¿Cuáles son los artistas favoritos para hacerse un selfie?

¿Cuáles son los artistas favoritos para hacerse un selfie?

Publicado por el Mar 16, 2015

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Nos podemos poner como queramos cuando hablamos de “selfies” o autofotos, según recomendación académica: finos, sublimes… Hacer tesis y contratesis. Incluso montar un máster o una cátedra como gusta en Estados Unidos, donde los prejuicios eruditos no hacen demasiada carrera con orla y titulación incluida. Hasta nos podemos tapar la nariz en un ademán de elevada finura como que esto no va con nosotros y en el mohín negamos la evidencia. Huele mal y a vulgar. Que el “selfie” es del género tonto lo demuestra que más de uno y de dos han caído precipicio abajo por querer autorretratarse móvil en mano, un pie en el abismo y el otro en la tierra movediza de un terraplén. La ley de la gravedad en el abismo siempre gana, te succiona y, como se dibuja en las viñetas de los tebeos, deja tu silueta estampada en el suelo. Te cavas tu propia tumba de un golpazo. El “selfie” en sí mismo no es tonto, tampoco listo. Más bien las personas no somos más tontas porque no practicamos, como sentencia la chulería popular. El “selfie” en sí mismo no es bueno ni malo, sino todo lo contrario. Todo depende de en qué manos caiga el teléfono móvil, que tampoco es bueno ni malo… Con los teléfonos móviles llegaron los “tuits” que nos dejan momentos inolvidables. Solo hay una verdad que prevalece frente a todo discurso: el “selfie” llegó para quedarse y con él los modos de ver el mundo y, por ende, la cultura, y por más ende todavía, el arte. Vamos a los hechos. Retratarnos con ellos en un “selfie” documental y documentado.

 

Espectadores haciéndose un "selfie" con la obra Yayoi Kusama

Espectadores haciéndose un “selfie” con la obra Yayoi Kusama

Yayoi Kusama es una artista japonesa que, además de haber pasado por el manicomio, todo lo ve con lunares. Un sarampión de lunares que cautiva a todo el mundo. Ricos y pobres. Sus instalaciones son fotogénicas. He aquí la madre de este cordero, no místico sino “selfático” o “selfítico” o como fuera o fuese la palabra resultante del término inglés “selfie”. Una marca de lujo le encargó a Kusama el diseño de un bolso y la decoración de su tienda en París, sin duda, la capital del “selfie” (ya no de la luz), dada la cantidad de ellos que se deben de hacer por minuto delante de la Torre Eiffel, del Arco del Triunfo, del Louvre… París es un selfie sin fin. Yayoi Kusama pasó por Madrid no hace muchos años, por el Museo Reina Sofía, pero no sufrimos una epidemia ni se nos fue la mano en apretar el “click”. Muchas visitas pero nada de alarma social. Mayores fueron los estragos de la última de Dalí. No recuerdo que el público atacara con las cámaras de sus teléfonos a diestro y siniestro. Una foto por aquí delante del “Gran masturbador” o una foto por allá con la cara pegada al “Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar”. ¡Vaya título para ser luego colgado en Twitter o Instagram con el selfie adjunto en el mensaje! Por aquel entonces, el “selfie” no había llegado para instalarse en nuestras vidas de esta manera tan patológica. Yayoi Kusama pasó por México hace poco tiempo, a principios de este año, por el Museo Rufino Tamayo, y su sarampión ha sido contagioso. Los teléfonos móviles de los espectadores se volvieron locos de la cantidad de “selfies” que se hicieron en las salas del museo.

 

"Selfie" con una de las esculturas de Jeff Koons

“Selfie” con una de las esculturas de Jeff Koons

 

No les estoy contando una película de relleno titulada, como la propia muestra de Kusama en México, Obsesión infinita. Nunca en la historia de este país -casi me atrevo a decir que en ningún otro que nos pille culturalmente a mano- se había producido un fenómeno que solo se puede entender por y para los “selfies”. Miles y miles de personas (exageración mínima) haciendo cola de día y de noche, sábado, domingos y fiestas de guardar, para pasearse por las obsesiones de una artista, cuyas locuras de seguro muchos de estos visitantes ni entienden, ni interés que tienen. El Museo Tamayo llegó a organizar un maratón de treinta y seis horas para que nadie perdiera su oportunidad de entrar y caer en la marea de lunares. Revolcarse literalmente sobre las obras para colgar en las redes sociales el ansiado “selfie”. El Pompidou de París ha pasado por la misma fiebre, aunque sin llegar a los estados alucinógenos de Kusama, con la exposición de Jeff Koons. Otros tantos miles de visitantes que sumar a las cifras para autorretrarse junto a la pieza que corona la terraza del Pompidou sobre el cielo de París. Otro selfie parisino. Y van… Aquí hemos tenido la fama reciente, y en absoluto efímera, del vaso de agua de Wilfredo Prieto en ARCO. El público, más que escandalizarse o reírse o llorar ante el concepto medio vacío, lo que quería era un “selfie”. Ha nacido otra manera de mirar el arte, se llama “selfie” y yo, en homenaje al término y a los nuevos tiempos de los que nadie nos va librar por mucho que intente conjurarlo, he decidido repetirlo hasta que me aburra. Me hago un “selfie” y otro y otro y otro. Hasta veinte.

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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