Entre Agassi, Freud, Pasolini, Grey y Botín

Entre Agassi, Freud, Pasolini, Grey y Botín

Publicado por el Sep 19, 2014

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Hay mañanas que echan a andar como no estaba previsto y hay artículos que empiezan a escribirse como nunca hubiera imaginado ni yo ni nadie. En los prolegómenos matutinos y cotidianos de mi cerebro -que centrifuga a 1.300 revoluciones por minuto, igual que una lavadora antigua a la que no se le puede cambiar el ciclo; estruja, arruga con saña la ropa y mezcla los colores- he pasado revista a André Agassi y sus memorias (Editorial Duomo), redactadas por un periodista Premio Pulitzer de cuyo nombre no me acuerdo y que no encuentro en ninguna hoja ni línea del citado libro (está claro que la profesión periodística cada vez se funde más en negro). También he centrado mi atención en la versión cinematográfica de 50 sombras de Grey, cuya directora no es otra que la cotizadísima videoartista británica Sam Taylor-Wood. Ahí podría haber parado el ciclo de lavado mental, porque la cara de sorpresa que puse al enterarme daba mucho juego para mi solaz escribidor. También pensé echarme en brazos de Pasolini, aunque él me hubiera dejado caer al suelo por razones obvias y porque no soy ni la Magnani ni la Callas, sus mujeres de cabecera. Pasolini no se muere aunque le diera matarile-rile-rile un chulazo cuchillo en mano y cada año por estas fechas o por otras (cualquier momento es bueno) pase del infierno al cielo de la cultura con galones, de los buenos, los mejores: con esas gotas de morbo rebozado en sangre y en arena de descampado barriobajero. En España están a punto de salir dos títulos suyos, “Nebulosa” (Gallo Nero) y Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas (Errata Naturae). Más sobre lo mismo, aunque Pasolini nunca es suficiente o demasiado; el director de cine Abel Ferrara lo sabe y le mete en la enjuta faz de Willem Dafoe para que vuelvan a brotar sus heridas de eccehomo.

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 También centrifugo el título de un ensayo que no me pone los pelos de punta sino que me encrespa la curiosidad, que andaba un tanto calva de sugerencias: Historia descabellada de una peluca (Anagrama). Ganas tengo de arrancar esta cabellera de cuajo y de un tirón. En una sentada y sin cortarme un pelo. Y Freud, de quien a punto estamos de celebrar el 75 aniversario de su muerte, también se mete con el jabón y el suavizante de mi lavado mental, que no acababa de dar con el asunto al que dedicar en exclusividad el motivo de este texto de comienzo de temporada. No sé si a Freud le resultaría muy interesante psicoanalizarme teniendo a mano La historia de cómo F. Scott Fitzgerald educó a la mujer que amaba (Elba), que también me lleva a los entresijos y las vísceras de las biografías estelares de la literatura. Casquería fina que el médico austriaco se hubiera zampado tenedor y cuchillo en mano, cual Hannibal Lecter. Freud da el perfil para protagonizar alguna secuela de la saga/fuga del caníbal más célebre de todos los tiempos.

 

Maqueta del Centro Botín, de Renzo Piano, en Santander

Maqueta del Centro Botín, de Renzo Piano, en Santander

Si empezaba estas líneas con un «hay mañanas que echan a andar como no estaba previsto y hay artículos que empiezan a escribirse como nunca hubiera imaginado», la del miércoles 10 de septiembre fue una de esas mañanas, y el que escribí, uno de esos artículos. Les cuento que mi mente centrifugaba a 1.300 revoluciones por minuto sin visos de detenerse como no fuera desenchufándola en seco cuando me llamaron por teléfono para contarme que Emilio Botín había muerto. En un par de horas se suponía que le iba ver -en la distancia del atril y el micrófono, claro- durante la presentación a la prensa de La educación de la Virgen, de Velázquez, en la sala de exposiciones de la Ciudad Financiera que tiene la entidad bancaria en Boadilla del Monte. Todos sabemos que Emilio Botín no era «un» banquero: era «el» banquero en la acepción más clásica del término. De ese clasicismo renacentista en el que el soniquete del dinero se mezclaba en la hucha con el lustre del mecenazgo. En esos espacios hemos visto desfilar algunas de las colecciones privadas de arte contemporáneo más relevantes, sugerentes y arriesgadas de estos momentos (Rubell, Daros, Sandretto Re Rebaudengo, Cranffordt) y se nos ha permitido departir en distendidas comidas con sus artífices. En su ciudad natal, Santander, se está levantando a marchas nunca vistas hasta la fecha, cuando de una obra arquitectónica de fuste se trata, el Centro Botín. La elegancia constructiva e italiana de Renzo Piano hizo migas con la anchura de hombre y miras de este cántabro en sus modos y en sus formas de la «tierruca». No verá el edificio que cambiará la línea del horizonte de una bahía clásica y ya vanguardista.

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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