Los mejores chistes de Slavoj Žižek

Los mejores chistes de Slavoj Žižek

Publicado por el Mar 3, 2015

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Para quienes leyeran mi anterior artículo hace quince días en ABC Cultural, el argumento iba de cerdos, marranos, cochinos o guarros. ¡Qué rica es nuestra lengua en sinónimos protuberantes! Una reividicación de tan noble animal, que en nuestro refranero alcanza extremos de sobreexplotación porcina («del cerdo se aprovechan hasta los andares»), siguiendo la cuerda del pensador francés Michel Pastoureau y su último ensayo. No me autocito ni me autifagocito, tan solo agarro el hilo y les pongo en antecedentes para liarme en mi discurso con el pensador esloveno Slavoj Žižek, de quien ya tenemos otro libro sobre la mesa. Y van… Un calentito refrito, de esos que cuestan bien poco (fabricarlos) y venden otro poquito más. Poquito a poquito se hace un muchito.

 

El pensador esloveno Slavoj Zizek

El pensador esloveno Slavoj Zizek

 

Gota a gota se llenan los vasos hasta rebosar, pero también se tortura en los regímenes más perversos. Los editores suelen llamar a estos fenómenos que van del poco al mucho nichos de mercado. Cuando un autor tiene un nicho no es porque esté muerto sino que está de parranda y cuenta con unos fieles seguidores que le mantienen con vida gracias a un muy bien practicado boca a boca. Luego, ya viene el comerte la oreja (para iniciados). Estos primeros auxilios prolongan la vida de las editoriales una barbaridad. Los nichos de mercado interesan y si eres un autor nicho, por descontado. Pastoureau ya argumentó “El cerdo. Historia de un primo malquerido”, que lo malo no es que te llamen cerdo sino hacer cerdadas. Reivindicado el animal en su corte más clásico, puedo afirmar sin miedo al desacato que de Žižek se aprovecha todo, hasta los andares.

 

El pensador francés Michel Pastoreau

El pensador francés Michel Pastoreau

 

También destapó a la diosa Ceres de las cosechas y su eterno y marrano escudero en esculturas y representaciones que ha dado la Historia del Arte. A la cosecha de Žižek la han mirado con buen ojo la diosa Ceres y toda su corte. La deben pasear en volandas como a las vírgenes en Semana Santa. Nada que objetar. ABC Cultural, sin ir demasiado lejos, lo llevó a su portada en el pasado mes de noviembre. El titular con el que se autodefinía y entrecomillaba su rotunda figura oratoria suena ahora premonitorio. Un aviso de lo que luego nos íbamos a zampar: «Soy un payaso filosófico». Me voy a poner campanuda (¡qué rico es nuestro vocabulario!, ¡qué bella y expresiva es la palabra!) si les comento que, a lo mejor, de este titular nace la idea del nuevo producto de Žižek: «Mis chistes, mi filosofía» (Anagrama). Dejo de tocar las campanas sobre el nicho de mercado para que no suenen a muerto. El libro en cuestión se trata de un refrito que se sirve calentito previo paso por el microondas. En sus páginas se recopilan distintos chascarrillos que él ha usado en sus discursos sobre el mar y los peces (sobre la mujer, el comunismo, el capitalismo…). Un orador, como el púlpito manda, habla de todo y de nada. No obstante, cumple su función: para lo que ha venido a este mundo de las filosofías envasadas al vacío. Nada tengo contra Žižek. Me consta que tiene tanta gente que le sigue y lo devora venga en versión guiso con tropezones o mini croissant, como otra tanta, leída e instruida, que se enteró de su histriónica presencia por ABC Cultural.

 

Secuencia de la película "El nombre de la rosa"

Secuencia de la película “El nombre de la rosa”

 

De Slavoj Žižek no me interesan sus andares sino que reivindique la risa. A mí él a veces me hace mucho jajajá, otras ni «ja» ni «ji» alguno. En cualquier caso vivimos malos tiempos para la carcajada, para los chistes malos y para los buenos. No creo que necesite mentar bicha alguna para que se me entienda. Este libro y sus chistosas hechuras me ha llevado a recordar otro en cuyas páginas la risa tiene un protagonismo homicida, peligro de muerte: “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. El semiólogo italiano consiguió pegarnos a una historia de misterio para disfrazar un cultísimo juego de referencias entre líneas. Recuerden la trama: el franciscano Guillermo de Baskerville llega a una abadía benedictina para destrañar el porqué de la muerte de unos hermanos amanuenses. Detrás de todo, encontramos el segundo libro de la Poética, que Aristóteles dedicó «al humor como instrumento de la verdad» (palabra de Guillermo de Baskerville). Para Jorge de Bustos, el bibliotecario ciego, «la risa es un viento diabólico que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos». Replica Baskerville: «Los monos no ríen. La risa es un atributo humano… Los santos se valían del humor para ridiculizar a los enemigos de la fe». El siniestro bibliotecario remata: «El segundo libro de la Poética no se perdió porque jamás fue escrito». Ríanse, por favor, y a leer el segundo libro de la Poética sin temor a morir envenenados. Aristóteles como nicho de mercado.

Para cerrar les cuento un chascarillo de la cosecha de Žižek: “Hoy en día, el viejo chiste acerca de un rico que le dice a su criado: “Echa a este mendigo. Soy tan sensible que no soporto ver sufrir a la gente”, resulta más oportuno que nunca”. Y en el libros hay muchos más y hasta mejores.

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