La Tate Modern de Londres se convierte en una discoteca

La Tate Modern de Londres se convierte en una discoteca

Publicado por el Jun 1, 2015

Compartir

M e enamoré de la Tate el primer día que la vi. Por fuera y por dentro. Algunos me endilgarán otra fama más, la del mal gusto, tal vez, porque adoro la arquitectura industrial de ladrillo y chimenea que quiere ser tan alta como la Luna y cubre el firmamento de nubes tiznadas de gris. El cielo está enladrillado, quién lo desenladrillará… Llámenme futurista, pero al estilo Marinetti y agarrada a los lomos de la velocidad de mi auto. Marinetti tiene su álter ego de dibujo animado en aquella Penélope Glamour de los Autos Locos. También estaba en la serie Pierre Nodoyuna para azuzar el velocímetro de aquella carrera entre zancadillas. Las fábricas fueron las catedrales de un tiempo laico y prosaico. De Chirico hizo con ellas metafísica. Son los únicos ladrillos que me pasan sin atragartarme. Peor lo tenemos ahora, cuando los monumentos catedralicios se erigen en los centro comerciales, aquellos «no lugares» que denomina Marc Augé, donde los humanos se mueven como ratones en ratonera. La Tate no fue factory sino una central eléctrica y su arquitecto un sir, Giles Gilbert Scott. Herzog & De Meuron la recuperaron como museo y la incrustaron en mi corazón, pero no les hicieron sir. La Tate tiene la llamada Sala de Turbinas, según se entra -ni a mano derecha ni a mano izquierda, todo de frente-, que quita el hipo. A la Tate le han adosado una ampliación aún por concluir que, inmaculada y piramidal como las estafas del sector financiero, no pega ni con cola, ni con cemento, con ese pasado de ladrillo ennegrecido y punk. También la firman Herzog & De Meuron. Como no les han hecho sir, no tienen que arrebatarles el título. Lo merecían, pero lo han desmerecido por hacerse «estafadores».

"Saturday night fever" en la Tate Modern

“Saturday night fever” en la Tate Modern

En la Sala de Turbinas de la Tate han plantado sus «patitas» las arañas de Louise Bourgeois. Se han mirado con ojos achinados los hombres sin altura de Juan Muñoz, y no se han hablado ni nos han hablado. Hemos evitado una metedura de pata en la grieta de Doris Salcedo. Nos pusimos unas gafas de protección UVA porque Olafur Eliasson nos quiso «derretir» la retina con su sol de medianoche. Nos tiramos por el tobogán de Carstens Höller… Solo nos faltaba bailar como en una discoteca o en una rave de Saturday Night Fever. Y lo hemos hecho. Justo cuando aquí se vivía el Día de los Museos, allí se celebraba el Museo de la Danza con el coreógrafo Boris Charmatz haciendo de maestro de ceremonias y cien de sus chicos animando el cotarro. Y bailamos, y bailamos, como malditos. ¿Aún nos preguntamos por qué ni con los museos abiertos de par en par, de día y de noche, logramos llenar sus salas? Yo estaba allí, bailando, pero leí que aquí las expectativas de la Noche en Blanco museística resultaron decepcionantes. Ni más ni menos espectadores que un fin de semana normal, aunque con más horas de puertas abiertas. Fracaso, aunque tampoco piensen que mis pasos de baile van dirigidos a la promulgación por decreto de una coreografía colectiva entre esculturas, cuadros e instalaciones.

"Performance" en las salas de la Tate

“Performance” en las salas de la Tate

La Tate recibe cinco millones de visitantes al año. Londres no es Madrid. Aunque nuestro aeropuerto tiene una silueta arquitectónica más cosmopolita que Heathrow y lo firma un sir, Richard Rogers, no recibe la misma avalancha de visitantes. Vale, no podemos comparar ambas ciudades porque jugamos en desventaja numérica, pero, si yo viera… (no voy a dar nombres para no mosquear) lleno de gente un sábado por la tarde como he descubierto en la Tate el saturday pasado -sube y baja por sus escaleras mecánicas-, me ponía a bailar de la alegría. Sin música ni nada. A capela. Si yo viera…, como he visto en la Tate, dos días consagrados a la Danza contemporánea sin mayores miedos a las patadas en el aire que a los revolcones por el suelo y las paredes de las salas cuajaditas de obras maestras… Si yo viera…, como he visto en la Tate, que un museo es un lugar para disfrutar del arte sin rigideces, sin pedanterías, sin caras de aburrimiento porque no se respira aburrimiento, sin guardas de seguridad en cada esquina y en su sillita, como árbitros de tenis más out que in. Si yo viera que nuestros museos tienen más de disfrute que de bostezo… Del techo de la Sala de Turbinas bajó un gran bola de espejos, como discoteca ochentera, y bailamos y bailamos igual que si nos fuera la vida en la performance. Artistas todos.

Compartir

ABC.es

Entre líneas © DIARIO ABC, S.L. 2015

Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

Etiquetas
Calendario de entradas
diciembre 2017
M T W T F S S
« Oct    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031