Nada de Heroínas, mi héroe es Gèrome

Publicado por el Mar 8, 2011

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Nada de Heroínas, la exposición estrella del Museo Thyssen, de Madrid, es la protagonizada por Jean-León Gêrome, un artista “kistch” donde lo haya, de cuya obra apenas sabía y al que acabo de encumbrar como auténtico héroe de mi ideario artístico.

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La cartelera pre-primaveral y primaveral del Museo Thyssen tiene ahí, codo con codo, dos exposiciones estrella, pero cuando parecía que las heroínas se iban a comer todo el protagonismo, resulta que me ha deslumbrado la muestra del carca de Gêrome. ¿Y por qué? Siempre es más sorprendente lo que apenas conoces que lo que ya te tienes sabido. Es ley de vida. De las “Heroínas” me podía esperar lo que hay, y también lo que no hay, pero de Gêrome no me podía esperar otra cosa que un mero bostezo, pero, mira por dónde, que el bostezo se ha convertido en fascinación absoluta. Quizá algo se deba a un cierto talante esnob en mi mirada, pero, sin duda, la clave me la ha dado Delfín Rodríguez cuando me ha puesto a la altura de los ojos a un Gêrome “moderno por antimoderno”, de cuya estirpe hubiera nacido el mismísimo Jeff Koons, aquel que estuvo casado con Cicciolina tiempo a, y que ahora es padre de familia numerosa con otra dama; aquel que ha logrado colgar en Palacio de Versalles sus mariscos gigantes e inflables (como los globos de Bob Esponja), que ha colocado un perro gigante de flores en la puerta de Guggenheim de Bilbao, que ha esculpido a Michael Jackson todo de dorado, como procede, pues entre destellos “kistch” anda el juego.

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Pero volvamos a ese Gêrome, que comparte época con la revolución de los impresionistas o el mismo Manet y su “Desayuno sobre la hierba”, pero que decide echarse un ancla al cuello (por los siglos de los siglos, que no en su época donde gozó de fama y popularidad) al optar por un estilo decadente y minucioso. Cuadros como fotografías muy subidas de colores, como fotogramas cuyo pigmentos están mal conservados y recogen tonalidades irreales, hasta psicodélicas. Visitar la exposición de Gêrome en el Museo Thyssen es un gozoso delirio. El exceso por el exceso en una serie de escenas que no hago más que pensar de qué imaginación habrán podido salir, pero ahí están para dar la réplica a los relamidos impresionistas. La venganza de Gêrome se sirve fría. Ahora, en el Museo Thyssen, brilla en toda su inmensidad y con toda la gradilocuencia que Gêrome diera a las secuencias históricas mucho antes de que llegara Hollywood y el “cinemascope”.

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