Niki de Saint Phalle, a tiro limpio en el Guggenheim

Niki de Saint Phalle, a tiro limpio en el Guggenheim

Publicado por el Mar 23, 2015

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No fui a la exposición de Niki de Saint Phalle en el Museo Guggenheim de Bilbao con el ánimo por lo alto. No es culpa de ella, sino mía. Su obra, sus grandes esculturas de Nanas, sus esculturas públicas -como la que se encuentra a las puertas del Pompidou, en colaboracion con quien fuera su pareja Tinguely- han quedado estampadas en mi memoria como piezas amables sin mayores intereses ni atributos que el de gustar y entretener al viandante. Este se extasia y baila, con fotografía de fondo, al ritmo de unas gordas muy enseñoreadas. Carne, y mucha, para la comida rápida de los turistas. Yo tengo el colmillo más retorcido, y se me suele retorcer con una facilidad bárbara si me quieren llevar por el camino fácil, entre popular y populachero. Aquí se me retuerce. Lo bueno de tener el ánimo bajo es que hay recorrido para que suba. Lo bueno de tener las expectativas en plan escéptico es que te pueden dar un vuelco en cualquier momento. Y eso pasó con Niki de Saint Phalle en esta exposición. El mérito de que cambiaran las tornas corresponde, obviamente, a la propia artista, que tiene mucha más tela que cortar que la estampada de colorines, a los comisarios (Camille Morineau y Álvaro Rodríguez Fominaya), y al Guggenheim, donde no ha habido artista (de muy distintos calados) expuesto en sus salas que no haya ganado enteros.

Niki de Saint-Phalle y su pareja, Jean Tinguely

Niki de Saint-Phalle y su pareja, Jean Tinguely

La estrategia del discurso consiste en presentar a Niki de Saint Phalle como una de las pioneras del feminismo o del arte que tiene en la reinvindicación de la mujer una máxima. No le faltan cimientos a la tesis ni perspectiva cronológica porque sus primeras piezas al respecto rondan la década de los sesenta. Ahora: he de confesar que, mientras leía los textos del catálogo, asociaba su extrema figura de extremos con la personalidad de Santa Teresa de Jesús. Será porque el V centenario de la Santa nos ha refrescado la memoria sobre su transitar primero mundano y luego santificado de mujer inconformista.  «Soy una mujer iracunda, aunque hay muchos hombres y mujeres iracundos que, sin embargo, no se convierten en artistas. Me convertí en artista porque no tenía otra alternativa; por lo tanto, no tuve que tomar ninguna decisión. Era mi destino. En otros tiempos, me habrían encerrado en un manicomio de por vida; yo, en cambio, solo pasé un breve periodo de tiempo sometida a vigilancia psiquiátrica, con diez electrochoques. Abracé el arte como mi salvación y necesidad». Palabras de Niki de Saint Phalle, que ya abren el apetito para saber más y mejor de su obra. Una mujer «brava», que dirían en México, por cuyos alrededores ella se paseó, y eso se puede apreciar en una de las salas, entre figuras totémicas y calaveras gigantes de Catrinas.

Niki de Sain Phalle, Spoerri, Raysse y Rauschenberg

Niki de Saint Phalle, Spoerri, Raysse y Rauschenberg

Si abundamos en su biografía, no solo podemos quedar atrapados por lo morboso de los detalles, sino también por las puertas que se abren a las interpretaciones. De Saint Phalle, que nace en el seno de una buena familia, sufrió abusos sexuales por parte de su padre. Ahí está la película que rueda en 1973 dirigida por Peter Whitehead, de título Papá, y que podemos ver en otra de las salas. «Fue un psicodrama colectivo, a medias autobiográfico, en contra de la religión, la sumisión de la mujer frente al hombre y, sobre todo, de la figura paterna», apunta. Como un psicodrama se puede leer toda su personalidad y su obra. Si Niki de Saint Phalle estaba loca y desequilibrada, o no, que los padres de la psiquitría lo determinen. Resulta evidente que habitaba un mundo obsesivo (razones no faltan) y se aprecia desde sus primeros cuadros y collages. Luego avanzamos hacia otra de sus series más conocidas, la de los Disparos, donde inventa o pone en práctica una suerte de dripping a golpe de escopeta. Pinta a tiro limpio sobre lienzos en blanco o sobre otros donde aparecen en relieve, por ejemplo, las caras de Kennedy y Brezhnev. Chorretones de pintura se deslizan por el cuadro. Una lectura crítica en primera línea de batalla. Unas performances que se convirtieron en actos sociales. De Saint Phalle era la anfitriona y, entre los invitados, por ejemplo, Rauschenberg. Nos podemos hacer una idea del componente social de estos actos. Unas reinvidicaciones mirando a cámara, como se aprecia en los numerosos vídeos aquí presentes. La parte documental es quizá la gran aportación de esta muestra. Sobre todo, los infinitos dibujos que recorren las paredes para arropar esas figuras orondas de las Nanas. «Muy temprano decidí convertirme en heroína», apuntó De Saint Phalle, y su símbolo más contundente fueron estas «monstruosas» damas liberadas de todo corsé. A buenos montajes estamos acostumbrados en este museo.

 

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