Kippenberger, un artista en calzoncillos

Publicado por el Mar 4, 2011

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“Kippenberger miró a Picasso” es el título de la exposición en la que se centran estas líneas. Si se fijan bien, verán que los apellidos de estos dos aristas duplican una letra: la p y la s. Dos consonantes que, a su vez, son consecutivas en el abecedario. No sé si esto es una mera coincidencia o una circunstancia del destino, pero el caso es que ambos creadores acabaron por encontrarse en un momento de la Historia, puede que estuvieran predestinados, y esta exposición es una prueba de ello.

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Tal vez, Kippenberger –que es, al cabo, quien mira a Picasso– fuera consciente de esta conjunción y de ahí en adelante, hasta llegar a convertirse, como el genio malagueño, en el artista que más veces ha sido retratado en calzoncillos con plena consciencia de ello, posando para la inmortalidad de tal guisa.
Por supuesto, primero fueron los calzoncillos de Picasso y luego los de
Kippenberger. Es más, sin los unos no habríamos conocido los otros. El alemán cae seducido ante el artista malagueño no solo por lo que este representa en la Historia del Arte, por ser quien pone patas arriba la pintura a principios del siglo XX, sino más bien por su imagen, por la potencia visual de la marca Picasso, por la fuerza física, por la masculinidad, por ese mito que construye el maestro en torno no a su obra, sino a su propia figura, a su huella. Puede sonar a guasa toda esta argumentación, incluso cuando se contemplan las fotos de Kippenberger en paños menores hay mucho de ironía, pero la historia fue así.

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Durante una estancia de Kippenberger en el pueblo sevillano de Carmona (localidad, por cierto, que le recomienda Juana de Aizpuru para pasar un tiempo en España), descubre de una manera u otra la serie de famosas fotografías de Picasso firmadas por David Douglas Duncan, en las que el genio malagueño aparece retratado sin más ni menos abalorios que unos calzoncillos de algodón, blancos, enormes (de los que hoy ya ni se estilan): en unas imágenes aparece altivo en la puerta de su château de Vauvenargues, sujetando en un brazo un albornoz y con la otra un precioso perro afgano, señorial, mayestático también; en otras fotos, se encuentra bailando delante de algunos de los cuadros de su estudio. Kippenberger hace de esta secuencia de imágenes un motivo recurrente que llevar a sus cuadros, a sus dibujos, a toda la galería de retratos fotográficos que documenta también su obra.
Kippenberger que es, como otros creadores de su generación, un tanto gamberro, hijo del punk, realiza un homenaje desde la parodia más exagerada que uno pueda imaginar. Monta un ejercicio performativo en el que se interroga sobre la identidad: la suya, la del genio que trasciende su obra, y construye un mito de carne y hueso. Al cabo, viene a decir que nadie –por mucho que él se lo proponga imitando todas las poses habidas y por haber en el universo picassiano– puede llevar los calzoncillos como el propio Picasso. Tal vez pueda suponer una subida a los altares o un descenso a los infiernos. Admiración al dios o deseo de ridiculizarlo de alguna manera, de ajustar cuentas con él. La serie de fotos aquí reunidas lo atestiguan. Así como los cuadros que escenifican, en el más puro estilo pictórico de Kippenberger, todo este imaginario más conceptual que real. Quedémonos en que el alemán no podía realizar el homenaje de otra manera que desde los parámetros del absurdo, de un nuevo dadaísmo que reconstruye una y otra vez a través de su pose y actitud ante la vida. Él dice que «quiere completar a Picasso», ser «actor de su propio personaje», como una gran boutade o una provocación.

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Hablar de la imagen varonil de Picasso en calzoncillos implica referirnos a su relación con la mujeres, a su talante de macho hispano, denostado por unos y alabado por otros. Como dijera John Berger, «es como si solo se viera plenamente cuando se ve reflejado en una mujer». Y Kippenberger toma a Jacqueline, a la viuda última, en otra de sus miradas picassianas, en otra de sus series, como imagen para reproducir. De nuevo, no elige los retratos de Picasso, sus cuadros, como punto de partida, sino el álbum de fotos que Douglas Duncan tiene de ella. Un serie de poses que Kippenberger toma prestadas para mirar a Picasso a través de una mujer que lo ama y que lo sufre. Seguimos destripando al mito, mucho más que a su obra, al hombre que imperó sobre el artista.
Kippenberger, tal y como explicaba Berger, solo ve a Picasso plenamente cuando se ve reflejado en una mujer. «Jacqueline: los cuadros que Picasso no pudo pintar» es el título de esta serie. No los pudo pintar, sin duda, porque estas fotografías están realizadas después de la muerte del genio malagueño. Me atrevería a decir que Kippenberger lo que pretende es bajarle de una vez por todas los calzoncillos a Picasso. En su homenaje hay un cierto deseo de saldar cuentas.
Esta exposición es un excelente ejercicio de acercarse al genio y al mito desde un ángulo bien distinto a la evidencia de los homenajes al uso, y que deberían estar en desuso. Kippenberger quiere sentirse Picasso, es Picasso de alguna manera. Y hace suyos sus gestos, sus poses, pero no lo imita, ni lo copia. Él está poseído por una identidad que lo deslumbra, como a todos, pero no lo paraliza, que reinterpreta desde el paroxismo que define su obra y personalidad, que también se desmenuza a través del trabajo documental que reúne esta exposición (dibujos, trabajos de diseño, vídeos con actuaciones en su grupo de punk, entrevistas, montajes de exposiciones…). Los muchos Kippenberger que encerraba Kippenberger pueden ser tantos o más como los muchos Picassos o más que encerraba Picasso. Dos geniales artistas (en calzoncillos) frente a frente.  

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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