato de Patricia Highsmith

Retrato de Patricia Highsmith

Venerables e inocentes ancianitas, incapaces de matar ni una mosca ni una cucaracha que se paseara por el cuarto de baño. Para eso llaman al marido, que ejecuta la acción fríamente. Menos Anne Perry, claro. Aquella criatura celestial que fulminó de una premeditada y alevosa pedrada en la cabeza a la madre de una amiga, cómplice de este asesinato tan púber que fue penado solo con cinco años de reclusión. Queda en evidencia que el título de dama del crimen se concede muy a la ligera, sin pruebas suficientes. Anne Perry fue una asesina redimida en al anonimato hasta que la descubren. Bebe de su propia medicina y su biografía se convierte en la mejor novela sobre uno de esos crímenes que te dejan estupefacta ante la frialdad de los hechos. ¿No sería, entonces, la única dama Agatha Christie? Por veteranía, puede. Desde que la descubrí como pionera surfista en Hawái antes que novelista y «dejó» a sus hijos al cuidado de algún familiar para dar la vuelta al mundo con su marido, pasó a ser algo más que una abuela de mesa camilla con el té siempre en punto. Una señora de armas tomar, que no empuñó arma alguna para desarrollar lo que le vino en gana. Sobre todo, novelas que se hacen las tontas por aquello de que te engatusan a las primeras de cambio. Esas líneas de arranque que son el hilo al que te agarras página a página. No puedo evitar que, para mí, Agatha Christie tiene cara de haber tejido más jerséys que asesinatos por muy memorables que hayan sido sus lecturas. ¿La primera dama del crimen? Ni ella, por veterana, ni Anne Perry por méritos propios. Todas las pruebas y los testigos las señalan, pero no ganan el juicio.

Retrato de P.D. James

Retrato de P.D. James

El tren llega a Patricia Highsmith, la única cuya cara de rasgos entre criminales y carcelarios hace temer lo peor si te encuentras con sus sombras y dudas en el callejón de los atormentados. La única que nace del gen de un crimen. Sobrevive a su asesinato antes de haber nacido. Su madre intenta abortar bebiendo aguarrás. Ella es la dama del crimen por derecho y reveses que fermentan en sus jugos gástricos. Ruedas de reconocimiento para nunca reconocerse. Nosotros tragamos saliva con el whisky empapando el paladar. Solo hay que encender una cerilla. La afilada y ambigua inteligencia de Highsmith ni se peina en una peluquería los viernes por la tarde ni tiene nietos a los que invitar a la comida. Por eso la dama del crimen es ella. Termino apuntando más preguntas en el cuaderno de pesquisas: ¿Por qué hay tantos escritores (hombres) cuya seriedad se esconde en el seudónimo a la hora de escribir novelas de este género? ¿Por qué no le llegan a la altura de los zapatos a las llamadas damas del crimen? Como me confesó Sue Grafton en una entrevista: «Las mujeres eligen las formas más refinadas de matar». Luego, matan mejor.

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