Pasolini futbolista

Pasolini futbolista

Publicado por el Oct 6, 2015

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De Pasolini, yo me quedaría con todo, por mucho que él de mí se quedara con nada. Ni un pedacito. Yo, mujer, y él, un hombre amante de los hombres hasta el vicio mortal de la sangre derramada en una esquina. Siendo optimista, podría haber aspirado a una bonita amistad con él. Yo, su “Mamma Madrid!, que no Mamma Roma como lo fue Anna (la) Magnani, pese a que no le llego ni a la altura de las ojeras a la gran actriz italiana. ¡Cómo me gustaría ser la Magnani agarrada a la cintura de Ettore Garolfo en Mamma Roma! Los dos montados en una de las motos más quinquis que circularon por las autostradas cinematográficas para derrapar en algún descampado arrabalero. Riámonos de Audrey Hepburn, Gregory Peck y su vespa impoluta entre adoquines romanos. Cambiemos la sonrisa cursi por una nube de polvo macarra alrededor. El público, que tosa y escupa. Un acelerón definitivo que quema gasolina y asfalto. El Vive deprisa de toda la vida, como se titula la biografía de James Dean que se acaba de publicar en el sesenta aniversario de su muerte, o estampamiento en la carretera, escrita por el francés Philippe Besson.

 

Pier Paolo Paolino vestido de corto y jugando al fútbol

Pier Paolo Paolino vestido de corto y jugando al fútbol

 

En vivir deprisa, con exceso de velocidad, consumió la gasolina Dean, uno de mis actores fetiche tiempo ha, cuyas fotos pinchaba con chinchetas en las paredes de la habitación juvenil. Dean con su gabán negro, sus ojeras y su cigarrillo entre los dedos y en la comisura de los labios. Todo impostura. Dejó un bonito cadáver, como manda la ley del asfalto de los rebeldes atontolinados con causa o sin ella. Albert Camus también se dejó los morros del cuentakilómetros estampados en un árbol. Se partió la crisma en una manera rápida y segura de finiquitar la náusea existencial. De Camus igualmente me quedaría con todo. A lo mejor con él hubiera tenido un poquito más de suerte en el flirteo. Concluyo: los accidentes de carretera siempre quedan mejor en la mitología del blanco y negro, pese a que todos los huesos y vísceras salten por los aires. El blanco y negro mata la tentación gore del dramatismo barroco. 

 

El escritor francés Albert Camus

El escritor francés Albert Camus

 

Pasolini también dejó un bonito cadáver, asaeteado de puñaladas en el bajo vientre. Pasolini no sería Pasolini si el puñal no se regodeara una vez tras otra en la herida del crimen pasional o sexual. Si no se ahondara en la carne abierta del morbo, como quien mete el dedo en la llaga. Si su obra era intensa, profunda, intelectualmente comprometida con las cuestiones más terrenales y eternas, solo le quedaba morir como un héroe de la mitología moderna y, por ende, fotográfica. Pasolini fue fotogénico hasta en la muerte por exceso de otras velocidades. Hay imágenes suyas en las que sobresale con sus gafas negras y opacas, sentado en la silla de director o pegado al angular de la cámara cinematográfica, leyendo el guión de alguna de sus películas y, lo más importante, rodeado de chicos jóvenes que le miran con un brillo especial en los ojos. No es admiración sino deseo. El aire de la foto se puede cortar, pero no saldría sangre; quizá algún otro fluido corporal. Se respira sexo.

 

El accidente de automóvil que costó la vida a James Dean

El accidente de automóvil que costó la vida a James Dean

 

Solo a Pasolini, que mastica sexo (más que sangre) hasta en su última herida de chulo callejero, se le ocurre titular “De encuesta sobre el amor” uno de sus artículos sobre fútbol publicados en diferentes periódicos de la época (los años 60) y preguntarles a los jugadores del Bolonia, equipo del que se declara forofo, tifosi en italiano («No soy de la Roma, ni tampoco de la Lazio. Soy del Bolonia»), lo siguiente: «¿Paviato: la idea que usted tiene de la vida sexual es una idea que viene acompañada de placer o de un sentimiento de inquietud?». «Y a usted, Furlanis, querría hacerle una pregunta un poco diferente. En el terreno profesional es una obligación frecuentar poco a las mujeres, en el sentido de que tenéis deberes precisos de tipo atlético, físico, ¿no?» Fin del cuestionario: «¿No cree usted que esa represión tiene como objetivo daros mayor agresividad en el campo?». Habría que ver la cara del tal Paviato, de Furlanis y del propio Pasolini con el calzón de centrocampista bien sujeto en la entrepierna.

 

Gerard Depardieu en "Novecento", de Bertolucci

Gerard Depardieu en “Novecento”, de Bertolucci

 

A Pasolini le gustaba jugar al balompié y escribió de fútbol, y de todos los deportes que se cruzaron en su campo visual (boxeo, ciclismo…) de hombre chapado en el voyeurismo. Se vestía por los pies y de corto, con las medias hasta la rodilla, nunca se puso el chándal de entrenador frustrado del que hoy hacen gala los escribidores de este género periodístico. Podía y enseñaba el torso en el campo de juego. A pecho descubierto, así fue Pasolini hasta en los duelos a muerte que mantuvo con Bertolucci. Así comenzaría la crónica: a un lado del campo, el equipo de Saló o los 120 días de Sodoma; en el otro, el de Novecento con Gerard Depardieu a la cabeza.
De este encuentro se tendría que haber rodado una película: una gesta de hombría a la italiana, cuyo título soy incapaz de imaginar. Veintidós jugadores de esa planta corriendo por la banda. Sudando y envalentonados. Dicen las malas lenguas que en aquel partidazo se dirimía una cuestión de honor cinematográfico. Pasolini echó pestes de la película de Bertolucci “El último tango en París” y sería con goles de por medio como se saldaría la afrenta. Perdieron Pasolini y sus chicos de Saló, pero la gloria eterna estaba reservada para ellos. Aunque Bertolucci ganara aquel partido, “El último tango en París” no llegaría a ser una gran película. Sade ganó a Bertolucci.
 A Pasolini, cuando jugaba al fútbol, lo llamaban Stukas, nombre que recuerda a Puskás. Por las fotos, sabemos que su estilo en el balompié tampoco era malo.

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Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

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