Louise Bourgeois y Picasso, un amor posible en Málaga

Louise Bourgeois y Picasso, un amor posible en Málaga

Publicado por el Jul 3, 2015

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He estado a solas con Louise Bourgeois. Ella y yo, sin intermediarios, en las salas del Museo Picasso de Málaga. Eso sí que es un lujo que me llevo para toda la vida cosido a mis emociones. Como ella está muerta, no habrá momento de entrevistas, y si estuviera viva, tampoco sé si se me habría presentado el lujo, pero me habría gustado. A falta de la artista en carne mortal, están sus obras. Inmortales, sí, pero con un punto y seguido entre medias para que no suene a juego verbal barato. La Bourgeois no es una artista asequible. Vende caras sus lecturas de dama replegada en las arrugas. Más que arrugas, cicatrices. Más que cicatrices, heridas. Costurones y retales de piel que son telas sobrantes.

"Mamam", de Louise Bourgeois

“Mamam”, de Louise Bourgeois

Ahora entiendo por qué ella tardó una eternidad en entrar en el MoMA y, encima, como la primera mujer en la Historia del museo. ¿En un mundo del arte pensado y dominado por hombres quién iba a entender ese lado tan femenino de Louise Bourgeois? Cuando digo «femenino», me refiero a arraigado a las entrañas. Y cuando digo «entrañas», digo sensibilidades que están a flor de piel en el tacto de una mirada o del mismo aire que te rodea. Sensibilidades femenimas puede haber tantas como mujeres en el mundo. No confundir femenino con la vulgar feminidad. No confundir femenino con malas artes femeninas. No confundir a Louise Bourgeois con malas artes ni con ese lado femenino de las mujeres que usan las malas artes. Bourgeois es la mujer que viaja al infierno y regresa para contarlo, como se especifica en el título de esta cita, en la que, si eres mujer, sentirás un respingo y, si eres hombre, a lo mejor consigues descifrar algo del código genético de aquellas a quienes la Biblia sacó de la costilla de Adán y, por los siglos de los siglos, los hombres se han empeñado en verlas y tratarlas como la costilla de Adán. La costilla termina dando en la cocorota a Adán. Tampoco Louise Bourgeois se traduce en feminismo barato. No estaba entre sus premisas. Hablamos de sensibilidades  incompatibles y, a veces, intratables. Pieles que no se pegan: se repelen.

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A Freud le habría encantado psicoanalizarla, como a mí entrevistarla. Y Louise Bourgeois se psicoanalizó, y en la secuencia de los hechos apareció su padre, que la utilizaba de excusa o de comodín para reunirse con su amante cuando ella era una niña. El padre que también aparece en las fotos biográficas que cuelgan en una pequeña sala y con quien se la ve aparentemente feliz. Nada oscuro ni escabroso, pero sí una cicatriz que queda grabada en la piel y en la iconografía de la artista. El sexo y sus órganos. Vaginas, penes. Cuerpos desnudos fracturados. Los hombres, las mujeres y ese abismo irreconciliable que solo puede cerrarse con precarios pespuntes. Chapuceros. No deja de ser una contradicción enriquecedora que la casa del artista más macho que la Historia del Arte ha dado, Pablo Picasso-el toro-el devora mujeres-el genio fálico, acoja la mayor  muestra en España sobre la artista más intensamente femenina que la Historia del Arte ha dado. La exposición que aquí se celebra no está mal cosida. Louise Bourgeois cosía sus esculturas y cuerpos a mano, con el mimo de quien sabe que no hay anestesia bajo la piel. Y duele. Esta muestra también. Louise Bourgeois esculpía penes gigantescos con sus manos, lo mismo que Picasso retorcía la figura de las mujeres en un amor-odio infinito.

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