Juego de Tronos y la moda de leer en serie

Juego de Tronos y la moda de leer en serie

Publicado por el Apr 17, 2015

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M e encanta observar. Soy una observadora nata. Los franceses tienen una palabra muy petit suisse, como todos sus vocablos: voyeur, aunque esconda connotaciones más perversas, cuando los ojos bizquean hacia el vicio erótico y la intromisión en la intimidad de la ropa interior. Yo no llego a tanto. Dejémoslo en mirona, que no cotilla o chismosa. La Real Academia es tan precisa que por eso preciso tanto. Para mayor claridad, en la galería de genotipos, me siento junto al Jeff (James Stewart) de La ventana indiscreta. Aunque a mí me pueden llamar como les dé la gana. En las vacaciones, observo. Los minutos, las horas muertas. Sentada, un libro en la mano y otro en la realidad. Leer en ambos mundos, a veces igual de reales o de ficticios, con solo levantar la mirada. Como presumo también de no ser cursi y mucho menos pedante, los libros a veces me aburren y mis congéneres me resultan mucho más excitantes, sin llegar al citado vicio erótico. Por ejemplo, con las posaderas en una hamaca y rodeada de turistas alemanes e ingleses de alto nivel, sobre todo, y una minoría de españoles, apunto aquello que cifran los informes sobre nuestros hábitos de lectura. Nosotros leemos mucho menos que el resto de los europeos, pero nos gusta achicharrarnos al sol igual que ellos. En el pantone del recalentamiento cutáneo, logramos un tono menos agresivo que el rojo gamba de Huelva. Ellos cogen más horas de sol y también de libros. Desde el desayuno y casi hasta la cena van con su ejemplar a mano. Comer-comer y leer-leer. Supongo que el aporte calórico será propocional en ambos niveles y engordarán lo mismo por fuera que por dentro. La copa de vino suele paladearse entre horas. Cultura culinaria, vinícola y literaria. Más mediterráneos que nosotros mismos.

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Si la portada está en alemán, no atino a averiguar qué títulos son los que manejan. Los autores de su círculo «privado». Si viene en inglés, tampoco. Conclusión: no suelen ser de uso público entre nuestras novedades editoriales. Los diseños de las portadas sí que los entiendo. Solo se trata de que te parezcan bonitos o feos, y me parecen muy feos. Pudiera ser porque predomina el ejemplar de bolsillo, apto para doblar, mojar, abanicar y abarquillar como canuto arrojadizo contra golosos moscones de cualquier edad y estatura. En España se cuida mucho más la presentación, el ropaje, las apariencias. El libro tiene que ser un objeto bello, a veces un complemento de alta costura visual. Si vas en chancletas turísticas (no ideológicas), el protector solar no va acompañado de un reposacabezas intelectual. Si calzas mocasines, puede. Tal vez, en formato tablet. Alemanes e ingleses, en chancletas o en mocasines, no se separan de las páginas manoseadas ni para entrar en la piscina-jacuzzi. Quizá aquí también podríamos señalar aquello de que la suerte de la fea, la bella la desea. Entramos en el territorio pirata de las tablets o e-books. Proliferan y en tamaño muy pequeño y con letras muy grandes. Apenas caben diez líneas en la pantalla. Me recuerdan las cartillas escolares. No me gustan los libros electrónicos, me parecen feos y además no puedo echarle el ojo avizor a las portadas. En una palabra, no puedo cotillear y hacer un informe sin cifras pero con postales a las que no les falte detalle y mande a mis amigos. Aquí tienen una. Sigo con las posaderas en una hamaca -con Ellroy, Eco y David Remnick en el regazo-, pero miro más el tendido sur, este y oeste. Imagino que los ingleses y alemanes han pasado por caja y sus e-books han sido religiosamente pagados. Supongo que los españoles los han birlado. Los informes de verdad nos colocan a la cabeza de los pueblos con manos muy largas en internet.

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Escribe Rosa Belmonte que las series de televisión son para ver y no para leer, porque la literatura es literatura y la televisión es televisión sin mayores coloraturas intelectualoides que descifran códigos perdidos y que hacen de las pantallas dos cristales de aumento gafapasta. Más de acuerdo no puedo estar. Sigo observando. En este caso, mis nuevas costumbres de ocio cultural, que dirían los cursis de los informes: me llevo a cuestas en mi tablet las series que no me ha dado tiempo visualizar. Todas las temporadas. Ya no se ven las series de televisión como antes: cada semana, un capítulo. La series se consumen como si de una novela se tratara. Todos los días un capítulo o dos, hasta que se calma su adictiva dependencia. Así me enchufé a la trama maquiavélica de House of Cards o de Fargo, por poner solo dos ejemplos últimos. Con Juego de tronos me resisto, aunque puede que la curiosidad me pueda.

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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