Las mentiras de “True Detective”

Las mentiras de “True Detective”

Publicado por el Sep 8, 2014

Compartir

La fiebre por las series de televisión ha subido en esta temporada hasta los cuarenta grados -por momentos rozando ese  delirio alucinógeno que necesita paños fríos sobre la frente- con True Detective, cuyo creador, Nic Pizzolatto, ha pasado del anonimato a esa fama que los afectados por los subidones mitificadores -bien sea por la ola encadenada en las masas o en las elites-, en general, se quieren sacudir como perro las pulgas. Será que Pizzolatto ansía parecerse a Thomas Pynchon o a Foster Wallace por ciertos aires que se da en algunas espantás nada toreras frente a la prensa. Pongo esta nota pedante con toda la fiebre irónica subida a la cocorota porque True Detective debe todos sus bienes y sus males a los delirios de grandeza que se destilan en cada plano, secuencia, diálogo, movimiento de cámara y tintineo de botellín o lata de cerveza. En las volutas de los cigarrillos encadenados por Rustin Cohle en unas chupadas de filtro y tiritos de nicotina que ni se le habían visto al tabaquismo amarillento y cancerígeno de Bogart en sus encarnaciones de Hammett.

Nic Pizzolatto, guinita de "True Detective"

Nic Pizzolatto, guionista de “True Detective”

Tópico, más que tópico, tópico al cubo es el guión de True Detective, de sus personajes a la trama, de las brumas sureñas y retorcidas a orillas de un río de supersticiones y ritos más barrocos (la falsedad de la impostura) que enigmáticos o inquietantes. Todo ello recubierto por un manto de alusiones eruditas, elevadas a las cumbres de lo -tachán, he aquí la palabra mágica- «metaficcional». El comodín del público entre leído y friki que nos redime de todas las charlas que nos suelta Rustin Cohle mientras estruja una lata de cerveza, hace muñequitos con este vil metal y nos zarandea el bostezo acumulado de tanto elucubrar con sus tatuajes de hombre de bien que ha vivido en el mal, pero que no hace mal a nadie, como no sea a sí mismo (mientras no se demuestre lo contrario). Rustin Cohle es un prodigio gracias a que Matthew McConaughey es un prodigio de la interpretación tatuada, con los pulmones saturados de alquitrán y nicotina y los ojos inyectados en la droga de la obsesión. Lo mismo que Martin Hart, el otro detective, es un prodigio gracias a que Woody Harrelson es un artífice de la interpretación sin tatuajes pero sí con matrimonio destrozado por las infidelidades de barra americana e hijas propias de una familia desestructurada, más disfuncional que metaficcional.

El profesor "chiflado" protagonista de Breaking Bad

El profesor “chiflado” protagonista de Breaking Bad

¿Les suena aquello del poli bueno y el poli malo? ¿Y que ninguno es tan bueno ni tan malo como aparenta? Pues aquí tienen otro tándem pero, eso sí, «metaficcional». Repito el palabro fetiche que redime a esta serie del molde noir inventado desde el agujero negro de estos tiempos literarios. True Detective es una serie memorable, pero doy la razón a quienes se sintieron huérfanos desde que se apagó la pantalla para Breaking Bad (otro de los títulos televisivos de culto). Aún seguimos huérfanos porque los detectives Cohle y Hart no le llegan ni a la altura de los talones al padre-profesor de química-enfermo terminal que se mete a narcotraficante y al que su mujer deja por otro a golpe de pecho… Probado el mal y la penitencia, no parece que se arrepienta ni que le dé al coco con parrafadas justificadoras, hasta soporíferas, cual predicador de la pequeña pantalla. Ni menciono la epifanía de última hora en True Detective. Por eso los Emmy son sabios y le dieron todos los galardones al padre descarriado que fabrica droga pero que no la prueba ni para darse un baño de malditismo. Por eso, True Detective es una serie más para leer con otro libro en la mano, que edita Errata Naturae, donde se seleccionan todos los referentes «metaficcionales» (Bolaño, Lovecraft, Nietzsche, Bierce, Hammett, Schopenhauer…), y con el que los eruditos a la violeta se entretendrán mucho más que con los ocho capítulos televisivos. Y mucho nos tememos que Pizzolatto gana sobre el papel, donde las parrafadas son parrafadas, al cabo.

 

Compartir

ABC.es

Entre líneas © DIARIO ABC, S.L. 2014

Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

Etiquetas
Calendario de entradas
diciembre 2017
M T W T F S S
« Oct    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031