Nueva York y Robinson Crusoe

Publicado por el Jul 2, 2010

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Pocas cosas nuevas se pueden ver o leer a estas alturas de la película sobre Nueva York. Pero, haberlas, haylas. Llegó el otro día a mis manos el libro “Nueva York. Trazo a trazo”, de Robinson, editado por Electa. No se trata de una novedad, pero sí que se publica por primera vez en España. Robinson es el seudónimo del ilustrador alemán Werner Kruse (1910-1994) que tomó como nombre el del mítico personaje creado por Daniel Defoe. Werner Kruse o Robinson -tanto monta, monta tanto- se caracterizó por un tipo de dibujo, que él llamaba “visión de rayos x”, con el que sobrevoló buena parte de las ciudades más importantes de este planeta, de Oriente a Occidente (Londres, Tokio, Moscú, Berlín, piedra a piedra de su muro). Nueva York es el destino radiografiado en este libro. El Nueva York de los años sesenta. Un delicia de viaje el que propuso y se nos propone a estas alturas de la historia cuando el pasado se vislumbra nostálgico, al igual que en una película en blanco y negro. Nueva York, aunque siga siendo la capital de tantos mundos, no puede negar esa pátina que la recubre de una decadencia a la europea, de un tiempo ya perdido o habitado solo por la memoria. Sí, este libro se subtitula “trazo a trazo”, que en inglés es “line by line” (resuena de esta manera mucho más ilustrativamente) y dibuja como pocas veces se ha visto la línea del horizonte neoyorquino. El “Sky Line”. Comienza el periplo con una vista de Manhattan desde Brooklyn (a doble página) para seguir con una secuencia comparativa de Manhattan en 1840 y en la actualidad (entiéndase la de los años 60, no la actual). Seguimos calle adelante y se van sucediendo los barrios que han configurado su literatura urbana, del Chinatown (de noche y de día) al Greenwich Village. Zonas populosas, donde el detallismo de sus habitantes se asemeja a esos fondos pictóricos propios de la pintura más clásica e, incluso, a ese tebeo tan español como siempre ha sido “13 Rue del Percebe”: que si una colilla en el suelo, que si el vapor que sale de las alcantarillas, que si un globo en el aire… La Grand Central Station con todos los personajes que la habitan vestidos de un azul monocromático, ya fuera el soldado que besa a su novia o el ejecutivo que emprende un viaje de negocios o ¿quién sabe si el policía camuflado que vigila en la estación, como en las películas? Y el metro y sus distintos niveles hasta llegar a las entrañas del subsuelo neyorquino, escalera mecánica arriba, escalera mecánica abajo. Y el MoMa donde el intelectualizado público, de corte existencialista (como mandan los cánones de la época), con pipa en boca, contempla el Guernica, de Picasso. Evidentemente, cuando éste aún se exponía en el museo neoyorquino. Time Square en una vista muy horizontal por donde circulan los alargados coches de época. Otro Times Square en pleno atasco, no de coches sino de personas, un auténtico desfile de modelos, el glamour de un Vogue hecho carne en estos dibujos. No hay rincón neoyorquino, ni de día ni de noche, que no siga su trazo en este minucioso dibujo de Robinson o de Werner Kruse, tanto monta, monta tanto. Por favor, viaje a Nueva York a través de este libro no se arrepentirá. Tal vez descubra lo que no está en los escritos ni de la memoria, ni del cine, ni de las novelas, ni de su propio album personal.

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