García Márquez no bailó con La Catrina

García Márquez no bailó con La Catrina

Publicado por el Apr 28, 2014

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Murió García Márquez en plena Semana Santa y llevamos más de una semana de pasión, de enterramiento con honores y en olores de multitudes. El tufo panegírico adormece los sentidos, de los críticos a los meramente prácticos. Serán las velas, los botafumeiros o la droga de la llantina incontrolable, que una vez empieza nunca corta el grifo, lo mismo que una tos molesta e irritante que no para y te araña la voz. Yo estoy adormecida, insensible, de tanto dolor ajeno -al que cualquiera le lleva la contraria-, y dudo de por dónde deben tirar estas líneas, si precipicio abajo, en un suicidio programado palabra a palabra, o hacia los cielos para besar en la frente, cual imagen santificada, a García Márquez y su corte celestial. Y digo: ¡Pero no lloren más, por Dios! Si García Márquez no se va a ir nunca, aunque lo echemos a patadas de nuestras lecturas obligatorias o lo tiremos a la hoguera de nuestro particular Fahrenheit 451. Entró en el Olimpo en vida y en muerte va a cotizar en bolsa. Línea roja ascendente y sin prima de riesgo por los siglos de los siglos. García Márquez acabará siendo -si no lo es ya-, tiempo al tiempo, un Dalí en versión literaria. Invocar su nombre, y una cola que dobla las esquinas. Las máquinas de contabilidad echan un humillo de crematorio al rojo vivo, que también atonta los sentidos, el crítico, y el común de los mortales.

Dibujo de la Catrina, caricatura creada

Dibujo de la Catrina, caricatura creada

Para el reciente Día del Libro su editorial, Random House, rauda y veloz, ha sacado buena parte de sus títulos a procesionar por las mesas de novedades (está en su más que legítimo derecho arancelario cuando un autor cruza la frontera entre la vida y la muerte). En breve, pasados estos velatorios de histéricas escrituras, los agentes implicados se verán las caras aún largas y compungidas para decidir cuál es el mejor momento, el instante preciso, en el que editar su novela póstuma: Nos vemos en agosto. Dudo si será en agosto cuando nos reencontremos con García Márquez de cuerpo (literario) presente, como vaticina el título del libro que ha dejado para que sus herederos disfruten de la marca registrada por el patriarca. Tal vez habrá que esperar a otoño, a Navidades o a cualquiera de las fechas marcadas en el calendario estratégico editorial. No es una crítica esta parrafada. Es ley de vida cuando la muerte deja un legado de ávida dollar en la recámara del banco de las letras. Un refrán castellano lo expresa sin pelos en la lengua y bien a las claras: «El muerto al hoyo y el vivo al bollo».

Elena Poniatowska y el Rey Juan Carlos en la entrega del Premio Cervantes

Elena Poniatowska y el Rey Juan Carlos en la entrega del Premio Cervantes

Esta ha sido la Semana Santa de García Márquez, pero con ser un difunto mexicano (allí vivió largas décadas y allí ha fallecido), he echado de menos la irreverencia de cuando la Catrina sale a pasear por las calles de esta cultura que comulga con la muerte mucho mejor que con la vida, o se lleva a la muerte de paseo con el mayor descaro del mundo. La Catrina es una vieja calavera que se ríe a mandíbula batiente. La creó un caricaturista, José Guadalupe Posada, con un sombrero francés y unas plumas en todo lo alto. Una dama centenaria que te agarra del brazo para bailar el último vals sin mayor llanto ni dolor en las cuencas de unos ojos vacíos de penas y alegrías. Los mexicanos tienen más bemoles que nadie para estos menesteres mortuorios, mientras el resto del mundo se viste de negro riguroso. No se ha visto que las lágrimas por García Márquez arañaran la garganta y la voz mezcladas con tequila. Excesivo boato para un cadáver que merecía menos realismo y más magia en las pompas fúnebres. A García Márquez le han arrebatado la oportunidad de sacar la lengua -gesto que tanto le gustaba, como conté hace unas semanas en estas líneas- con la Catrina colgada del brazo. Y danzad, danzad, malditos hasta el amanecer de una borrachera fronteriza entre la vida y la muerte. Más danza de carnaval barroco y menos panteón de hombre ilustre. México es así. Bien lo sabe Elena Poniatowska, a quien la muerte de García Márquez le ha arrebatado su momento de gloria cervantina. Ha venido a recoger el Premio Cervantes con las cenizas del Nobel aún calientes. Y nos dejó esta inmensa frase en su discurso: «¿Cómo iba  yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó pronunciar Xochitlquetzal. Y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta de quiénes eran los conquistados».

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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