Leonardo da Vinci “superstar”

Publicado por el Mar 26, 2012

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Con los artistas clásicos siempre se especula aquello de que si vivieran hoy y ahora, si fueran creadores contemporáneos, seguro que se habrían abonado al uso y disfrute de las modernas tecnologías, del vídeo, de internet, de los blogs, de las redes sociales y de todo lo novedoso que estuviera a la vuelta de la esquina. Leonardo da Vinci, dado su talante multidisciplinar –prohombre del humanismo– es uno de los ejemplos más recurrentes.

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Sería un videoartista o, al menos, habría jugueteado con la imagen en movimiento. Y, aunque les cueste creerlo a los amantes del clasicismo, encabezaría la lista de los creadores mediáticos cien por cien, sobre los que cae la especulación mercantil cada vez que respiran. ¿No es lo que está pasando ahora, noticia –o notición– tras noticia? Leonardo reúne y ha reunido todos los ingredientes para fabricar el mito conforme a las leyes de la mercadotecnia. Los últimos hechos avalan el discurso de la «leonardomanía». Esta suerte de fanatismo «leonardesco» que nos inunda no se cataloga como un fenónemo efímero. Viene de lejos, escrito en la historia de este hijo ilegítimo cuya maestría aún sorprende como para levantarse de la tumba y hacer cameos en una serie tan irreverente y mitómana como Los Simpson. Este es solo un ejemplo o un capítulo más de un larguísimo culebrón. Recapitulemos.
Si citaba el mercado y a aquellos ricos y ricachones que en él irrumpen para asaltar la banca, qué menos que poner sobre el tapete las altas pujas que un buen día el señor Bill Gates ofreció por unos manuscritos de Leonardo: treinta y un millones de dólares por setenta y dos páginas que el maestro escribió entre los años 1506 y 1510 sobre oceános y fósiles. La psicología de los magnates es inexcrutable, como si fueran los designios de un dios contemporáneo, pero resulta obvio que el señor Gates se siente tan grande o más que Leonardo, e, incluso, su digno heredero. Entre genios anda el juego. Corría el año 1994, mucho antes que el señor Dan Brown, otro iluminado, en este caso de la literatura, se inventara el Código Da Vinci y diera alas a la imaginación y a la manipulación.

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A un paso estamos de que Leonardo con su barbuda faz o La Gioconda aparezcan estampados este verano en camisetas y pósters, en secuencias ilimitadas, como marca la ideología más pop. Todo se andará. Mientras tanto, Los Simpsons, que son más listos que nadie, y así llevan quinientos capítulos tirando del carro, ya tuvieron su romance con Leonardo, con su Mona Lisa y hasta con La última cena. Por cierto, uno de los cuadros históricos más reinterpretados por los siglos de los siglos –hasta sirvió como una de las imágenes promocionales de la serie Perdidos–, y sobre cuyos misterios se han vertido especulaciones ad infinitum. Hommer no dudó en aparecer retratado en un dibujo como el mismísimo maestro, y Lisa, su hija, –no podía ser de otra forma en una gracia fácil y evidente– como la Mona Lisa.

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Esa señora que un día se pensó que era un señor porque Leonardo tenía amantes de sexo masculino. Sin ir más lejos, el que pintó la réplica o copia descubierta hace un par de meses en el Museo del Prado, de Madrid: Andrea Salaï o Francesco Melzi, no se tiene muy clara la autoría. La segunda Mona Lisa, a cuyos pies se han arrodillado propios y extraños. «Leonardomanía» en estado puro. Ha conquistado al público, que se arremolinó a su vera, y al Louvre, hasta donde ha viajado para verse las caras con su homóloga más famosa, la primera, la única y la inigualable. No obstante, hay una tercera en discordia. Bajo el enigmático nombre de L. H. O. O. Q, está la otra dama del cuadro que firmó el guasón de Duchamp en 1919, y cuyos escritos en castellano acaba de editar Galaxia Gutenberg en España. En esta parodia que parece recién salida del horno, sí que tenía bigotes. Por eso, Leonardo y Duchamp son inmortales. El uno por sabio y el otro, por listo.

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