Anacleto se apellida Vázquez

Anacleto se apellida Vázquez

Publicado por el Sep 18, 2015

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Para mi generación, pasarse la tarde leyendo un TBO formaba parte de lo cotidiano: en el autobús de vuelta del colegio; en la cama por la noche antes de dormir. Decían que quien leía tebeos de pequeño tenía asegurado el salto a Proust. Iniciación o fomento a la lectura de lo más pedestre pero efectivo en algunos casos. Yo pasé a Proust, pero no puedo recordar en qué recodo del camino a Swann el duque de Guermantes y Carpanta se dieron la mano con un encantado-de-conocerte-te-invito-a-que-muevas-el-bigote-en-mi-palacio: consomé de primero y de segundo, foie; nada de pollo asado ni bocata de calamares. Los tebeos se acumulaban en el suelo junto a la mesilla y, luego, revenderlos o intercambiarlos por otros en el quiosco de la esquina. Estaban tan manoseados que los dedos se pegaban y su papel olía tanto a uso y disfrute que ni por un momento imaginabas un posible tráfico ilegal de gérmenes entre los niños del barrio. Hoy, te los entregarían desinfectados y envasados al vacío como el pavo del régimen postvacacional. El mercadeo de segunda mano viaja en eBay y llega montado en un dron que se caga como las palomas encima de tu cabeza. No conservo ninguno de aquellos tebeos en papel, y juro por lo más sagrado que no fue porque tuviera la intuición temprana de que el papel desaparecería, como preconizan otros drones de distinto pelaje o malaje. Disiento, pero no guardé los tebeos para demostrar mi fe.

Viñeta de "Anacleto Agente secreto"

Viñeta de “Anacleto Agente secreto”

 

No volé con Superman hasta que este llegó a la gran pantalla cinematográfica. Mi pantalla tenía el tamaño de una viñeta y nadie volaba. Si acaso, las arañas que se descolgaban por las esquinas de 13 Rúe del Percebe con una colilla en la comisura de los labios. Muy cheli este gesto. Pero tampoco eran Spiderman ni intención tenían de picar a alguno de los vecinos del inmueble. Nuestro firmamento heroico no daba para superhéroes y el veneno se parecía más a un tarro de pepinillo caducado: avinagradamente humorístico. Teníamos antihérores calvos y con dos pelos, Mortadelo y Filemón, o de flequillo revoltoso y remolino, como Anacleto. Nuestro agente secreto con cara de panoli. Lo mismo que el paseo de las estrellas del celuloide patrio se estrellaba en las losetas de Torremolinos y no levantaba dos palmos del suelo con Alfredo Landa y la compañía de actores y actrices de la época. Anacleto ha llegado al cine -otros del TBO, antes- para asaltar la taquilla española, que no se quiere morir más de aburrimieno guerracivilista. Me temo que su nombre para muchos de los espectadores de las generaciones recientes quedará asociado al del actor que le da vida, entre otras razones porque no saben que antes del huevo vino la gallina. Si hubo un Tintín fue porque un Hergé lo dibujó. Si hubo un Anacleto fue porque un tal Manuel Vázquez lo parió. Manuel y Vázquez, vaya nombre y apellido, como de padre y de tío de toda la vida. Manuel Vázquez fue la gallina de los huevos de oro de la ilustración española en la contienda costumbrista que se libraba en las páginas de la editorial Bruguera. No voy a descubrir ahora su oronda silueta, aunque sí hubo una película hace unos pocos años, El gran Vázquez, que lo desnudó como uno de los tipos más miserablemente geniales que ha parido madre. Carne de cañón de la picaresca nacional en busca y captura de los acredores, de la familia, de los amigos, de sus propias creaciones. «Y es que yo amo la vida, amo el amor, soy un truhán…» No sigan con lo de «un señor», porque ese don nunca llegó a catarlo.

Carpanta

Carpanta

 

El señor Vázquez fue un vino peleón que lo mismo te pegaba una patada en el paladar que en los riñones o en los cataplines para salir corriendo a zambombazos. De noche seguro que acababa agarrado a una farola tronchado de risa. Todo esto no parece más que la vida de uno de sus monigotes montada en viñetas. Solo falta el efecto onomatopéyico de los «zas», «plaas», «boom» y «puff» entre bocadillos rellenos de frases cortas como tragos. Manuel Vázquez fue su mejor creación por mucho que el cuarto de estar de Las hermanas Gilda o La familia Cebolleta proyectara las sombras de un hiperrealismo en el tecnicolor de los tebeos. La semana pasada era Luis Mateo Díez quien, desde estas páginas, daba la vuelta a una esquina para encontrar a los antihéroes de sus novelas. Nuestros ídolos del TBO, que no del cómic, siempre tenían cara de perplejos. Antihéroes. Ojos como platos, narices prominentes y cejas arqueadas. Con cara de no sé muy bien qué hago aquí. Como yo fui de aquella generación que se dormía con un TBO en la mano, me he jurado no ir al cine a ver sus secuelas de carne y hueso. No, porque no acepto que meta el nombre de Anacleto (o similares) en Google y, apenas me salte a la pantalla su silueta de dibujo fino, sea otro quien usurpe su personalidad. Y nadie mencione a Manuel Vázquez, con nombre y apellido de padre y de tío de toda la vida.

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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