Los diez mandamientos anti Jeff Koons en el Guggenheim de Bilbao

Los diez mandamientos anti Jeff Koons en el Guggenheim de Bilbao

Publicado por el Jul 9, 2015

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Me lo he pensado mucho, y lo más fácil sería pinchar uno por uno los globos de Jeff Koons, pero no me da la gana. Una cuestión de rebeldía fundamental para salirme de la manada. Me lo he pensado mucho, porque con Koons resulta bien sencillo echarse al monte de los despropósitos. Él, o sus cosas, a ratos pueden parecer un despropósito, pero mucho más digeribles que la seudo profundidad seudo pedante en nuestro seudo mundo de seudo ombligos vociferantes. He aquí un alegato contra las causas perdidas que le echan en cara. Los diez mandamientos anti Koons se resumen en dos: un producto del mercado, y todo por unas vistosas cagadas de colores. Juro que a ningún artista de los que conozco, y son unos cuantos, le amargaría el dulce de llenar la cuenta con muchos ceros. Bien para reinvertir en su propio negocio, léase su obra, y expandirse en los medios y en los modos, o para vivir como un marqués. La primera opción tendría más adeptos porque equivale a convivir con el diablo del éxito sin vender el alma. Yo voto por vivir como un marqués(a) o como un ejecutivo bien plantado a sus sesenta años, que es lo que parece Koons. Antes cínica que hipócrita. Entre otras razones, porque un artista da de sí en su devenir un solo instante de esa pizca que se entiende por sublime. Lo demás, repetición de la repetición. Koons se inventó a sí mismo, y aquí reside su hazaña.

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El día que Jeff dio con Koons -en el instante justo en el lugar preciso- se abrió el mar bajo sus pies y caminó sobre las aguas. Yo diría que Made in Heaven (Hecho en el cielo) obra el milagro de los panes y los puppies. Made in Heaven es el título -premonitorio- de la serie donde se dedica a la procreación con Cicciolina hasta en vallas publicitarias. No sé si este instante creativo alcanza lo sublime, pero sí lo divino. Cicciolina era fea y casi cejijunta. Koons, bello y bien dotado. El tiempo ha pasado por él, pero para bien; de Cicciolina no quedan ni las cejas. Koons ha perfeccionado ese instante sublime (orgásmico) en el que resuelve la ecuación creativa. Ahora está felizmente casado y no enseña sus vergüenzas al aire. No es un chico mono, sino un señor maduro e interesante. El kitsch burdo y escabroso ha perdido asperezas y brilla como un diamante. A él le gusta colgarle abalorios -Duchamp, Dalí, Picasso, Platón, minimalismo…-  a la joya, pero no le hacen falta. Quizá necesita justificar todavía su éxito. Eso, querido Jeff, sí que equivale a un fracaso.

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No necesita avales porque, si uno se detiene a ojear su currículum, verá que le han invitado a todas las  puestas de largo: la Documenta de Kassel, Münster, la Bienal de Venecia… No llega al paraíso de la riqueza sin antes haber recibido las bendiciones de los papas-popes del discurso. Inclusive, entra en el Palacio de Versalles. El kitsch de hogaño arropado por Barroco de antaño. El Guggenheim es la catedral del Barroco contemporáneo, y Koons debía entrar. Tiene razón al decir que esta es su exposición más elegante. Le doy la razón, porque la tiene y porque no me apetece otorgársela a quienes se sienten incómodos cuando algo brilla.

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