Peligro: biciclistas y caníbales

Peligro: biciclistas y caníbales

Publicado por el Jun 29, 2015

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De pequeña, a los ciclistas yo les llamaba «biciclistas». Sería por las dos ruedas, por las dos piernas o porque se me trabucaba la lengua. De niña me robaron una bicicleta delante de mis narices en un club de esos de familias bien donde se montaba a caballo y se jugaba al tenis con faldita corta y toda de blanco. Impoluta e impecable. Nabokov hubiera disfrutado, a pesar del madrugón a las siete de la mañana -disciplina paterna- para seguir las subidas a red y los match point de estas «lolitas» tenistas. No he vuelto a tener una bicicleta ni a jugar al tenis. El club sigue ahí, con su campo de golf incluido hasta que planten coliflores y rábanos según bando municipal. Freud y los nuevos alcaldes tienen la culpa de que mi sueño de una noche de verano mezcle todas estas imágenes inconexas. A Shakespeare le salió con ese título onírico y nocturno una comedia, aún hoy hilarante, sobre las tontunas del amor juguetón entre las sombras de un bosque imaginario. Lo comprobé el otro día en la versión de la pieza que se escenificó en el Festival de Alcalá. El subconsciente mío y la inconsciencia de algunas declaraciones políticas se juntan en este surreal limbo del día a día. A los ediles de nueva hornada que llegan a su Ayuntamiento a pedales, a lomos de bicicleta, los llamaré «biciclistas». Ahora y pasados tantos años, descifro mi lógica infantil en el curso de este recorrido. De bicicleta, «biciclista». La evidencia aplastante de la edad no madura llama a las cosas por su nombre o las nomina con supremo desparpajo.

Protagonista de la serie de TV "Hannibal"

Protagonista de la serie de TV “Hannibal”

Prosigo el tour por la memoria en el encabalgado de estos apuntes de libreta como psicoanálisis fortuito. Doy, entre mis recuerdos, con el libro que editó hace pocos meses Impedimenta titulado Damas en bicicleta. Cómo vestir y normas de comportamiento, de F. J. Erskine. Es un tratado de finales del siglo XIX, pero ya que me turban los timbrazos de los «biciclistas» en mitad de la acera y del pleno municipal, su vigencia parece de sarcasmo. «Si la dama ciclista está nerviosa -recomienda el manual- o el cruce es complicado como el de Regent Circus, o la rotonda de Marble Arch, lo más inteligente -si no lo más decoroso- es que una se tire de la bicicleta y cruce andando.» «Un huevo batido en la leche, al que añadiremos una buena cucharadita de whisky, resulta un magnífico reconstituyente para la ciclista que ha perdido súbitamente sus fuerzas.» Y a la tercera va la vencida: «Ir acompañada cuando se hacen excursiones constituye una certera salvaguarda contra las molestias ocasionadas por los vagabundos». No hilvano más porque lo hilarante puede resultar tan desternillante que se salgo la cadena de la «bici».

La actriz Judy Garland en bicicleta

La actriz Judy Garland arregla su bicicleta

Con mucha menos coña, también saltan a la vista de mis archivos los libros sobre el Holocausto que le podría sugerir de lectura obligada al concejal Zapata y a cuantos zapatas que han recalado con todo el derecho democrático para dirigir los designios de nuestra cotidianidad. (Apostilla: compuestos como el de «con todo el derecho democrático» serán el nuevo comodín del público para no acabar señalado de qué sé yo: ¿antidemocrático? Antes nació lo de presunto o presuntamente como salvavidas o chaleco antibalas). Dudo que Zapata no haya leído alguno, a tenor de la infinita sucesión editorial sobre estos horrores del siglo XX en versión memorias o sea cual sea el espeluznante relato. En ABC Cultural, raro es el sábado que no visitamos uno de la mano de Mercedes Monmany. Está claro que Zapata no nos lee. ¿Pero habrá visto algún documental de La 2, digo yo, o del Canal Historia? Le voy a recomendar un libro reciente que tiene muchas fotos (también textos), pero cualquiera de sus imágenes vale 2.000 palabras que no caben en un solo tuit: El fotógrafo del horror. La historia de Francisco Boix y las fotos robadas a los SS de Mauthausen.

Yo, más que de Juego de tronos, soy de Hannibal, en su serie cinematográfica o televisiva. Siempre he creido que el canibalismo del señor Lecter recala en la metáfora sanguinaria y sanguinolenta de alguien enfermo de perfección. Intolerante a la lactosa de las chapuzas. Recuerdo a un Hannibal Lecter zampándose, exquisitamente aderezados, los sesos de un violinista que había desafinado en un concierto, y solo lo captaron sus oídos. Por favor, no sigan las instrucciones de este masterchef al pie de la receta. Sarcasmo por sarcasmo. Yo me lo guiso y yo me lo como. Bon appétit

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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