En defensa de Yoko Ono

En defensa de Yoko Ono

Publicado por el Apr 4, 2014

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Hace unas semanas con Yoko Ono en el Guggenheim de Bilbao. Se presentaba una exposición de ella como artista. No como viuda del mito, ni como malvada mujer, sino como creadora que se alistó en las corrientes de la performance, del vídeo o de la música que se compone a grititos y ruidos, al estilo John Cage. Me topé con la verdadera Yoko Ono: una señora mayor, que más que un «perro sentado», como se describía también en sus ochenta y tantos años Elena Poniatowska la semana pasada en estas páginas, parece un chihuahua. Los chihuahuas son muy pequeños, pero corren que se las pelan y son tan rápidos que se esfuman en un visto y no visto delante de tus ojos. La señora Ono (nunca ha utilizado el apellido de su marido, lo cual le honra) se comportó como Yoko, como Ono y como la malvada del cuento de los chicos de Liverpool, porque ella es Yoko, Ono y Lennon con todas las letras y todas las de la ley. Soy una defensora a ultranza de los malos/as de las películas. Ni de lo blanco ni de lo negro, sino de los tonos grises. Por supuesto, no de la grisura mental, sino de las zonas de sombra donde conviene afinar el ojo para encontrar los matices. Para ello no hace falta ponerse gafas pero sí quitarse las anteojeras. Resulta obvio que no me fío de las apariencias, y me gusta jugar con las apariencias o al desconcierto, y si la historia popular ha señalado a Yoko Ono como una bruja manipuladora, causante de todos los males de John Lennon, la «asesina» de The Beatles… -también responsable de la muerte de Manolete, como decimos en una expresión tan española como la envidia-, ahí me tienen partiéndome la cara por esta mala de tragedia clásica con complejo de superioridad que se crece en el reducido tamaño de su figurita de «manga» japonés.

Yoko Ono y John Lennon en la cama

Yoko Ono y John Lennon en la cama

Esta manía, o este deje a lo Juana de Arco, de inmolarme por las causas perdidas -Yoko Ono es una, sin duda-, me viene del cine, de la película de Mankiewicz Eva al desnudo, donde la «dulce» Anne Baxter traiciona a la «agria» Bette Davis. Moraleja: ni la una era tan «dulce» ni la otra era tan «agria»; hay un intercambio agridulce de papeles. Yo me quedo con Bette Davis hasta el final de mis días. Las zonas de sombra. También recibí lecciones de Livia Drusila -tercera esposa del Emperador Augusto y madre de Tiberio– en Yo, Claudio, aquella serie británica que se basaba en el libro homónimo de Robert Graves. Livia Drusila envenenaba a diestro y siniestro por y para su hijo el Emperador Tiberio, el poder en Roma y sus pasadizos. Mala, pero tan inteligente que se le perdonaba (casi) todo; mucho más que a cualquier pavisosa que envenena y lo espolvorea con azúcar glas.

Yoko Ono habrá sido una bicha y antipática, pero a mí me atraen sus zonas grises, por mucho que ella se enlute con el negro de un ala de cuervo, a lo Edgar Allan Poe. Ya he argumentado mis irracionales razones sobre esta irracionalista causa perdida (Foenkinos en su última novela, que acaba de publicar, también se apunta a esta tesis). Más ahora que ya tiene la edad de una venerable abuela y se mueve igual que una muñequita «manga», cuyas junturas y articulaciones hay que engrasar, tal y como la hemos visto en la inauguración de su muestra en el Guggenheim. 80 años merecen un respeto, en Yoko Ono y en cualquier otra persona que los alcance. La edad es un grado positivo, nunca negativo. Puede que ella sea la única razón por la que aún le haga caso a The Beatles. Hay una mala en la película que sembró la semilla del diablo para no morir de aburrimiento con esos chicos que compusieron los himnos para un griterío fan cuya decadencia vivimos de ídolo en ídolo venidero. Imaginemos por un segundo a Lennon con la misma cara de patético Benjamin Button que tiene McCartney: el viejo que se tiñe las arrugas. Debería aprender de Bowie y hasta de Mick Jagger.

Yoko Ono, John Lennon y Paul McCartney

Yoko Ono, John Lennon y Paul McCartney

John Lennon me carga en su Imagine y aledaños. Ni siquiera se me puso un pelo de punta cuando me acerqué a la placa que le conmemora en el Central Park de Nueva York. Ruta turística sin sangre en las venas. McCartney me carga aún más en su castillo de jubilado de lujo y sus composiciones de violines y trompetas. Me aburre tanto Yesterday como el Bolero de Ravel por lo machaconamente que nos han retumbado en los tímpanos. Salvo a George Harrison, a quien Scorsese dedicó el documental Living in the Material World, donde emerge como el genio que nunca se pensó que fuera pero que lo fue. Scorsese no iluminó con su foco a Lennon ni a McCartney, sino a Harrison. My Suit Lord. Yoko Ono se cargaría a The Beatles, y de ahí nació el mito. The Beatles y Lennon murieron jóvenes y dejaron un bonito cadáver. La señora Ono sigue en su performance infinita.

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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