Mafalda y Flannery O’Connor

Mafalda y Flannery O’Connor

Publicado por el Sep 29, 2014

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Qué extrañas coincidencias –como tantas otras que la vida, la cultura y la incultura nos ponen encima de la mesa de disección contemporánea– que Unamuno y Mafalda nacieran el 29 de septiembre. Con un siglo de diferencia. Unamuno cumpliría unos imposibles ciento cincuenta años, que en la actual desmemoria española pueden pesar más de trescientos (es decir, el cuasi olvido), y la muñequita de Quino, cincuenta sin que se le haya corregido su infantil capricho anti-sopa, el deje de asado argentino y su psicoanalítica y freudiana pesadez (otro, Freud, que también celebró efeméride y tan pimpante). Mafalda será muy mona, con su tamaño mini y su lacito bien puesto, y a Quino (su padre) le habrán concedido el último Premio Príncipe de Asturias de Comunicación, pero resulta una marisabidilla impertinente. Lo cortés no quita lo valiente, señores, aunque sigamos el discurso sobre la extraña pareja, Unamuno y Mafalda. Ambos se cobijan bajo el siglo de Libra: simbolizado por una balanza, más tiesa que una vela de cumpleños sin encender, en el justo medio. El equilibrio, la sabiduría… Las palabras bien puestas. Las sopas con honda, que no con cuchara. Hasta aquí el comentario a la extraña coincidencia en la mesa de disección contemporánea de un hombre mayor, y cansado, y una niña incorregible, y sin pausa; que dura y dura. Porque yo vine a hablar –parafraseando una sentencia ilustrísima y celebradísima de Umbral– de Flannery O’Connor y sus tiras cómicas, que acaba de reunir en un libro la Editorial Nórdica.

El libro que reúne las titas cómicas de F. O'Connor

El libro que reúne las tiras cómicas de F. O’Connor

 Hubo un antes de Mafalda en el mundo de la tira cómica y este lo firma la escritora norteamericana Flannery O’Connor, de la mismísima Savannah, la estirpe más sureña al sur del profundo sur. Al sur del sur del Misisipi y sus aguas turbulentas con remolinos de historias en espiral y con un centro de gravedad que te arrastra hasta el fondo del río y te enreda entre pegajosas algas envenenadas. Un suicidio a lo Virginia Woolf pero sin piedras en los bolsillos. Más bien con fantasmas pululando en la cabeza hasta el desquicie fulminante. Otra vez Freud me viene a la memoria como irremediable remedio a la locura literaria del «club de los sureños». Como Faulkner, Truman Capote, Tennessee Williams… Hasta como Nic Pizzolatto, el último hallazgo de las letras opacas, con su “True Detective” en el furgón de cola. Flannery O’Connor fue un poco una Mafalda de carne y hueso. Una niña especial, marcada por una enfermedad especial, el lupus, de la que moriría su padre siendo ella aún muy joven. Una «niñata» impertinentemente tímida. Tocanarices, que se pasaba a las monjas de su colegio por el forro de la ironía y a las que «castigó» con la que fuera su primera vocación, la de dibujante de tiras cómicas. El blanco y negro, el trazo más curvo que recto, la frase a pie de dibujo, quintaesencia de la escena y dardo en la palabra. «Opino que se debería acabar con la perspectiva totalitaria de la minoría agresiva y facciosa que gobierna la educación y si soy elegida vicesubsecretaria de registros, pondré todo mi empeño en hacerlo». Reza este largo eslogan debajo de una figura nariguda (casi todos los personajes dibujados por O’Connor son narigudos de cuento, tengan la edad que tengan), con un dedo muy largo y amenazante en todo lo alto, junto a un atril y un foro atento al discurso. En otro, una estudiante pregunta a la dependienta de una librería: «¿Tiene usted libros que los profesores no recomienden especialmente?». ¡Ni que Mafalda hubiera «vomitado» tal bocadillo de jamón bien curado! Pero no, Mafalda tuvo una madre no reconocida hasta la fecha. Esta es la prueba definitiva, aunque ni el padre ni la madre ni la hija fueran conscientes del parentesco. Otra vez extrañas coincidencias en la mesa de disección contemporánea: Flannery O’Connor y Mafalda. Madre e hija.

Ernest Shackleton

Ernest Shackleton

Demostrada la causa que me inquietaba, no me gustaría irme sin dibujar unas palabras sobre la historia de “El viaje de Shackleton”, editado por Impedimenta. Si el señor Shackleton se hizo a la mar, y surcó los hielos y se quedó congelado hace ya cien años en una de las epopeyas más literarias y memorables de todos los tiempos, William Grill lo ha traducido al mundo del dibujo. Y no se la ha escapado ni uno de los 99 perros que tiraron de la expedición. Otra tira más épica que cómica.

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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