¿Este libro es de sexo? No, de poesía

¿Este libro es de sexo? No, de poesía

Publicado por el Jun 8, 2015

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Me dejo caer por la Feria del Libro de Madrid. Digo bien que me dejo caer porque mi sombra pasa por allí entre una bajada de tensión que no levanta demasiado entusiasmo y una subida de la misma que hace prever nubarrones, rayos y centellas. Soy ciclotímica. Arriba, abajo. Upstairs, Downstairs, como los mayordomos de aquella Gran Bretaña victoriana siempre al servicio del orden de la casa. Bajé a la Feria del Libro y se me bajó todo. Y no conseguí subir ni un peldaño en la escalera. No me lo pusieron fácil. Tampoco había ascensor. Hasta que me dio el subidón y, con él, el enfado. Mi cólera divina. Me achicharro pese a ser una tarde nublada. Me aburro y me arrepiento de hacer caso omiso al consejo de algunos colegas (uno de ellos escritor, para mayor inri) que me comentan que solo vienen por acompañar a algún amigo que firma ejemplares de su último libro. Solidaridad. Yo, ni eso. Estoy en el pico más alto del enfado. Encima, veo un cartel que pone #yosoycultureta. Me hubiera gustado quedarme quieta y acomodada en la entreplanta -el término medio-, pero supone para mí un ejercicio imposible e impensable. Nada más ajeno a mi voluntad e intenciones de vida. Desde un ático uno se puede tirar al vacío. Desde un piso que no levanta un palmo del suelo, ni siquiera hay vacío bajo tus pies. De los trompazos, te levantas e, incluso, puedes caer clavado. De la medianía, nada. Ni sudor ni lágrimas. Ni rasguños. Ni nadie que te ponga la tirita. Unos mimos para después.

Feria del libro

La Feria del Libro de Madrid vive bien acomodada en la entreplanta o el entresuelo y las casetas se parecen al chiscón de una portería. Así un año tras otro. No afirmaré que quienes en ellas habitan durante quince días, de autores a editores, se parezcan a las porteras que antaño se asomaban por la ventanita de su cubil en las fincas de bien. Por otro lado, tampoco sé por qué no habría de decirlo si así fuera. Al cabo, un muy noble oficio que lleva impreso en la retina el arte de la observación. No hay escritura sin los ojos salidos de las órbitas. Doy muchos circunloquios para evitar la palabra cotilla. Chiscón y cotilla son sinónimos en el parlar castizo. Feria y paseíllo, también. Paseíllo y dejarse ver, ídem. Feria, paseíllo, dejarse ver y cotillear o cotilleo. Como en un dominó, las piezas caen una detrás de otra. La Feria del Libro nació para concatenar anécdotas, hijas legítimas del cotilleo, porque, si no, resulta un rollo que ha evolucionado a costumbre, y con las costumbres ya sabemos que no hay quien se meta. ¡Acabáramos! La costumbre puede oler a rancio, a no aireado, por muy al aire libre que nos paseemos. Hace apenas una semana alguien del sector me comentaba si no habría que meterle unas revoluciones extra al formato y al motor de esta Feria con casetas en cuyo interior se podrían freír churros o asar pollos. El calor del calendario lo permite. Igual estos chiscones vienen en camión derechitos de la Pradera de San Isidro, donde hace nada eran cobijo de chulapas, manolas y bocadillos de entresijos. Con paseíllo incluido, atropello de runners de buen ver y chascarrillos pillados al vuelvo ululando por mi cerebro, le replico, a mi confidente de comida y café, que estoy de acuerdo: no puede ser que cada edición parezca un déjà vu de cubiles en fila india.

Cartel de la flm13 por Juan Gatti

Cartel de la flm13 por Juan Gatti

ABC Cultural invitó en su número especial de la Feria 2014 a algunos editores para que ensartaran en apenas cuatrocientas palabras cuatrocientos golpes al anecdotario del feriante. Elena Medel, desde su Bella Varsovia, evocaba un diálogo genialmente descriptivo: «‘‘¿Este libro es de sexo?’’, ‘‘No, de poesía’’. Y brotó de sus adentros un grito de asco». Enrique Redel no tenía impedimento en recordar aquel de: «‘‘¿Es usted Dan Brown?’’ ‘‘Casi digo que sí y le firmo un Código Da Vinci». Javier Fórcola, a quien en mi visita de este año le pillo con su pajarita y una sonrisa inmutable, atinó de pleno: «Una tarde aburrida puede quedar iluminada por la carcajada que produce esta pregunta inesperada: ‘‘Por favor, tienen El barón zampante’’ o ‘‘Disculpe: ¿cuál es el libro del año?’’ La respuesta fue demoledora: ‘‘El libro que voy a leer este año. Es una tradición. Todos los años vengo a la Feria y me compro un libro’’». El libro del año, claro. Me voy para casa. Después de este ataque ciclotímico necesito que me mimen. ¿Este artículo es de sexo? No, de poesía.

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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